Crítica:67ª Mostra de Venecia
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

Scorsese, siempre Scorsese

El director abunda en su amor por el séptimo arte con la pericia de un veterano en <i>A letter to Elia,</i> el documental sobre la figura de Elia Kazan

En un sábado en que la programación prometía dos platos fuertes a competición el ganador moral ha resultado ser de siempre: Martin Scorsese. A letter to Elia, el documental del director sobre la figura de Elia Kazan, ha dejado a François Ozon y a Kelly Reichardt en el olvido para ponerse a la cabeza del imaginario ránking cinéfilo que cada día se marca la prensa acreditada.

Scorsese abunda en su amor por el séptimo arte con la pericia de un veterano pero, sobre todo, con la sinceridad que concede hablar de alguien a quien el director italo-estadounidense considera maestro y mentor. Kazan, que regaló al Hollywood de los años dorados obras maestras del tamaño de Al este del Eden o La ley del silencio pagó caros sus devaneos con el lado oscuro de América al delatar a ocho compañeros que habían pertenecido al partido comunista. El incidente convirtió al chivato en una especie de paria y hasta cuando se le hizo entrega del Oscar honorífico a toda una carrera, allá por 1999, el director recibió la repulsa del Sindicato de Guionistas de Hollywood que voto contra la decisión de otorgarle el premio.

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Scorsese no juega a beatificar a Kazan, sino que afronta el tema con absoluta solvencia, dejando que las propias palabras del cineasta y sus respectivos silencios pongan al espectador en la equidistancia adecuada. Más allá de su lengua larga, dice Scorsese, Kazan era un director de cinco estrellas, un creador con mayúsculas. "Mi padre me decía que me metiera en mis propios asuntos, que nunca empezará ninguna discusión y que me alejara de las peleas", confiesa Kazan (que murió en 2003) en unas imágenes de archivo a cuenta de su formación como cineasta. De hecho, A letter to Elia (Una carta a Elia) es justamente eso, una carta pública, una confesión a corazón abierto donde el realizador de Uno de los nuestros, Toro salvaje o Taxi Driver mira a cámara y se rinde al talento de Kazan, seduce al espectador con una suerte de mirada fugaz a la carrera del hombre que puso a James Dean o a Marlon Brando en órbita.

Por el camino podemos lamentarnos de que con la decisión de Scorsese de dirigir películas hemos perdido a un actor maravilloso: su sencillez, en traje y corbata, ante un despacho más bien espartano, contrasta con el entusiasmo de sus palabras y lo estudiado de sus pasiones. No hay mejor profesor para aprender a amar el cine que las lecciones de este hombre, capaz de convertir un asunto personal e intransferible en una hora y cuarto de goce indescriptible. El larguísimo aplauso y las caras de satisfacción al final del pase en una sala abarrotada (más de 100 periodistas se han quedado fuera de la proyección en la Sala Grande del certamen) daban buena cuenta de ello. Hasta Elia Kazan, un tipo de rostro granítico, hubiera tenido que dar su sonrisa a torcer ante tamaño espectáculo.

El realizador francés François Ozon acudía al festival con muchas expectativas puestas en su último trabajo, Potiche. La película contaba con dos glorias del cine galo como Catherine Deneuve y Gerard Depardieu y un descomunal cameo de Sergi López al ritmo de Cucurrucucu Paloma de Julio Iglesias. Potiche es una fábula a medio camino entre la parodia y el cuento de hadas que retrata con sorna la lucha de clases que adorno el final de los años 70 en Francia. Deneuve interpreta a una burguesa con una vida aburrida de solemnidad que sofoca sus instintos escribiendo poemas de medio pelo, haciendo footing y cocinando para su ridículo marido, un señor que ordena y manda y al que no le chista nadie.

Cuando éste se pone enfermo y se decide que su mujer tome el mando de la empresa familiar la cosa dará un giro kafkiano (en realidad el primero de muchos). En realidad hay poco más: Depardieu parece estar a miles de kilómetros de allí en su papel de diputado comunista y lo demás son retazos de comedias mil veces vistas. La película divierte y hasta se disfruta en ocasiones, pero sorprende su presencia en la sección oficial de la Mostra siendo como es un producto liviano de sábado por la tarde... o igual es por eso. La Deneuve, para que conste, sigue teniendo su aquel.

El día lo ha liquidado una película con galones, Meek's cutoff, de la cineasta independiente Kelly Reichardt. La directora se mete en el western con voluntad neorrealista, más cerca del último experimento de Michael Winterbotton en el género que de los clásicos de John Ford o Howard Hawks para entendernos. Así, en algún lugar entre las fotografías de Ansel Adams y los cuadros de Olaf Wieghorst se esconde un paraje que Reichardt explora con suma cautela, dejándose llevar por el ritmo de una tierra huérfana de vida. En ese sendero sin camino viajan tres familias de pioneros buscando un lugar donde asentarse, guiados por un chiflado que en realidad es el más perdido de todos ellos. Con eso, un trabajo de cámara de chuparse los dedos y un descomunal póker de actores (Paul Dano, Will Patton, Michelle Williams y Bruce Greenwood) construye la realizadora una película notable, árida y movediza. Un filme interesante que apunta buenas maneras y que podría optar al palmarés si la competición sigue como hasta ahora.

Catherine Deneuve, protagonista junto a Gerard Depardieu en el <i>filme</i> <i>Potiche</i>, del realizador francés François Ozon, hoy en Venecia.
Catherine Deneuve, protagonista junto a Gerard Depardieu en el <i>filme</i> <i>Potiche</i>, del realizador francés François Ozon, hoy en Venecia.GETTY
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