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Crítica:67ª Mostra de Venecia

La Mostra acoge la primera película española, 'Caracremada'

La jornada ha traído pocas alegrías, excepto el sorprendente debut del catalán Lluis Galter

Hoy la Mostra se ha puesto traje de domingo: cines llenos, largas colas para acceder a las salas y un bullicio considerable en los recintos del festival. La programación no ha acompañado como debería, pero aún así se han podido ver algunos destellos de interés.

Ha abierto el fuego una película que ya pudo verse ayer a última hora de la tarde y que hoy han podido repetir los ingenuos que no dieron crédito a sus colegas. La opinión general era que Post-Mortem del chileno Pablo Larraín pintaba más bien poco en la Sección oficial. La historia de un pagafantas que trabaja en una morgue y está perdidamente enamorado de una cabaretera -que le va dando carrete según le convenga- se va al traste en pocos minutos, y a pesar de algunas situaciones más o menos conseguidas no logra salir del tedio ante la desesperación del personal.

Seguramente para compensar se ha podido ver a continuación la última película de ese icono del cine asiático llamado Tsui Hark, Di renjie zhi Tongtian diguo. Más allá de si sus filmes tienen audiencia fuera del circuito festivalero (y del fan irreductible) no se puede negar a Hark un estilo fascinante y una descomunal capacidad para la épica, reflejada en esos códigos fílmicos tan especiales que siempre exhiben los realizadores de la zona. Hark, en realidad vietnamita, cuenta una historia de guerreros, como casi siempre, reunidos esta vez en el cuerpo del magnífico Andy Lau, encarnando a un detective encargado de resolver unas misteriosas muertes que amenazan con enturbiar el mandato de la emperatriz Wu Zetian. Tsui Hark hizo que muchos se lo pasaran pipa, lo cual no es poca cosa.

El punto serio (con matices) lo pondría poco después el actor, guionista y realizador Jerzy Skolimowski, un clásico del cinema polaco, íntimo de Roman Polansky, con quien comparte buen numero de inquietudes (no en vano escribió para el realizador los diálogos de El cuchillo en el agua). Skolimowski le regala su película, Essential killing, a Vincent Gallo (que buena falta le hacía al actor después de años de vagar por el desierto) donde éste interpreta a un talibán que escapa de las manos de sus captores encontrándose de repente en los bosques del este de Europa, ubicación de la prisión secreta donde era retenido. Su problema básico, más allá de las esposas y su traje naranja, es que -obviamente- no conoce de nada el territorio, algo bastante molesto cuando uno huye de algo o de alguien como alma que lleva el diablo. Hasta aquí nada que objetar, el problema resulta ser la obviedad de la historia, mil veces contada y algunos recursos manidos (flash-backs, flash-forwards y música forzadamente experimental, que recuerda en intenciones al magnífico trabajo de Jonny Greenwood en There will be blood).

Así, la tocata y fuga de Gallo carece de la intensidad necesaria por mucho que el actor del método devoré -en nombre de la verosimilitud- insectos, pescado crudo y corteza de árboles, y finalmente acaba pareciendo un viaje rutinario a ninguna parte del que -obviamente- no saldrá bien parado. Lo mejor de la película resultan ser los ditirámbicos encuentros del protagonista con personajes de todo tipo y pelaje en el tramo final, una parte que parece mirar de reojo al cine de David Lynch. Si el director no se hubiera empeñado en seguir el curso del río quizás estaríamos hablando de una película totalmente distinta. Por cierto, que Gallo no abre la boca en toda la película excepto para gritar. Será que no le apetecía.

La última etapa de hoy la protagoniza un español, Lluis Galter, que desembarca en el Lido con Caracremada. Al catalán le sigue de una marea verde de fans (todos ellos con camiseta conmemorativa) y éste les corresponde con una propuesta de hormigón armado. Su opera prima se sitúa en 1951, momento en que la CNT dejó de combatir oficialmente al bando nacional, algo que unos pocos no aceptaron. Estos guerrilleros sin patrón siguieron en la brecha y es justamente ahí donde mete la cámara Galter, utilizando el sonido como microscopio para explorar una realidad devastadora. El director se desmarca así del rebaño, con una opera primera casi silente (entendiendo esto como la ausencia de diálogos), absolutamente radical en su formato y despojada de cualquier matiz que pueda distraer al espectador.

No hay en Galter -o al menos no lo parece- ninguna intención de empatizar con el espectador, más bien parece como si quisiera agarrarlo por el cuello y meterle en un pantano de aguas turbias, obligándole a mirar como se desintegran sus personajes. Al director no le falta ni coraje ni talento para contar un episodio tan íntimo de la historia de España prescindiendo del folklore habitual del cine patrio, atreviéndose con todo. Habrá que ver cómo sigue la carrera del catalán, pero de momento el asunto promete.