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ANÁLISIS i

¿Ayuda el fútbol a la emancipación de las saudíes?

Ni la Supercopa ha llevado a las mujeres al estadio ni su presencia 'per se' asegura el fin de la discriminación

Isabel Díaz Ayuso, con Luis Rubiales, Florentino Pérez, Enrique Cerezo, Álvaro Iranzo y el príncipe Abdulaziz bin Turki Al-Faisal Al-Saud.
Isabel Díaz Ayuso, con Luis Rubiales, Florentino Pérez, Enrique Cerezo, Álvaro Iranzo y el príncipe Abdulaziz bin Turki Al-Faisal Al-Saud.

La Federación Española de fútbol y algunos políticos como Isabel Díaz Ayuso han presentado la celebración de la Supercopa en Arabia Saudí poco menos que como un hito en la emancipación de las saudíes. El entusiasmo tiene base. Ver a un puñado de mujeres en las gradas del estadio entremezcladas con los aficionados varones es una novedad en un país que hasta hace cuatro días era uno de los más segregados del mundo, si no el que más. La realidad es más compleja.

Para empezar, se ha exagerado el efecto. Ni la Supercopa ha llevado a las mujeres al estadio (pudieron hacerlo por primera vez en enero de 2018 aunque en una zona reservada para familias y con entradas separadas), ni su presencia per se asegura el fin de la discriminación. Tampoco la ausencia de velo entre las visitantes extranjeras es una novedad. Nunca ha sido obligatorio y desde el pasado septiembre tampoco se les exige usar abaya (el sayón negro que oculta las formas del cuerpo). Más bien, las gradas han servido de escaparate para mostrar al mundo la imagen que Arabia Saudí quiere proyectar de sí misma y que incluye intentar borrar décadas de una desigualdad de género, sólo superada por la que impuso el régimen talibán.

De la mano del príncipe Mohamed Bin Salmán, heredero y gobernante de hecho, el Reino del Desierto se ha embarcado desde 2016 en un proceso de transformación económica que requiere importantes cambios culturales y sociales. Uno de los más visibles es la incorporación de la mujer a la fuerza de trabajo, algo que la estricta segregación de sexos imperante y las restricciones a la movilidad dificultaban sobre manera. De ahí la revolucionaria medida de permitir que las mujeres conduzcan en el que era el único país del mundo en impedírselo. Pero ha habido otras de mayor calado como la ley contra el acoso sexual o la mejora en las condiciones de divorcio y custodia, sin llegar a desmantelar del todo el sistema de tutela.

En paralelo, MBS (como se conoce coloquialmente al heredero saudí por sus iniciales) ha apostado por el deporte, el turismo y los espectáculos como vía tanto de diversificación económica como de creación de empleo local. No sólo eso. El giro radical que supone para un país hasta ahora encerrado en sí mismo busca también mejorar la imagen del reino en el resto del mundo, en especial tras el ominoso asesinato del periodista Jamal Khashoggi en octubre 2018.

En ese contexto, cada pequeño paso se convierte en una primicia (la primera saudí en competir en un rally, el primer torneo de golf femenino, etc.). Pero la discriminación de las saudíes no es sólo fruto de normas obsoletas, sino de costumbres muy arraigadas que hasta ahora se han justificado en la cultura y la religión. De poco sirve que el Estado permita a las mujeres conducir o hacer deporte, si un padre (que sigue teniendo la tutela de su hija hasta que se casa) o una familia ultraconservadora se lo impiden. Sin embargo, las autoridades han impedido el debate al respecto y encarcelado a las mujeres y activistas que llevan años luchando contra la desigualdad.

Los cambios sociales son una realidad innegable para cualquiera que haya visitado Arabia Saudí con anterioridad. No obstante, el aumento de la represión y la ausencia de libertad de expresión suscitan dudas sobre su calado y sus objetivos. El apoyo a los mismos no debe olvidar a las y los saudíes que pagan con la cárcel el haberlos reclamado, ni puede servir de coartada para proyectos deportivos o de otro tipo cuyo interés es sobre todo económico.

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