Salman Rushdie, la religión y la rabia a través del ojo científico de Dios

La teoría del principio del universo y de su expansión fue expuesta a principios de los años 30 por el sacerdote belga Georges Lemaître. Por si fuera poco, en alguna de las historias del Corán aparece el tiempo como percepción relativa, siglos antes de que Einstein formulase su teoría

El autor Salman Rushdie posa durante una entrevista en Los Ángeles, el sábado 1 de mayo de 1999.
El autor Salman Rushdie posa durante una entrevista en Los Ángeles, el sábado 1 de mayo de 1999.E.J. Flynn (ASSOCIATED PRESS)

En lugar de lagunas de conocimiento, el fanático religioso tiene inundaciones de falsas creencias; naturalezas de fondo turbio donde se cataliza la infamia colectiva. Sirva como ejemplo lo de Salman Rushdie, una agresión que nos ha salpicado de sangre y de rabia, y cuyo origen se encuentra en el fanatismo de quienes muestran más interés en lo que creen saber que en lo que verdaderamente no saben.

Con todo, no venimos a hacer aquí un alegato contra las religiones. Nada más lejos, pues la religión y la ciencia pueden caminar juntas siempre y cuando no caigan en el dogma y permitan sitio a la duda, tal y como Einstein señaló en su momento con su aforismo: “La ciencia sin religión está coja, la religión sin ciencia está ciega”.

Con tales parámetros, el Papa Francisco arrancó su revolución vaticana hace unos años, cuando afirmó que el Big Bang es un fenómeno real y que “Dios no es un mago con una varita mágica”. Fue entonces cuando los fanáticos del catolicismo más rancio se rasgaron las vestiduras ante tales declaraciones, dejando a la vista sus inundaciones de incomprensión histórica, pues la teoría del principio del universo y de su expansión ya había sido expuesta a principios de los años 30 por el sacerdote belga Georges Lemaître cuando señaló el origen de todo en un punto donde el universo empezaba a expandirse y donde el espacio se llenaba con los restos del átomo primitivo tras su desintegración, despojos cósmicos que dieron lugar a la materia, al espacio y al tiempo. Con su teoría del átomo primigenio o “huevo cósmico” Georges Lemaître se convirtió en padre de la cosmología moderna.

Su biografía nos presenta a Lemaître como a un muchacho inquieto que tuvo que interrumpir sus estudios de Ingeniería de Minas para alistarse como artillero en la Primera Guerra Mundial. Cuando se reincorporó a la vida universitaria, una vez terminada la guerra, lo hizo matriculándose en Ciencias Físicas y Matemáticas, doctorándose en 1920 e ingresando en el seminario de Malinas. Tres años después, rozando la treintena, Lemaître se convirtió en sacerdote, siguiendo su carrera científica como alumno de Arthur Eddington (1882-1944) filósofo de la ciencia que entendía la materia como soporte del espíritu y no de otra manera. Por eso mismo, para Eddington, la ciencia y la religión eran compatibles siempre y cuando los fenómenos religiosos se pudieran demostrar a partir del método científico.

Ahora volvamos a la agresión sufrida por Salman Rushdie, porque si atendemos al islam hay que señalar que la lectura del Corán no está reñida con el progreso científico ni tampoco con el humor. Sólo los fanáticos carecen de sentido del humor para reírse de sí mismos. El islam en su origen fue sinónimo de progreso. De hecho, fue la ciencia islámica la que introdujo los números arábigos que hoy utilizamos para contar. Otro ejemplo de préstamo cultural es la palabra algoritmo, nombre latinizado del matemático persa Al-Juarismi (Algorithmi). Por decir no quede que en alguna de las historias del Corán aparece el tiempo como percepción relativa, siglos antes de que Einstein formulase su teoría.

Pero la falta de comprensión lectora y, sobre todo, la falta de conciencia crítica lleva a los fanáticos a creer que las novelas de Salman Rushdie ofenden a una religión. Si esto fuera así, la ofensa hacia esa religión sería aún mayor cada vez que un fanático asegura que el apuñalamiento al autor de Los Versos Satánicos ha sido por mandato divino.

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Sobre la firma

Montero Glez

Periodista y escritor. Entre sus novelas destacan títulos como 'Sed de champán', 'Pólvora negra' o 'Carne de sirena'.

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