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¿Por dónde va el arte en Estados Unidos?

La Bienal del Whitney se puede visitar en Nueva York a lo largo de este mes

El tono político es bajo y los guiños a las preocupaciones planetarias, escasos

Obra 'Centrifugal March' de la artista Aki Sasamoto, presente en la bienal.
Obra 'Centrifugal March' de la artista Aki Sasamoto, presente en la bienal.

La Bienal del Whitney es uno de esos eventos considerados imprescindibles para conocer las nuevas tendencias entre los artistas estadounidenses. Así ha sido al menos en algunas ediciones. En otras, la cita ha vivido de las rentas. La 76ª cita neoyorquina, recién abierta al público, parece mantener todas las expectativas intactas. Bajo una intensa lluvia, decenas de personas hacían cola ante el 945 Madison Avenue para ser los primeros en conocer los límites (y si estos tienen sentido) entre los diferentes soportes artísticos que sobreviven en la segunda década del siglo XXI.

En un primer y rápido vistazo, la conclusión es que esas barreras hace tiempo que desaparecieron. No hay división entre escultura, pintura, instalaciones, cine, fotografía, performances, danza, teatro o arte en la Red. Cada disciplina sobrevive solo si se alimenta de las demás. Nada tiene sentido de manera individual.

Una escultura, por ejemplo, no tiene lectura posible si se presenta de manera aislada. Así, las obras firmadas por medio centenar de artistas, que se extienden por las cinco plantas del edificio, consagran una manera diferente de entender el proyecto artístico. Es, por otro lado, una transformación que ya se venía apuntando en algunas grandes citas como Venecia o Estambul. Las piezas son de artistas como Lutz Bacher, Kai Althoff, Moyra Davey, K8 Hardy, Betty Parsons, Robert Gober, Kate Levant o el director alemán Werner Herzog.

El autor de Fitzcarraldo o Nosferatu presenta una instalación titulada Hearsay of the Soul con la que además de homenajear al paisajista Hercules Segers, propone una reflexión sobre la importancia de la lectura.

Esta bienal, una de las primeras en dar un protagonismo absoluto a los comisarios, ha contado en esta ocasión con dos autores polémicos: Jay Sanders y Elisabeth Sussman. Sanders, escritor y comisario independiente, fue director de la Greene Naftali Gallery, algo que ha suscitado fuertes protestas por quienes consideran incompatible el puro comercio con la participación en un evento de estas características.

En el caso de Sussman, conservadora de fotografía del Whitney, las prevenciones eran positivas. Ella fue una de los tres autores de la edición de 1993, seguramente la más rompedora de la historia de la bienal. Fue además una cita en la que se acabó con la hegemonía de los artistas blancos y en la que, por vez primera, predominaron los creadores negros, las mujeres y los homosexuales. Las referencias políticas tocaron fondo con la proyección del famoso vídeo en el que se podía ver a un grupo de policías de los Ángeles golpeando a Rodney King.

La actual edición, que se puede visitar a lo largo de este mes, no discute más fronteras que las puramente artísticas. El tono político es bajo y los guiños a las preocupaciones planetarias son escasos. Se trata más de un "todo vale" y en una mezcla permanente de géneros. Lo más llamativo, las omnipresentes performances. Lo más representativo, la pieza de Dawn Casper, This Could Be Something If I Let It. La instalación es, durante este mes, el auténtico domicilio del artista. En un rincón del museo están todas sus pertenencias: su ropa, sus libros, algunos discos, notas sueltas, cámaras viejas, archivadores, maletas… y él mismo paseando de un lado a otro con las manos agarradas a la espalda mirando a los visitantes como si estos fueran el objeto extraño a contemplar. Puede que esta sea la manera más auténtica de entender el arte.