Charles Howard Hinton, el gran desconocido

El matemático británico acarició la idea de convertir la cuarta dimensión geométrica en una dimensión física

Charles Howerd Hinton, con su familia en Japón en 1890.
Charles Howerd Hinton, con su familia en Japón en 1890.Studio of K. Yoshida in Kanazawa

Imaginemos, por un momento, que somos peces y que vivimos en un estanque. De ser así, nuestro mundo se vería reducido a las aguas y a las materias que flotan en su superficie, es decir, a todo lo que hay sobre nosotros, ya sea una botella de plástico, la base de un bote salvavidas o un simple nenúfar.

Viviríamos entregados a las aguas, a nuestro mundo y no seríamos conscientes de que existe un mundo totalmente diferente por encima de nosotros; un universo paralelo y distinto separado por la fina superficie del agua. Si nos sacasen de nuestro mundo, entraríamos en una dimensión desconocida pero no por ello menos real que la conocida. Sirva este ejemplo para postular que existen otras dimensiones.

Si atendemos al espacio y a su concepción geométrica, la idea de cuarta dimensión se hizo notoria a mediados del siglo XIX, cuando el matemático alemán Georg Friedrich Bernhard Riemann demostró que otras dimensiones son posibles a partir de una línea, a lo largo, llevada a un plano bidimensional, a lo largo y ancho, para después ser transformada en un sólido en el espacio tridimensional, a lo largo, ancho y alto, y de aquí a espacios de más dimensiones. Cuentan que cuando Riemann dio con la cuarta dimensión geométrica sufrió un colapso nervioso.

En un espacio tetradimensional, el tesseract sería un cubo de cuatro dimensiones espaciales, o lo que es lo mismo, un hipervolumen formado por infinito número de volúmenes y solo limitado por otros volúmenes

Pero va a ser Charles Howard Hinton, matemático británico, quien poco después acaricie la idea de convertir la cuarta dimensión geométrica en una dimensión física. Para ello diseñará el “tesseract”, una figura formada por ocho cubos tridimensionales que elevó hasta una dimensión espacial originada a partir de un cuarto eje dimensional. Para entendernos, en un espacio tetradimensional, el tesseract sería un cubo de cuatro dimensiones espaciales, o lo que es lo mismo, un hipervolumen formado por infinito número de volúmenes y solo limitado por otros volúmenes.

La base científica del artefacto no impidió que se convirtiese en un objeto de uso pseudocientífico que acabaría siendo empleado en sesiones de espiritismo. Según contaban las publicaciones de la época, por medio de estos cubos se podía alcanzar la dimensión donde habitan los muertos. Pero para Hinton, la cuarta dimensión estaba muy lejos del ocultismo y de las fuerzas sobrenaturales. Llegar a la cuarta dimensión era posible ejercitando la imaginación con su poliedro de nombre extraño. Como no podía ser de otra forma, Jorge Luis Borges quedó seducido por el tesseract y por los relatos científicos de Hinton, llegando a prologar la edición que de ellos hizo Franco María Ricci, donde Borges nos presenta a Hinton como un perfecto desconocido, como un hombre que “casi ha logrado la tiniebla

Según contaban las publicaciones de la época, por medio de estos cubos se podía alcanzar la dimensión donde habitan los muertos

”.

Borges afirma que aunque H.G Wells no lo mencione, debe a Hinton el primer capítulo de “La máquina del tiempo”, la historia donde un científico descubre la esencia de la denominada cuarta dimensión física, es decir, del Tiempo. Por decir no quede que Salvador Dalí se sirvió del tesseract para su cuadro Christus Hypercubus, donde Cristo aparece crucificado en una cruz tetradimensional. La aportación de Hinton a las matemáticas y a la física es indiscutible, aunque al final haya pasado a la historia como un escritor cercano a la ciencia ficción. Nadie como Hinton para hacernos ver que una dimensión es algo más que un espacio donde habitan seres y objetos extraños que cambian de color y de forma. Para Hinton, una dimensión es un sentido adicional del espacio familiar en el que nos movemos a lo largo, a lo alto y a lo ancho; una cuestión de imaginación.

La misma imaginación que necesitamos para pensar que somos peces en un estanque, y que alguien nos pesca para arrojarnos a un nuevo mundo de formas extrañas; un espacio desconocido que está más cerca de la realidad que del ámbito ficticio.

El hacha de piedra es una sección donde Montero Glez, con voluntad de prosa, ejerce su asedio particular a la realidad científica para manifestar que ciencia y arte son formas complementarias de conocimiento.

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