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Cómo curar las heridas de una estación de esquí

La regeneración ecológica de Valcotos, en la vertiente madrileña del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, se inició hace más de 20 años y todavía continúan las labores de seguimiento y control

Estacion de Cotos
Telesilla Zabala, antes y después de que se desmantelara el remonte.Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama/ Santi Burgos
Esther Sánchez

Tres décadas estuvo funcionando la estación de esquí de Valcotos, de 1969 a 1999, cuando la Comunidad de Madrid decidió expropiarla y comenzó su regeneración ecológica. Allí subían los madrileños sobre todo en fin de semana; en invierno a esquiar, en verano a pasear aprovechando que los remontes permanecían abiertos. Más de 20 años después, los pinos y la vegetación de alta montaña han borrado la mayor parte de las heridas abiertas por las pistas de esquí e infraestructuras como telesillas o telesquís en este frágil entorno del macizo de Peñalara (2.428 metros, el techo de Madrid), en el Parque Nacional de la Sierra del Guadarrama.

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“A cualquiera que le digas que aquí había una estación de esquí no se lo cree”, plantea Pedro Rodríguez, que aprendió a esquiar en esas pistas, trabajó en ellas al igual que su padre, vio cómo se cerraban y participó en su desmantelamiento y en los trabajos de regeneración ecológica. “Al principio me dio pena, pero si se mira ahora es para estar orgulloso”, comenta. El proyecto fue pionero a nivel mundial, y muchas veces se tuvo que experimentar, como cuentan los expertos que participaron en él. Todavía continua: hoy está en fase de refuerzo de zonas que estaban muy dañadas y en seguimiento de la restauración.

Los trabajos han conseguido que volviera a aparecer la vegetación arbórea y arbustiva, que se eliminó para poder esquiar, donde antes se elevaba un telesilla o había una pista. No se trataba de prohibir toda actividad deportiva. Ahora hay áreas reservadas para trineos, snowboard y esquí de fondo. También se permite el esquí de travesía. En total se desmontaron 5.750 metros de remontes, 65 pilonas, 20 edificios y se regeneraron seis pistas (24,2 hectáreas y 3.330 de longitud).

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La Pradera con telesilla y en la actualidad. PARQUE NACIONAL DE LA SIERRA DE GUADARRAMA

La semana pasada, el Organismo Autónomo de Parques Nacionales, dependiente del Ministerio para la Transición Ecológica, anunció que echaba el cierre a tres pistas de la estación de esquí de Navacerrada, otra de las instalaciones por la que se deslizan los madrileños, muy cercana a Valcotos. La subida de las temperaturas debido al cambio climático —1,95 grados desde los años setenta— y la reducción de la nieve en un 25% se encuentran detrás de la decisión, aseguró el ministerio en un comunicado. Ahora toca regenerarla y Valcotos puede servir de ejemplo.

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“El daño que provoca una estación de esquí alpina es brutal”, comenta José Luis Izquierdo, biólogo del parque, que ha vivido todo el proceso de revertir la degeneración en Cotos. Es la modalidad más agresiva del esquí porque requiere de grandes infraestructuras para trasladar a los esquiadores, construcciones, pistas de accesos y servicios, además de provocar importantes movimientos de tierra con eliminación de vegetación. Y podía haber sido mucho peor porque en 1972 se aprobó un plan que permitía la construcción de alojamientos, hoteles…, para un total de 3.885 habitantes. Aunque ese proyecto nunca salió adelante, las instalaciones se fueron ampliando con explanación de superficies e incluso obras ilegales “de graves consecuencias”, como fue el recrecimiento artificial de la Laguna Chica, situada en la morrena que cierra el Circo de la Laguna de Peñalara. También se modificó y tapó parte del curso de algunos arroyos, como el de Los Cotos, que con la regeneración volvió a su estado original y “se llenó de invertebrados y anfibios de forma natural al poco tiempo de desenterrarlo”, apunta Izquierdo. Peñalara, con 10 especies de anfibios, es una de las zonas europeas de montaña más importantes para este tipo de fauna, muy amenazado por el cambio climático.

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Zona de las Hoyas (circo de Peñalara) con gente esquiando; a la izquierda, el mismo entorno en la actualidad. PARQUE NACIONAL DE LA SIERRA DE GUADARRAMA

Ese conjunto de obras condujo al primer informe sobre “la agresión ecológica de Peñalara de la Agencia de Medio Ambiente” en 1986, se explica en un texto del parque nacional sobre la restauración ecológica del entorno. Ahí es cuando empieza a surgir una conciencia social contra “la degradación de la sierra en general y del Macizo de Peñalara en particular”, que acabó conduciendo al cierre de la estación 13 años después. “Ya entonces se empezaba a notar la falta de nieve”, recuerda Rodríguez.

La restauración se acometió en tres fases: primero se desmontaron todas las infraestructuras, que se retiraron con animales de tiro o con helicóptero si al lugar no podían llegar vehículos para no abrir más pistas. Se dejaron algunas edificaciones, como una cafetería que se transformó en el actual centro de visitantes de Peñalara. En segundo lugar, se abordó la restitución topográfica para devolver al terreno el aspecto anterior a la estación de esquí y naturalizar el paisaje, recuperando los arroyos que se enterraron o desviaron. Hubo daños imposibles que reparar, como “la disposición original de los depósitos glaciares” en algunas zonas, explican los expertos del parque. Con ellos se perdieron parte de las huellas de los mejores restos glaciares de la sierra de Guadarrama, que se encuentran en Peñalara, y los vestigios de pólenes y otros materiales de hace miles de años, fundamentales para la investigación. “Eran testigos de la historia”, añaden.

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A la izquierda, aparcamiento original de Cotos; a la derecha, imagen actual sin coches y con más arbolado. PARQUE NACIONAL DE LA SIERRA DE GUADARRAMA / SANTI BURGOS

La tercera fase, la de revegetación a partir de 2000, fue “la más laboriosa, porque no había experiencia en zonas degradadas de alta montaña y ahí estamos todavía”, explica Izquierdo. Se recolectaron semillas manualmente en lugares contiguos no alterados para evitar la contaminación genética con la introducción de variedades extrañas a Peñalara y se produjeron plantas en viveros situados a una altitud elevada. La tierra se trasladó desde los cortafuegos cercanos. Se plantaron 30.000 pies de matorrales, 13.000 de árboles y 50.000 plantas herbáceas.

Los inventarios realizados muestran que existe una tendencia al aumento de la cobertura vegetal en las zonas restauradas, y en las partes inferiores, como la pista y el telesilla de La Pradera, se ha producido un gran aumento del pino albar, mientras que en lugares más elevados se aprecia un incremento de matorral como el piorno serrano y el cambroño. La recuperación global se encuentra entre el 75% y el 80% del terreno, apunta Juan Vielva, que ocupaba el cargo de director conservador del Parque Natural de Peñalara. Vielva considera que la expropiación y el desmantelamiento de la estación fueron posibles “por la posición de los grupos conservacionistas y por la valentía política del equipo de Gobierno [estaba al frente de la comunidad de Madrid Alberto Ruiz-Gallardón]”. “Se devolvió a los madrileños la montaña y se facilitó a la población local una economía sostenible”, concreta.

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Cotos, a la izquierda en 1998; a la derecha, en la actualidad. PARQUE NACIONAL DE LA SIERRA DE GUADARRAMA / SANTI BURGOS

Cotos continúa, sin embargo, padeciendo un problema de saturación de visitantes, sobre todo los fines de semana y las épocas en las que nieva: recibe entre 120.000 y 150.000 personas al año, y la mayor parte, el 90%, proceden de Madrid. El parque nacional llegó a los 2,4 millones de visitantes en 2019, solo superado por el del Teide, con más de cuatro millones. El confinamiento por la pandemia dio un respiro a la zona, pero cuando acabó fue la avalancha. En el aparcamiento del puerto de Cotos, los coches sumaron 6.338 en agosto de 2020, casi el doble que el año anterior, según datos de la Comunidad de Madrid. En el macizo de Peñalara se contabilizaron en verano entre un 50% y un 60% más de visitantes que en 2019. “Parecía que con el cierre de la estación de esquí vendría menos gente, pero no ha sido así”, comenta Héctor Sánchez, propietario de la conocida Venta Marcelino, uno de los establecimientos de restauración que ya funcionaba cuando se decidió echar el cierre a las instalaciones y que se ha mantenido firme ante los cambios.

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Sobre la firma

Esther Sánchez
Forma parte del equipo de Clima y Medio Ambiente y con anterioridad del suplemento Tierra. Está especializada en biodiversidad con especial preocupación por los conflictos que afectan a la naturaleza y al desarrollo sostenible. Es licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense y ha ejercido gran parte de su carrera profesional en EL PAÍS.

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