Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:

Ruta por el Ártico atroz

El nuevo libro de Javier Reverte 'En mares salvajes' mezcla su navegación por el paso del noroeste con las expediciones históricas en busca del canal norteño entre el Atlántico y el Pacífico

Cuatro siglos tardaron los navegantes en atravesar el paso del noroeste, ruta marítima que une el océano Pacífico con el Atlántico a través de los mares al norte de Canadá. Desde que la naturaleza salvaje del Ártico pudo con las primeras expediciones en el siglo XVI hasta que en 1906 el noruego Roald Amundsen realizó la hazaña que hasta entonces solo había sido intento, al reto le había dado tiempo a convertirse en mito. Al escritor madrileño Javier Reverte le costó 13 días afrontar el mismo recorrido, en un barco ruso. La mezcla entre su viaje y 400 años de epopeya de los marineros en busca del paso del noroeste llena las páginas de En mares salvajes. Un viaje al Ártico, el último libro de Reverte que Plaza Janés publicó el pasado 8 de abril.

Normalmente cerrado por el hielo, -tanto que Amundsen tardó tres años y dos inviernos en cruzarlo- el paso del noroeste volvió a abrir sus puertas inhóspitas el verano de 2007. Un buque oceanográfico ruso lo aprovechó, con varios turistas a bordo. "¿Y si en 2008 cojo ese barco?", se dijo Reverte al leer la noticia. Fue exactamente lo que hizo, aunque decidió alargar el comienzo y el fin de su viaje, para visitar el extremo norte de Canadá antes y después de embarcarse. Finalmente pasó dos meses entre "mares inhumanos y territorios atroces", según cuenta en un desayuno con periodistas.

Por esas tierras hostiles perdieron la vida centenares de marineros y se destrozaron decenas de barcos. La historia de la búsqueda del mítico paso protagoniza numerosas digresiones a lo largo de las 428 páginas de En mares salvajes. Una exploración compleja en la que suerte y preparación jugaban un papel central. La primera, por ejemplo, provocó el fracaso de la expedición de John Ross, en 1818, al renunciar este tras ver unas montañas que obstruían el paso y que sin embargo resultaron un espejismo.

Pero fue la falta de preparación la que pudo con la mayoría de los navegantes. "El orgullo de los británicos [la nacionalidad mayoritaria] hizo que se negasen a vestir piel y comer hígado de foca, como los locales", ejemplifica Reverte. Y debido también a esto muchos contrajeron el escorbuto y vieron en el Ártico sus últimos días. Fue esa enfermedad la que acabó con el viaje de John Franklin y sus hombres, cuya desaparición en 1847 le regaló a cambio al británico la entrada en la leyenda de la navegación.

Icebergs, osos blancos, escasos asentamientos humanos... "No es un viaje para mochileros", señala Reverte, que a sus 66 años se ha recorrido medio mundo, de Alaska a África, de Grecia al río de las Amazonas, donde contrajo la malaria. Tampoco el precio está al alcance de todos: recorrer esos más de 8.000 kilómetros le costó a Reverte unos 12.000 euros. Lo hizo solo, aunque en compañía de los otros 90 pasajeros del buque, casi todos anglosajones. "Es necesario viajar en solitario. Estás más abierto", afirma el escritor madrileño que de tantas expediciones ha aprendido sobre todo "la tolerancia". Además, según Reverte, la soledad desaparece muy pronto: "Encuentras gente, te enrollas. No me interesan los viajes sin seres humanos".

El contacto con el resto del mundo en cambio se redujo al mínimo. Sin móvil, Reverte solo se conectó a Internet en algún que otro hotel para comunicarse con su familia. Y a bordo la relación con la civilización consistía en un boletín de noticias de dos páginas que se entregaba cotidianamente a los pasajeros. Cada desembarco ofrecía sin embargo la posibilidad de encontrarse con los inuit, la población local. En mares salvajes relata los intentos de Reverte de comunicarse con ellos, sin mucho éxito. "Guardan rencor hacia el hombre blanco, y tienen razones históricas. En plena Guerra Fría Canadá los sedujo con falsas promesas y los obligó a desplazarse a esas tierras", las mismas por las que se pierde Frankestein en la novela de Marie Shelley.

Es una vida "dura" la de los inuit, resume Reverte. Las recientes subvenciones económicas y los cupos de caza y pesca no han contribuido a mejorar su condición, según el autor "han pasado de la Edad Media a la modernidad en 20 años". El salto ha dejado secuelas en términos de alcoholismo, drogas y una alta tasa de suicidios. "Se encuentran en situación terminal", asegura Reverte. Dos ejemplos que cuenta el escritor son ilustrativos: antes de que los pocos niños escolarizados salgan de casa por la mañana para ir al colegio, los padres se asoman con un rifle bajo el brazo, por si hay osos blancos en busca de desayuno. Y debido al frío y a una vida falta de entretenimientos, la gente se reúne en los supermercados, solo para charlar.

Reverte sostiene sin embargo que su destino cambiará en unos años. Las profecías sobre el cambio climático contenidas en En mares salvajes no son exactamente optimistas: "El paso se está abriendo cada verano más. Aumentará el tráfico marítimo, empezarán los cruceros, habrá riesgos de vertidos y los establecimientos humanos se convertirán en tiendas para turistas". Reverte se dice convencido de que el deshielo permitirá además aprovechar los recursos económicos del Ártico, lo que aumentará más todavía el interés por esta zona. "Hay diamantes, y según algunos el 25% de las reservas de hidrocarburos del mundo", afirma el escritor. Pese al pesimismo apocalíptico, Reverte deja caer una duda: "Navegando por ese mar me preguntaba: '¿No podrá esa naturaleza con nosotros?". Cuatro siglos de exploraciones jurarían que sí.