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¿ES ÓPERA? ¿ES POP? ES ROBERT WILSON

Llanuras de tedio, picos de genialidad

El director estadounidense estrena el espectacular y discutible montaje ‘Vida y muerte de Marina Abramovic’

Antony, Willem Dafoe y la ‘performer’ serbia lo protagonizan

Un momento de la ópera 'Vida y muerte de Marina Abramovic'.
Un momento de la ópera 'Vida y muerte de Marina Abramovic'. EFE

Uno se pregunta si todo el arte de vanguardia de finales del siglo XX envejecerá tan penosamente como el de Bob Wilson. Aunque el problema del director teatral sea, paradójicamente, su triunfo, la aceptación general: sus descubrimientos han sido fagocitados por el Broadway más astuto. Si acuden a ver, ssssh, El rey león, comprobarán que algunos de sus hallazgos escenográficos, de iluminación o incluso conceptuales, ahora son moneda común en musicales para el gran público.

Así que los parámetros distintivos deberían ser ahora el guion, el ritmo, la creatividad musical, la fuerza de los intérpretes. Y Bob Wilson flaquea en varios de esos apartados. Vida y muerte de Marina Abramovic parece sugerir que la rebeldía de la protagonista deriva de su origen en la asediada Yugoslavia de Tito: la presencia de figurantes con ropa militar es constante. Pero nada sabemos de la actitud política de sus padres, que dormían con una pistola al alcance de la mano.

Cabe pensar que la furia represora de su madre, verdadera mala de la película, tendría una explicación más mundana: el pavor a las purgas, agravado por una hija cuyo comportamiento llama la atención en Belgrado. Un país bárbaro, se nos recuerda, con la descripción de un método sádico para eliminar a las ratas. El otro episodio biográfico tratado extensamente es la relación amorosa con el artista alemán Ulay, esbozado en una letanía de fechas lanzada por Willem Dafoe.

La de Dafoe es una interpretación de bravura, como dirían en el mundo de la música clásica. Sin embargo, las apariciones de Antony Hegarty y Svletana Spajic resultan estáticas y ceremoniales. La cantante serbia impacta por la actualización sonora de su repertorio ancestral. Por el contrario, Antony tiende a cantar sobre un austero fondo de piano y solo su pasmosa intensidad vocal evita el ridículo: por alguna razón, va vestido como una institutriz de película gótica de serie B.

La abundancia de compositores, con la interpolación de piezas de Scott Joplin o Paul Misraki (Y Dios creó a la mujer), refuerza la naturaleza fragmentaria de Vida y muerte de Marina Abramovic. No le hacen ningún favor al montaje al encuadrarlo en el universo de la ópera. Lo que experimentamos es una sucesión de tableaux vivants con escaso sentido narrativo, propiciados por ese asfixiante ambiente de club de fans que parece definir la relación entre los creadores implicados. Si quieren ustedes entender la diferencia entre Robert Wilson y sus alumnos de Broadway, fíjense en las carencias narrativas de Vida y muerte de Marina Abramovic. Y en su actitud benévola ante la aridez. Si tales son las distinciones entre el arte highbrow y el lowbrow, siento pasar por filisteo pero me quedo con Julie Taymor.