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Un último hurra por las misivas

La Biblioteca Nacional dedica en Madrid una exposición a cinco siglos de historia de escritura de cartas

Una carta al estilo de pueblo. Ampliar foto
Una carta al estilo de pueblo.

La carta agoniza, tal vez muera. O tal vez no, la nostalgia es una energía poderosa. Pero aunque resista en alguna trinchera, sus siglos de vino y rosas han finalizado. “La carta ha desaparecido según la hemos conocido y ha sido sustituida por otra forma de comunicación epistolar”, afirma Antonio Castillo, profesor titular de Historia de la Cultura Escrita en la Universidad de Alcalá de Henares. Ahora pues que la carta ha mudado la piel y se ha convertido en algo más perentorio, ágil y formalmente uniforme como el correo electrónico, la Biblioteca Nacional (BNE) recordará sus días de gloria mediante la exposición Me alegraré que al recibo de esta. Cinco siglos escribiendo cartas, que se inaugura hoy y estará abierta hasta el 17 de junio.

Wikileaks aparte, será difícil en el futuro contar la historia a partir de testimonios personales tan directos como los epistolares. ¿O se puede ser más directo que el escritor Leandro Fernández de Moratín en esta carta enviada desde Londres al clérigo ilustrado Juan Antonio Melón mediante la que le conmina a controlar las correrías del hijo del conde de Cabarrús?

“Sujeta bien a Paquito, hazle que estudie y que se encierre en casa, que harto envuelto y libre anduvo en verano y harto me dio que sentir viéndole correr por las calles de Burdegalia detrás de las meretrices con la lengua de fuera, las orejillas coloradas y la pollita tiesa, empeñadillo en f… y oliendo las cerraduras y alzando la patica y meándose en los quicios de las puertas”.

La misiva es una de las que se expone en la BNE, junto a otras de Teresa de Jesús, Quevedo, Emilia Pardo Bazán, Pablo Iglesias, García Lorca, Cadalso, Valle Inclán o María Teresa León. Hay también cartas cifradas, populares, tratados sobre la escritura, tarjetas postales (se estrenan en Austria en 1865, aunque las tarjetas de visita circulaban antes con mensajes cortos), cartas a los Reyes Magos y de reyes reales, pésames, felicitaciones y cartas en capilla de condenados a muerte tras la Guerra Civil. El poder de la correspondencia impregnó la literatura y creó un género propio, cultivado por Choderlos de Laclos (Las amistades peligrosas), Cadalso (Cartas marruecas), Goethe (Las cuitas del joven Werther), Jane Austen (Lady Susan), Dostoiesvki (Pobres gentes) o Carmen Martín Gaite (Nubosidad variable). A ellos se pueden añadir autores recientes como Andrés Neuman (La vida en las ventanas) o Daniel Glattauer (Contra el viento del norte), en cuyas novelas el correo electrónico ha usurpado ya por completo el espacio de la carta.

“Hay quienes consideran e-mails y sms los herederos de la cultura epistolar de antaño. Otros, sin embargo, se resisten a establecer relaciones directas entre estos mensajes, que solo existen a través de la pantalla, y las cartas, que siempre han sobrevivido a la muerte de los soportes que las han albergado (desde la madera, la pizarra, el barro o la piedra hasta el papiro o el papel), afirmando que dichos mensajes electrónicos no son más que una expresión mínima de lo que en su día fueron las misivas”, se lee en el catálogo de la exposición, elaborado por Antonio Castillo, Carmen Serrano y Verónica Sierra.

Aunque las primeras cartas se enviaron en el segundo milenio antes de Cristo entre faraones y reyes babilónicos –redactadas por escribas y conservadas en el archivo real de El-Amarna- y los romanos abrazaron el género epistolar como nadie –Cicerón es un clásico-, el auge arranca en el siglo XVI. “La carta adquiere entonces una dimensión social mayor debido al crecimiento del alfabetismo y a circunstancias como los conflictos militares de España en Europa o la colonización de América que hacen necesaria la comunicación”, explica Castillo, especialista en el tema y comisario de la muestra. El tercer factor que favorece su popularización es la creación de una red organizada de distribución de correo. “Hasta entonces se recurría a mensajeros”.

En la Edad Contemporánea, la correspondencia se convirtió en el medio de comunicación por excelencia. La escolarización obligatoria infantil populariza la escritura. Y millones de personas recurren a las misivas para “superar los dramáticos y terribles acontecimientos (guerras, totalitarismos, emigraciones de los siglos XIX y XX) que transformaron sus vidas y sus formas de entender el mundo para siempre”.

Después comienza el ocaso. A partir de los ochenta la correspondencia es una escritura minoritaria hasta llegar a estos días de agonía clara, que echan tierra sobre un alegato escrito en los cuarenta por el poeta Pedro Salinas. Leído hoy, es pura melancolía:

“¿Por qué ustedes son capaces de imaginarse un mundo sin cartas? ¿Sin buenas almas que escriban cartas, sin otras almas que las lean y las disfruten, sin esas otras almas terceras que las lleven de aquellas a estas, es decir, un mundo sin remitentes, sin destinatarios y sin carteros? ¿Un universo en el que todo se dijera a secas, en fórmulas abreviadas, deprisa y corriendo, sin arte y sin gracia?”.

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