Cada persona es un mundo inmunológico

Hay un factor común a los casos más graves de covid, y está en tu sistema inmune

Un centro de detección de coronavirus, en Londres / DANIEL LEAL-OLIVAS / AFP
Un centro de detección de coronavirus, en Londres / DANIEL LEAL-OLIVAS / AFPDANIEL LEAL-OLIVAS / AFP

La lotería genética y biográfica tiene un gran papel en la susceptibilidad a la covid-19. Hay gente que ni se entera de que ha sufrido el contagio –los ya célebres asintomáticos—, gente que ha pasado algo parecido a un catarrillo, muchos que las han pasado canutas para superar la enfermedad y otros que simple y llanamente se han muerto. La mayoría de los pacientes graves padecen síntomas pulmonares, como cabía esperar de un virus respiratorio, pero otros ven infectados sus riñones y sus páncreas, sus corazones y sus cerebros. Estas enormes diferencias individuales conforman uno de los enigmas centrales de la covid-19, y los científicos saben que es urgente resolverlo. La gestión de los pacientes y la aplicación de los tratamientos óptimos depende críticamente de ello.

Carolyn Rydyznski Moderbacher y sus colegas del Instituto de Inmunología de La Jolla, California, acaban de presentar en Cell una investigación que muerde el núcleo del problema. Según sus datos, la cuestión central es la coordinación del sistema inmune del individuo. Todos hemos oído la murga de que nuestras defensas son un ejército que lucha contra el invasor como si aquello fuera el desembarco de Normandía, pero lo cierto es que el sistema inmune representa uno de los productos más sofisticados y exquisitos que haya generado la evolución biológica. Comparado con él, el mayor ejército dirigido por el estratega más brillante palidece como Saturno al lado de Júpiter, un dueto celestial que hemos observado este verano en todo su esplendor.

Para empezar, una parte del sistema inmune es “innata”. Consiste en células que se despiertan en cuanto detectan prácticamente cualquier cosa que no hayan visto antes. Son las más rápidas, pero también las más brutas. Les da igual si entra el SARS-CoV-2 o la bacteria de la peste, y disparan mucho antes de preguntar. Más lenta y mucho más refinada es la respuesta inmune “adaptativa”. Esta palabra tiene un significado muy concreto en biología. Quiere decir que una entidad biológica —una especie, un organismo o el sistema inmune— ha respondido al entorno y ha alcanzado algún tipo de acuerdo con él: se ha adaptado a él. En el caso del sistema inmune, nuestras células sanguíneas responden al SARS-CoV-2 generando unos anticuerpos y unos receptores celulares exquisitamente especializados en reconocer y destruir al virus.

Cuando uno examina las tripas de ese sistema, no puede evitar sentirse deslumbrado por el poder creativo de la evolución. Los propios genes humanos mutan y se recombinan para organizar la respuesta frente al invasor, producen un vasto abanico de anticuerpos y receptores celulares y, cuando uno de ellos neutraliza al virus, la célula que los ha inventado recibe la señal para proliferar por encima de las demás. La investigación de Rydyznski Moderbacher revela una buena correlación entre la descoordinación de la respuesta inmune de cada individuo y la gravedad de su caso. Hay que destacar que esa coordinación suele deteriorarse a partir de los 65 años, lo que explica que ese grupo de edad exhiba un mayor riesgo de muerte. Estos resultados serán útiles en el futuro inmediato.

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