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¿Torero o gladiador?

José Tomás entusiasma a sus fans con su valor pero irrita a los puristas

Antoñito, a mi lado, no hacía mas que cabecear: "Esto, no; esto, no", repetía incesamente. En el ruedo, José Tomás, cubierto el traje por una lengua de sangre nada más empezar la faena de su primero, arrinconaba al manso en las tablas para concederles a los pocos aficionados que había en la plaza unos pases imposibles que no tenía la fiera y a sus fans, que eran mayoría y abarrotaban el tendido, el hálito de emoción de verle jugarse la pierna y la vida.

José Tomás iba vestido de torero, y el público, su público, no paraba de usar el término para piropearle, pero, en realidad, Tomás no ejerció en Las Ventas de torero, sino de gladiador. Entre el toro y el torero, debe haber siempre una tela. En el caso del de Galapagar, la muleta es accesoria. Aparece cuando ya no queda más remedio, justo antes de que los pitones pasen a su lado por un hueco imprevisible. Y ese espectáculo circense, de circo romano, entiéndaseme, de hombre contra bestia sin más intermediarios, se hizo palpable en el primer toro. Tomás, que acababa de recibir su primer revolcón toreando al natural, llevó al toro al terreno de los mansos para arrinconarle en unos redondos de escalofrío, no por el arte ni por el temple sino por la proximidad de los cuernos a su cintura, al punto que en dos pases tuvo que encoger la tripa para dar salida al animal, que apenas cabía entre las tablas y la esbelta figura del diestro. La plaza se venía abajo cuanto más cercaba Tomás al bicho y cuanto menos espacio le dejaba. Mató mal, de pinchazo y estocada, y pese a ello, casi al instante tenía la oreja en su mano.

En la vuelta al ruedo, la única que dio pese a cortarle al segundo dos orejas, las Ventas parecía el Coliseo. Los asistentes, muchos de los cuales habían pagado el espectáculo a precio de sueldo de mileurista, no paraban de increpar al presidente y eso el pobre había concedido el trofeo en apenas un suspiro. Pero ya se sabe como es la plebe cuando huele la sangre. Se excita y canaliza su violencia con el primero que pasa por allí. Para más paralelismos, el diestro tuvo un gesto inusual tras matar a su primero. En vez de esperar el veredicto de la presidencia respetuosamente desde los burladeros, se fue casi al centro de la plaza y se quedó mirando fijamente a la tribuna. Parecía un desplante. Un "Ave César, lo que van morir te saludan", pero quieren antes su corona de laurel.

Con la plebe, perdón, la plaza, rendida a sus pies, José Tomás se armó de protagonismo y en el cuarto de la tarde, y segundo de El Fundi, hizo un quite por gaoneras con la mala fortuna de salir tropezando y caer a la arena. Allí se hizo el muerto y el animal le olisqueó, le tomó por piedra y se marchó.

Con este revolcón preparó a los tendidos el quinto de la tarde. La plaza estaba ávida de emociones fuertes. Y el diestro colega de Joaquín Sabina y favorito de algunas de las mayores fortunas (nunca se había visto tal concentración de VIP por metro cuadrado en una espectáculo popular) no regateaba en esfuerzos por darle al público lo que quería ver. Con la mano vendada, por la cogida del primer toro, renegrido de sangre y arena desde la corbatilla hasta las medias, se fue a los medios a jugarse otra vez la vida. Como el toro era falto de trapío y feo como él solo, la andanada clamó para que lo dieran por cojo. Y así fue. Cualquiera le negaba a la plebe el espectáculo. Salió el sobrero, y se repitió la parafernalia. Pero esta vez el toro, mejor presentado pero sin mayor bravura que el desechado, no aceptó los naturales suicidas que le tiró Jose Tomás y en uno de los pases le volteó, enganchándole hasta tres veces en el muslo.

La plaza dio un suspiro hipócrita y atronó con aplausos cuando el diestro se levantó por su propio pie y, con elegancia, y sin aspavientos -algunos creemos que Tomás ha sido abudcido por extraterrestres en algún momento de su carrera- tomó la muleta y tras alternar algún pase embridado con varios enganchones, se marcó una serie de manoletinas que quitaron al tendido el hipo. Tal era el susto!.Y Antoñito, a mi lado, terciaba; "Esto es como ira a ver una película de terror", Y decía bien, porque las parejas se estrujaban los antebrazos cada vez que el diestro citaba al animal, para aminorar el miedo ante una nueva cogida, que no vino porque Dios (para los creyentes) o el toro (para los ateos) no lo quisieron así, ya que Tomás, a resultas de los revolcones, estaba tan maltrecho que no hubiera podido escapar de una nueva cogida. Desde el tendido del 7 se le afeaba la conducta temeraria al diestro, con gran bronca de los fans, que se preguntaban si los de los pitos tenían tantos cojo...para bajar a la arena a enfrentarse al toro en vez de gritarle a su ídolo.

Y la cogida, la tercera, llegó. Llegó al entrar a matar en una estocada redonda. Y Tomás volvió a ponerse en pie para recibir el aplauso y las dos orejas. La Infanta Elena, en el palco, enfervorecida, fue de las primeras en pedir el segundo apéndice para el torero republicano. El diestro, herido de gravedad, ya no tuvo fuerzas para dar la vuelta al ruedo. Desde donde había matado al toro emprendió el camino hacia la enfermería. Los dos pícaros que le sacan a hombros en todas las plazas no cobrarán hoy sus 1.500 euros. Pero el gentío estaba más contento que nunca. No hacían mas que hablar por el móvil para contar la hazaña a sus amigotes y amiguitas, pobres ellos y ellas, que se habían perdido el combate. Tres cornadas y tres orejas!. ¿Alguien da más? Y Antoñito, a mi lado, cabeceaba: "Esto no es toreo, es jugarse la vida, pero no es toreo". Si le llegan a escuchar los de al lado, le matan.