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EXTRA FALLAS 2019

La hoguera de los políticos

Caricaturas de rabiosa actualidad arderán la noche del martes en un año de alto voltaje electoral

El balcón municipal con la corte de honor y los políticios Albert Rivera, Íñigo Errejón, Enric Morera y Ximo Puig en pasadas fiestas falleras. Ampliar foto
El balcón municipal con la corte de honor y los políticios Albert Rivera, Íñigo Errejón, Enric Morera y Ximo Puig en pasadas fiestas falleras.

La manifestación de Colón en Madrid, con la foto de los dirigentes del PP, Ciudadanos y Vox, Pedro Sánchez en el filo de la navaja desde la moción de censura que lo convirtió en presidente del Gobierno o un José María Aznar a punto de revivir serán carne de sátira y pasto de las llamas en las Fallas de 2019, un año de alto voltaje político por las citas electorales previstas. La réplica local estará en los quiebros del presidente Ximo Puig y la vicepresidenta Mónica Oltra por sostener el pacto del Botànic, los carriles bici del concejal Giuseppe Grezzi o las aceradas críticas de los falleros al edil que rige la fiesta, Pere Fuset. Caricaturas de rabiosa actualidad que arderán en la hoguera la noche de Sant Josep.

Pero ¿qué encontrará el público en la calle? ¿Crítica política mordaz o más blanca?, ¿Ninots de aspecto amable o más ácidos? Hay de todo, opinan los estudiosos de la fiesta, dependerá de cada artista y de la comisión, aunque la etapa de las fallas blancas, sin mordiente crítica, parece haberse superado aunque nunca será como en su origen. “Las fallas son una fiesta nacida de las clases populares, que expresaba una identidad de clase y estaba muy enraizada en los barrios, y la primera reacción del poder fue prohibirlas o controlarlas, explica el presidente de la Associació d'Estudis Fallers (ADEF), Jesús Peris.

A finales del XIX cambió la percepción de la fiesta por parte de la burguesía y los intelectuales, que pasaron de verla como un fenómeno bárbaro a algo folk o identitario y por tanto, a preservar. “Al principio eran identitarias de clase, por eso eran tan ácidas, pero a partir de entonces empiezan a ser una seña de identidad de la ciudad. En los años 30 del siglo pasado había fallas que abarcan todo el espectro ideológico, añade Peris.

El franquismo rompió con esa pluralidad, de manera que cuanto más popular era el producto cultural, más dura era la censura. La Dictadura premió desde el principio las fallas apolíticas, preciosistas, que acabaron folclorizándose, dando lugar a un cánon y un paradigma diferente al de sus principios. “Pese a todo estamos mucho mejor que hace 20 o 30 años. Hay más diversidad ideológica y también estética", reconoce el presidente de la ADEF. “Otra cosa es que el canon siga siendo el que es. Se sigue premiando lo mismo pero hay más diversidad. Hay que saber mirarlas y hacerlo sin prejuicios", defiende.

El sociólogo y director del Museo Fallero, Gil-Manuel Hernàndez abunda en lo difícil que resulta que una falla transgresora sea premiada. Hay un proceso muy antiguo de control de la fiesta a través, por ejemplo, de los premios, que actúan de mecanismo disuasorio contra la sátira más transgresora porque el objetivo es el galardón. Esa línea crítica nunca se ha perdido pero es minoritaria.

No obstante, la esencia de la falla es la crítica y “eso no lo podemos perder”, apunta el veterano artista Manuel Algarra, que firma este año una falla de la sección Especial, la de Almirante Cadarso-Conde Altea, dedicada al movimiento sufragista, y la de Maestro Gozalbo, donde todos los políticos nacionales y locales del top ten tendrán su ninot. “Hoy la política es más espectáculo que nunca y eso se nota en las fallas, corrobora Manolo Martín, otro de los grandes del oficio, que ha colaborado en la construcción del ninot de cuatro metros de Felipe VI expuesto este año en la feria ARCO. “En el Congreso de los Diputados se hacen fallas casi a diario", apostilla Martín.

“El pueblo nunca indultaría al ninot de un político”, según el artista Manuel Algarra

"A veces me dicen que siempre ponemos a políticos en las fallas pero es lo normal: ¿A quién queréis que quememos?", exclama socarrón Algarra, uno de los artesanos con más ninots indultados del fuego por el público. “El pueblo nunca indultaría [el ninot de] un político. Y te lo digo yo que tengo seis indultados", añade sin vacilaciones. “Cuando se habla de políticos”, continua Hernández, “es la caricatura, lo grotesco. Este año veremos o el tripartito del Botànic o la foto de Colón, que es una falla en sí misma, opina Hernàndez.

La Falla Na Jordana, una de las comisiones más fieles a esa crítica mordaz, tendrá este año su correspondiente dosis de política, con personajes como Emmanuel Macron, Albert Rivera, Ximo Puig, Mónica Oltra o Pere Fuset. Todo es política, precisa Vicent Borrego, miembro de la comisión. De ahí que la falla guillotine, por ejemplo, la libertad de reír como crítica a los espectáculos de humor boicoteados en Valencia los últimos meses. O abunde en temas tan políticos como la transexualidad o la acogida de refugiados. “Hay una crítica más directa en las fallas y se reivindican sin complejo los valores progresistas, aunque queda mucho por consolidar", reconoce este fallero de una comisión acostumbrada a innovar en lo estético [a recordar la falla de Pinotxo de 2001] y a incomodar con sus escenas a los poderes públicos de turno.

Otra falla con una larga tradición es la de la plaza Doctor Collado, que celebra este año su 150 aniversario. Su presidente, Tono Fagoaga, recuerda de qué forma el concepto de falla y crítica está vigente antes y ahora. “En la historia de la comisión siempre se han reflejado las pugnas municipales”, explica convencido de la máxima de que hablen de uno aunque sea mal. “Los políticos buscan estar representados en las fallas y a veces te critican si no tienen su ninot”. Al poder, Fagoaga, le pide sentido común y que valore la fiesta. “Hace tiempo le oí a un político que las fallas no te dan un concejal pero si te lo quitan”, destaca.

 “En el Congreso de los Diputados se hacen fallas casi a diario”, añade Manolo Martín, otros de los grandes del oficio

Pero, ¿cómo se toman los políticos eso de ser caricaturizados a través de esas obras de arte efímeras condenadas al fuego? “En general no les disgusta salir. Aunque es como todo, cuando la crítica es amable se lo toman bien pero si es muy dura, les molesta”, considera Martín.

El concejal de Cultura Festiva de Valencia, Pere Fuset, es uno de los más satirizados por el mundo de la fiesta. Calcula que durante los cuatro años que lleva en la concejalía los ninots que le han dedicado se pueden contar por cientos. “Y no exagero. El año pasado tenía 18 sólo en la Exposición del Ninot”, asegura. El edil tiene clara la función de la falla: “Un ninot nunca puede ser un homenaje al político; si lo es, no es un ninot”.

“La falla debe decir cosas y debe morder. Luego puedes estar más o menos de acuerdo con la crítica. Obviamente, yo no siempre lo estoy. Te chirría más cuando hay críticas sesgadas políticamente por la ideología del guionista. Es una sensación agridulce”, reconoce el concejal.

El veterano artista Manuel Algarra sujeta un ninot de Esperanza Aguirre en su taller de la Ciudad Fallera. ampliar foto
El veterano artista Manuel Algarra sujeta un ninot de Esperanza Aguirre en su taller de la Ciudad Fallera.

La erótica del poder en el balcón

El balcón del Ayuntamiento de Valencia parece un escenario de lujo para los políticos, una atalaya plácida desde la que lucirse en Fallas. Por este mirador, en el que todos se apretujan en los días grandes, han pasado políticos de todos los colores, expresidentes y aspirantes a presidente, ya fuera Mariano Rajoy o Pedro Sánchez, por citar los dos últimos. Pero no siempre ha sido un espacio amable para los servidores públicos que lo han pisado. Las protestas de movimientos como la Primavera valenciana, Democracia Real Ya o el 15-M, espantaron en su día a muchos políticos de este espacio emblemático. La entonces alcaldesa popular Rita Barberá lo vivió en primera persona.

“Es el gran altavoz ritual de los poderes en la fiesta”, señala el sociólogo Gil-Manuel Hernàndez, que prefiere hablar de un ecosistema de balcones repartidos por la plaza del Ayuntamiento. “Es un sitio de representación y escenificación donde el poder se pone en escena. Es una ritualización de que estoy cerca del pueblo y se puede hacer de forma más elegante y sutil o de forma más burda.

Las fallas, afirma este estudioso de la fiesta, son transversales y siempre, históricamente, son golosas para los políticos ya sean de izquierdas o de derechas. “Todos lo utilizan de forma más o menos honesta, más o menos legítima, porque es un escaparate. Y lo normal es que haya más densidad de políticos en los años electorales”, añade Hernàndez.

Jesús Peris, de la Associació d'Estudis Fallers —creada en 1990 por un equipo multidisciplinar que tiene por objetivo fomentar y divultar el estudio de la fiesta fallera—, sostiene que la primera vez que fue al balcón [el actual Gobierno local lo abrió al público para que fuese visitado] se quedó impresionado. “Tiene mucho que ver con la erótica del poder. Ahí abajo está el pueblo y yo estoy arriba. Es una fiesta popular, donde soy el patriarca/matriarca que está por encima de vosotros pero al mismo tiempo participando, tutelando y protegiendo”, considera Peris. Es un lugar perfecto porque, por una parte escenifica el poder y por otro representa la conexión imaginaria de ese poder con la gente, concluye.

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