Bichos raros

El escritor H.P Lovecraft no andaba muy lejos de la realidad cuando imaginó su deidad mitológica

Un diablo negro, captado en vídeo en 2014 por científicos del Instituto de Investigación del Acuario de la Bahía de Monterrey.
Un diablo negro, captado en vídeo en 2014 por científicos del Instituto de Investigación del Acuario de la Bahía de Monterrey.

Siguiendo la estela del Leviatán bíblico, no ha habido región marítima en la que el diablo no se haya aparecido representado por una criatura fabulosa que emerge desde lo más profundo de las aguas.

Hace unos días se conmemoraba el nacimiento de H. P Lovecraft (20 de agosto de 1890), autor que reinventó el género de terror con una serie de relatos situados en torno al monstruo marino bautizado como Cthulhu; una entidad cósmica cuya apariencia es lo más cercano a un cruce de dragón con pulpo gigante.

La inmensidad de lo desconocido localizada en el fondo de las aguas, ha ido alimentando el mito de Cthulhu a través de los tiempos desde que el monstruo marino apareciese por primera vez en el cuento La llamada de Cthulhu, publicado en 1928 en Weird Tales, una revista pulp norteamericana dedicada a la fantasía y el terror. A partir de entonces, para los seguidores del escritor de Providence, un secreto terrorífico se oculta en lo más profundo de los océanos, mares y aguas pantanosas. El poder de la ficción es lo que tiene, que llega a dar la vuelta a la realidad entera.

Si echamos un vistazo a la fauna marina, nos encontramos con seres cercanos a los creados por Lovecraft. El diablo negro es un ejemplo

Con todo, Lovecraft no andaba muy lejos de la realidad cuando imaginó su deidad mitológica. Si echamos un vistazo a la fauna marina, nos encontramos con seres cercanos a los creados por Lovecraft. El diablo negro es un ejemplo. Se trata de un pez de la familia de los Lophiiformes que, en algunas ocasiones, llega al metro de largo, siendo las hembras las que alcanzan tal longitud. Los machos son muchísimo más pequeños, pongamos que diminutos; poco menos de tres centímetros, y se comportan como parásitos pegados al cuerpo de las hembras, fusionándose en ellas para ser fecundadas.

El aspecto de los diablos negros -o mejor diablas negras- resulta amenazador, con sus grandes y afilados dientes, y esa especie de caña de pescar que sale de la parte frontal de la cabeza, una antena luminosa que atrae a sus presas, peces que una vez prendidos son atravesados por el filo de unos dientes asesinos.

Pero si hablamos de dientes, no podemos dejar atrás al pez tigre o pez Goliat, una criatura que aterroriza los ríos africanos y que bien puede alcanzar más de dos metros de longitud. Es lo más parecido a una piraña gigante con unos dientes iguales a hojas de navaja. Según se sabe, es el único pez que no teme a los cocodrilos. Su agilidad y rapidez de movimientos no solo le sirven para coger desprevenidas a sus presas más cercanas, sino que también le sirven para cazar las aves que se acercan a mojar el pico en la superficie de las aguas de los ríos africanos. Las caza al vuelo.

Pero lo que hoy nos trae hasta aquí es el horror cósmico de Lovecraft, representado en su creación más aterradora por el mito que habita en las profundidades marinas. Como si se tratase de una broma de las que se gasta el destino, el otro día, coincidiendo con la conmemoración del nacimiento de Lovecraft, dos vecinos de Ayamonte, Huelva, interrumpieron su paseo cuando encontraron los restos de un monstruo marino fosilizado.

Según las primeras investigaciones, se trata de un reptil prehistórico gigante y de aspecto imponente, un saurio del Triásico Superior o Tardío, cuando lo que hoy es el sur de nuestra península se encontraba frente a Norteamérica; un bicharraco de los tiempos en los que el único continente en la tierra era Pangea y lo habitaban criaturas excepcionales, cercanas a las fábulas que Lovecraft imaginó para abrirnos las puertas del inconsciente, el estrato psíquico más profundo, donde solo la ficción es capaz de llegar para sanar los miedos que lo habitan.

El hacha de piedra es una sección donde Montero Glez, con voluntad de prosa, ejerce su asedio particular a la realidad científica para manifestar que ciencia y arte son formas complementarias de conocimiento.

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