65ª EDICIÓN DEL FESTIVAL DE CANNES
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

El fatigoso surrealismo de Wes Anderson abre un Cannes con sobredosis de autor

"Tras ver la película ‘Moonrise kingdom’, sigo sin pillarle el punto a este director"

Bill Murray, ayer en Cannes durante la sesión fotográfica de la película Moonrise kingdom, de Wes Anderson.
Bill Murray, ayer en Cannes durante la sesión fotográfica de la película Moonrise kingdom, de Wes Anderson.PASCAL LE SEGRETAIN (GETTY)

Es probable que en la concienciada programación de Cannes y en su mimo al cine de autor aparezcan variadas y heterodoxas películas que hablen directa o tangencialmente, de forma realista o utilizando la parábola, de la crisis, la angustia, el terror y la desolación que está padeciendo tanta gente en estos tiempos aciagos que parecen eternizarse, pero está claro que esa desesperanza no se ha contagiado lo más mínimo al suntuoso escaparate que representa el Festival de Cannes, al lujo ancestral que sigue exhibiendo. La noche anterior al arranque del certamen, cuando se supone que no ha llegado aún el opulento desembarco de ricos y famosos, la estancia fugaz o alargada pero siempre habitual no ya solo de la gente del cine sino de personalidades que disfrutan del estrellato o de fortuna en su profesión, los restaurantes, hoteles y bares estaban repletos. Ya había cantidad de barcos y yates, un desfile de coches en los que forzosamente tiene que fijarse hasta un ignorante en la materia como soy yo, señoras con pinta de cortesanas y un caché solo apto para millonarios, la sensación de que la vida siempre les sonríe a los mismos, o sea, el Cannes de toda la vida, el espectáculo mundano que deslumbra y también puede provocar tortícolis a aquellos que visitan el festival por primera vez.

Al ojear la programación descubres que los directores auténticamente grandes del cine estadounidense no han rodado ninguna película este año o no la han terminado a tiempo para mostrarla en el festival o han decidido quedarse con ella en su casa. No están Scorsese, ni Eastwood, ni Mallick, ni Allen, esos creadores que inevitablemente te ponen los dientes largos ante el bautizo de sus nuevas criaturas. Pero sí encuentras en la Sección Oficial varios nombres que alguna vez han conseguido la Palma de Oro, como el austriacoalemán Michael Haneke, el rumano Cristian Mungiu, el iraní Abbas Kiarostami y el inglés Ken Loach. También otros con pedigrí festivalero o con una obra tan corta como prometedora. Y fuera de competición, la última película del apasionante Bernardo Bertolucci, un maestro que llevaba nueve años sin rodar. En cualquier caso, te tranquiliza la certidumbre de que Cannes puede elegir eternamente la mejor cosecha del mercado, que incluso en las ediciones más leves, pesadas, experimentales, mediocres o transitorias, lo normal es que aparezcan dos o tres títulos que dejan huella, que compensan el viaje. Y si solo hubiera aburrimiento o decepción en las salas, el circo que ofrece la calle está permanentemente asegurado.

Lo que igualmente deduces recordando la solemne filmografía de muchos de los presentes es que no habrá excesivas oportunidades de reírse en el cine, ya que las frívolas comedias jamás han sido el plato preferido de los festivales. Por ello, imagino que han elegido para la inauguración la última película de Wes Anderson, un director que provoca risas, alborozo e hilaridad entre su exquisito ejército de incondicionales, espectadores que guardan admirada y divertida memoria de películas como Academia Rushmore; Los Tenenbaums, una familia de genios; Life aquatic o Viaje a Darjeeling. Desgraciadamente, nunca he logrado captar el encanto de ese universo, me quedo con cara de palo ante sus surrealistas argumentos, sus diálogos rebuscadamente naïf, ese humor entre excéntrico y blanco.

En Moonrise kingdom, que así se titula la última y muy esperada película de Anderson, me ocurre más de lo mismo, incluido el sentimiento de envidia por no poder pasármelo igual de bien que mis encantados compañeros de butaca. En esta ocasión, Wes Anderson cuenta la fuga en un campamento de scouts de un crío supuestamente traumado por ser huérfano y no ser querido por las sucesivas familias de acogida y una niña de la que se ha enamorado. A pesar de que me esfuerzo no le encuentro la gracia a nada de lo que veo y escucho, su tono satírico y alucinado resulta de una sosería alarmante. Lo que sí reconozco es el mérito de este director para lograr que actores y actrices muy populares y caros se embarquen en sus delirantes proyectos. Imagino que no lo hacen en plan mercenario sino porque disfrutan enormemente con el mundo de Anderson. Ver al complejo Edward Norton y al durísimo Harvey Keitel haciendo de boy scouts puede tener su gracia durante medio minuto pero se evapora rápidamente. También aparecen Bruce Willis, Frances McDormand, Bill Murray y Tilda Swinton. Todos ellos parecen estar felices metiéndose en la piel de sus fatigosas caricaturas. La capacidad de Anderson para seducir a los intérpretes con sus marcianos proyectos es indiscutible. Y, por supuesto, ha sonado una ovación al terminar la película. Sigo sin pillarle el punto al genuino y aseguran que genial Anderson, sigo sin entender nada.

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