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DECIMOQUINTO FESTEJO DE LA FERIA DE ABRIL OPINIÓN i

La suerte esquiva de López Simón

Quién sabe lo que pudo ocurrir en el sexto toro si López Simón une la fuerza de su juventud a su entrega. Pero no pudo ser

López Simón es un torero desconocido por estos lares. Cuando debutó en Sevilla como novillero no dijo nada, y, de pronto, por suerte, por esos misterios de los despachos taurinos o vaya usted a saber por qué razón, se anuncia que toma al alternativa en un cartel de auténtico lujo. Bienvenida sea su buena estrella. La papeleta era importante, una moneda a cara o cruz; la posibilidad de salir disparado al estrellato o al ostracismo.

Del Cuvillo/Morante, Manzanares, Simón

Toros de Núnez del Cuvillo, -el primero como sobrero-, muy justos de presentación, inválidos, mansotes, nobles y descastados. Destacaron primero y quinto.

Morante de la Puebla: media perpendicular (silencio); casi entera (silencio); pinchazo y casi entera.

José María Manzanares: pinchazo y casi entera (silencio); pinchazo y estocada (ovación).

López Simón, que tomó la alternativa: casi entera caída _aviso_ (oreja). Resultó herido de pronóstico leve en la cara anterior de muslo derecho con una trayectoria ascendente de 7 centímetros.

Plaza de la Maestranza. 26 de abril. Decimoquinto festejo. Lleno de ‘no hay billetes’.

Pero la vida encierra sorpresas. Va López Simón y destaca en el toro de su alternativa, y se pavonea y se luce como torero en ciernes; y se gusta toreando, y el público lo jalea y apunta su nombre como novedad. Pero héte aquí que resulta volteado al entrar a matar, pasa a la enfermería y de allí no pudo salir. La suerte esquiva, que da y que quita, golosa y huraña, que te ofrece el reconocimiento de Sevilla y una cornada para que no te olvides. Quién sabe lo que pudo ocurrir en el sexto toro si López Simón une la fuerza de su juventud a su entrega. Pero no pudo ser.

Sevilla conoció, no obstante, a un joven que, por sus andares, se asemeja más a un bailarín que a un torero. Tiene una puesta en escena bien estudiada. Es lento de movimientos, andares jacarandosos, cuida sus gestos y posturas, se esfuerza en parecer elegante y es parsimonioso en su toreo. Que no se entienda esta descripción como un rosario de defectos; es su personalidad y, también, el reflejo de sus mayores.

Esperó al toro de su alternativa bien plantado en el tercio, con las manos muy bajas, y lo capoteó con galanura y sin mando. Muleta en mano lo esperó en el centro del anillo y lo recibió con dos pases cambiados por la espalda antes de hincar las rodillas en tierra y pasarlo por la derecha con gracia y suficiencia. El toro, noble y con son, acudía al cite con prontitud y fijeza, y el chaval acompañó el viaje con elegancia. Tampoco es mala suerte que te toque un bombón así el día del doctorado. El animal se agotó, aún lo exprimió en unas manoletinas, y, cuando entró a matar, llegó la voltereta. Buena y mala suerte la suya. Pero no ha pasado desapercibido.

La corrida quedó en un mano a mano, pero los toros, estos que están criados para colaborar con el torero y no para competir con él, no tuvieron fuelle, y se agotaron con inusitada rapidez.

Mejor lote en conjunto el de Manzanares, que dio la impresión de estar excesivamente confiado en sus posibilidades. Aprovechó en un par de buenas tandas de derechazos a su lánguido primero, al que recibió con unas vistosas verónicas, y se eternizó con el codicioso quinto, al que no acabó de entender. Hubo momentos brillantes por ambas manos, pero también excesivos espacios muertos, y faltó la unidad que toda obra requiere. Y tuvo su momento ‘raro’: lo recibió de capote con un par de verónicas, una chicuelina, dos tafalleras y una media de rodillas. Y ningún capotazo resultó limpio. Una vez más, su cuadrilla obtuvo un triunfo incontestable a caballo, con el capote y las banderillas. Cinco maestros acompañan al torero alicantino.

El esperado Morante no tuvo enemigo potable, y toda su inspiración la desgranó en tres chicuelinas ceñidas, con las manos bajas, y dos medias de buen corte, en un quite al sexto toro que mató por ausencia de López Simón. Pero la ilusión se desvaneció en pocos segundos, los que necesitó el animal para hundirse en su miseria. Tampoco sirvieron los dos de su lote; o, al menos, no le sirvieron a este torero. Ciertamente, estaban ayunos de fortaleza y de casta, inválidos y tullidos, y tras unos breves intentos baldíos, optó Morante por montar la espada, que es lo que se debe hacer en estos casos y no molestar al personal.

López Simón ha pasado la noche en el lecho del dolor, pensando, sin duda, en lo esquiva que es la suerte.

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