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Adiós, ovnis; bienvenidos, FANI

Varios países han desarrollado herramientas de guerra electrónica que podrían aclarar el reciente informe del Pentágono que no encuentra explicación a algunos objetos observados en el cielo

Captura de uno de los vídeos hechos públicos por el Pentágono el 27 de abril de 2020 en el que se pueden ver “fenómenos aéreos no identificados”. En vídeo, imágenes de fenómenos aéreos no identificados.MARINA DE EE UU / VÍDEO: EPV.

El reciente informe de la agencia nacional de inteligencia estadounidense sobre los FANI (no, ya no son ovnis , ahora son Fenómenos Atmosféricos No Identificados) ha venido a dar una pátina de respetabilidad a un tema favorito de la ciencia ficción: la presencia de máquinas de origen desconocido (tripuladas o no) en nuestros cielos. Muchos pilotos evitaban referirse a ellos por el recelo que levantaban esas siglas y su asociación con “marcianitos verdes”; la nueva denominación, bendecida oficialmente por el Pentágono, pretende tratar el asunto desde un punto de vista más formal y respetable.

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El informe relata una serie de observaciones realizadas por pilotos militares o desde buques de la armada estadounidense en fechas relativamente recientes. Y reconoce la imposibilidad de determinar su naturaleza, al menos a partir de los registros acumulados hasta ahora.

Esta vez, una de las novedades es que algunos encuentros fueron observados mediante una combinación de sensores (vídeo, radar o infrarrojos) y existen grabaciones ciertamente sorprendentes. En muchas ocasiones, la detección fue hecha por personal militar, familiarizado con sus equipos y poco dado a dejarse llevar por fantasías alienígenas. Como norma general, cada vez que el radar localizaba un contacto anómalo, se verificaba el funcionamiento y calibración del equipo hasta tres veces antes y después del incidente. Solo entonces se registraba el correspondiente informe oficial.

Algunas grabaciones de vídeo muestran vehículos con comportamientos difíciles de explicar: no solo se mueven a altas velocidades, sino que ejecutan maniobras muy bruscas, que parecen ignorar la inercia. Las imágenes son siempre borrosas, en parte por la distancia a la que se han obtenido, en parte porque suelen ser registros en infrarrojo de baja resolución.

Dentro de lo difícil que resulta discernir la forma de esos objetos, ninguno muestra nada parecido a alas o superficies de sustentación. Más extraño aún: en más de una docena de casos no se ha observado ningún sistema de propulsión; ni hélices, ni motores a reacción… Si esto llegara a confirmarse, ahí va la tercera ley de Newton...

Los sensores FLIR que llevan los cazas en el morro deberían haber detectado al menos la estela de calor de los escapes, aunque es cierto que los aviones furtivos inyectan aire frío en sus toberas para reducir la “firma” infrarroja. Es un sistema tan eficiente que a veces se les equipa con reflectores para que el radar pueda detectarlos.

El informe en cuestión reconoce que la combinación de velocidad y agilidad que exhiben esos objetos supera todo lo existente en el arsenal americano y —hasta donde se sabe— en el de otras potencias. Hasta donde se sabe.

Varios países han desarrollado vehículos hipersónicos (se llama así a los que superan Mach 5, o sea, cinco veces la velocidad del sonido). En general son misiles no tripulados; el único avión hipersónico con piloto fue el X-15, retirado hace muchos años, y, por supuesto, los transbordadores y cápsulas espaciales que realizan la reentrada a Mach 25. Pero son vehículos que no vuelan a baja cota, como los que describe el informe del Pentágono, y mucho menos realizan maniobras tan bruscas.

El informe en cuestión reconoce que la combinación de velocidad y agilidad que exhiben esos objetos supera todo lo existente en el arsenal americano y —hasta donde se sabe— en el de otras potencias. Hasta donde se sabe. Porque en tecnología militar, algunos avances tardan mucho en hacerse públicos. Por ejemplo, el prototipo del caza “invisible” F-117 voló en 1977, pero su primera —y borrosa— fotografía no apareció hasta 11 años después.

Coincidiendo con la publicación del informe, se han divulgado detalles de varios avistamientos relacionados con personal militar. Hace un par de años, la corbeta USS Omaha, navegando frente a la costa de San Diego (donde, por cierto, se ubica una importante base naval) detectó una sombra de forma esférica y un par de metros de diámetro. El vídeo la muestra a una altura casi constante sobre el horizonte hasta que empieza a descender y desaparece en el mar. No se aprecian salpicaduras (aunque puede deberse a la baja resolución del vídeo). Una posterior búsqueda en la zona no descubrió restos ni ningún indicio de que algo se hubiese estrellado allí.

Otros incidentes muestran múltiples contactos de radar volando en enjambre, desapareciendo de repente o, a veces, fundiéndose entre sí. Un vídeo de la pantalla de radar muestra al barco rodeado por ocho o nueve intrusos, en trayectorias, distancias y velocidades aleatorias. Y no fue un fenómeno breve o esporádico. La grabación es el montaje de tres secuencias ocurridas intermitentemente a lo largo de otros tantos días.

El Pentágono ha confirmado la autenticidad de las imágenes, aunque mantiene clasificado el informe oficial. En internet se han publicado ambos vídeos. Fueron grabados, por lo que parece, desde el CIC (Centro de Información de Combate) del Omaha. No parecen grabaciones oficiales, como otras anteriores que proceden de las cámaras de puntería de unos cazas F-18. Más bien son vídeos obtenidos con cámaras sostenidas a mano sobre los monitores y pantalla de radar del buque, de ahí que sean imágenes bastante borrosas e inestables. Quien más las ha difundido a través de su web es un productor de audiovisuales llamado Jeremy Corbell, autor de reportajes que tratan desde la mítica Área 51 hasta fenómenos paranormales. Cada uno es libre de opinar si este origen compromete o no la credibilidad de tales vídeos.

Pero lo que sí está quitando el sueño a los analistas militares no es la posibilidad de una invasión extraterrestre, sino que estos vehículos no sean reales y en realidad se trate de “fantasmas” electrónicos: señales generadas para confundir al radar y dar la impresión de un objeto sólido. Es una de las muchas tácticas empleadas en la guerra electrónica. Crear objetivos falsos como grandes formaciones de aeronaves inexistentes o manipular el retorno de la señal del radar enemigo para que un avión parezca estar en otro lugar.

Esto explicaría que los avistamientos se hayan producido desde buques o aviones militares. Si es así, la impresión no puede ser más real. Con tecnología actual, estaríamos hablando de una simulación de primer nivel, puesto que no solo engaña al radar, sino a otra gama de sensores electromagnéticos; pero si nos remontamos cinco años atrás, cuando empezaron a registrarse estos incidentes, entonces nos encontraríamos ante unas capacidades realmente extraordinarias. Muchos países han realizado grandes avances en las técnicas de la guerra electrónica. No solo Rusia o China; también otros menos conspicuos como Taiwán, India o Australia. Y esta es una especialidad en la que no se comparten secretos.

¿Podría alguien estar probando sus señuelos electrónicos usando como conejillo de indias a la Navy? No tiene ninguna lógica. Estas tecnologías se mantienen con la máxima reserva precisamente para aprovechar el efecto sorpresa; son métodos de engaño: descubierto el “farol”, toda su efectividad desaparece. Pero es una hipótesis que no deja de inquietar al Pentágono.

Rafael Clemente es ingeniero industrial y fue el fundador y primer director del Museu de la Ciència de Barcelona (actual CosmoCaixa). Es autor de Un pequeño paso para [un] hombre (Libros Cúpula).

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