El último caballo
La primera película del húngaro Béla Tarr estrenada comercialmente en España es, también, su testamento anunciado: la obra que cierra una de las filmografías más provocadoras y ambiciosas del último cine de autor europeo. The Turin horse habla del final en el más amplio de los sentidos: de la mortalidad, de cómo cada sujeto se acaba disolviendo en la oscuridad y la inexistencia. Su planteamiento narrativo y estético es tan radical como cabría esperar de alguien que posee una película de siete horas en su filmografía —la monumental Sátántangó (1994)—; de un creador, en suma, que en la secuencia inicial de su anterior trabajo —El hombre de Londres (2007), editada aquí en DVD— rompió con todas las inercias de representación de la ficción noir a través de un osado tratamiento de tiempo y espacio. En The Turin horse también podría identificarse un leve sustrato genérico: un western alegórico sobre una granja solitaria, azotada por una tormenta incesante, en cuyo interior un carretero y su hija desgranan sus rutinas diarias al tiempo que su caballo encabeza una renuncia existencia.
THE TURIN HORSE
Dirección: Béla Tarr.
Intérpretes: János Derzsi, Erika Bók, Mihály Kormos.
Género: drama. Hungría, 2011.
Duración: 146 minutos.
Rodada en severo blanco y negro, escrita en virtuosos planos secuencia, la película parte de la idea de dilucidar qué ocurrió con ese caballo azotado por un carretero que se cruzó en el camino de Friedrich Nietzsche con dramáticos resultados. Las primeras imágenes, con el caballo avanzando contra el viento, aíslan una inusual forma de belleza cinematográfica que el resto del metraje no hará sino adensar. El conjunto exige un severo compromiso con sus claves estilísticas, con su vaciado narrativo, pero hay que evitar descalificarla como experiencia solo apta para espectadores culteranos: de hecho, quizá The Turin horse sea la más antiintelectual de las películas en su conquista de una esencia cinematográfica universal.
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