LA LIDIA Feria de AbrilCrónica
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Llanto por una afición perdida

La Maestranza vivió una tarde de auténtica vergüenza ajena

Gonzalo Caballero, en el tercer novillo de la primera feria en Sevilla.
Gonzalo Caballero, en el tercer novillo de la primera feria en Sevilla. PÉREZ CABO

Se habla mucho estos días en Sevilla sobre el número de abonos que no se han renovado a causa de la crisis y la anodina composición de los carteles de feria. Ha bajado la venta, es verdad, y uno de los empresarios ha cifrado en un 17% los abonados que han decidido quedarse en casa. Es triste que así sea, y debería ser motivo de reflexión para quienes viven de este espectáculo porque, un año tras otro, están matando la gallina de los huevos de oro.

De lo que no se habla en esta ciudad es de algo mucho más grave y que, aparentemente, pasa desapercibido: la bajada de la afición. La noticia es que la afición sevillana, esa que decían que era sabia, ha tiempo que ha muerto.

Ymbro / Jiménez, Adrián, Caballero

Novillos de Fuente Ymbro, bien presentados, mansos, deslucidos, correosos y sosos.

Javier Jiménez: Aviso, tres pinchazos, estocada, segundo aviso, (silencio); estocada (ovación). Fernando Adrián: Estocada ladeada, aviso, cuatro descabellos (silencio); estocada (oreja y dos vueltas). Gonzalo Caballero: Estocada tendida (oreja); pinchazo y estocada (silencio).

La Maestranza. 13 de abril. Segundo festejo de abono. Media plaza.

Si había alguna duda, ayer quedó aclarado el entuerto: la Maestranza vivió una tarde de auténtica vergüenza ajena. ¿Cómo es posible que hayan acabado con cualquier vestigio de afición? Es que no se encuentra un aficionado ni con lupa… Dónde hemos llegado degenerando, degenerando…

Qué tristeza ver cómo la Maestranza aplaudía al segundo novillo en el arrastre, un manso violento y correoso; o cómo se ovaciona a los picadores que marran desastrosamente en su labor; o cómo se obliga a desmonterarse a un banderillero por un par a toro pasado; o ese pañuelo que sacó la presidenta para conceder la oreja a Gonzalo Caballero tras una faena valentona que no merecía más que una salida al tercio; o la bronca que recibió la misma señora cuando los tendidos encendidos de rabia le mentaron a su familia porque no había concedido la segunda oreja a Fernando Adrián… Está la cosa muy mala, pero que muy mala y muy pesada, además.

Dos horas y media duró el festejo, soporífero para cualquier alma de cántaro, e insufrible para todos, japoneses y chinos incluidos, que no tienen pudor en poner pies en polvorosa cuando suenan las ocho porque no perdonan la cena ni en día de corrida. Pesados la presidenta, los alguacilillos, el torilero… Pesadísimos los chavales novilleros, que desconocen el sentido de la medida. Todo envuelto en atmósfera plúmbea y adornada por un viento frió y molesto que convierte la tarde en una pesadilla.

Y, encima, la novillada de Fuente Ymbro, bien presentada, mansurrona, deslucida, peligrosa, difícil, complicada, de esas que no se emplean, embisten con la cara alta, se acuerdan de lo que dejan atrás, dan tornillazos e impiden el toreo moderno. Solo el quinto desarrolló nobleza y recorrido en el tercio final y permitió que Fernando Adrián sacara lo que lleva dentro, que es muleteo largo por ambas manos, ligado y emocionante por la codicia del novillo y la decisión del torero. Faltó, quizá, la madurez necesaria para redondear una faena que, sin duda, debió ser de dos orejas, pero se quedó sin repertorio, alargó su labor y, a pesar de la buena estocada, todo quedó en un merecido trofeo.

Este mismo torero aprobó en su guerra particular con el segundo de la tarde, tan insulso y dificultoso como sus hermanos, al que consiguió robarle una tanda de largos y templados naturales, que fueron los únicos que el animal aceptó entre arreones derivados de la mala condición.

Mal lo pasó el sevillano Javier Jiménez, un aspirante experimentado en muchas batallas, valiente y conocedor de la técnica. Pero entre el viento y el mal carácter de su primero, a punto estuvo de que la ilusión de la tarde se tornara en una pesadilla porque sonaron dos incómodos avisos tras un trasteo largo, muy largo, insulso, en el que sufrió varias volteretas sin consecuencias. Insistió e insistió una y otra vez y nadie fue capaz de comunicarle que se estaba poniendo pesado. En vista de la ausencia de comunicación, la presidenta le envió dos recados. El mal rato continuó en el cuarto, un novillo violento y muy dificultoso, que recibió una pésima lidia y se hizo el amo del ruedo. Lo desarmó un par de veces, lo mandó por los aires y aquello acabó felizmente sin que hubiera que lamentar males mayores.

Y el más joven Gonzalo Caballero, que debutaba con picadores, vino desde Madrid a Sevilla a decir que es valiente a carta cabal, y que está verde -es normal- , y se fue andando de la plaza de puro milagro. Recibió al sexto por chicuelinas en la boca de riego, perdió el capote y el novillo lo persiguió con saña y malévola intención. Caballero se trastabilló y cayó al albero, circunstancia que no entraba en los cálculos del toro, que erró la puñalada ¡Uf…! Recibió una paliza en su primero, aguantó tarascadas varias y le concedieron una oreja de poco peso. Estuvo a merced del sexto, pero, en contra de toda lógica, ganó su buena disposición.

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