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OPINIÓN i

El juicio y la sociedad espectáculo

Estamos asistiendo en directo a un ejemplo de lo que ha sido materia prima de infinidad de películas

Josep Lluís Trapero, durante su declaración en el Supremo.
Josep Lluís Trapero, durante su declaración en el Supremo. EFE

El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre las personas, mediatizada por las imágenes”, escribía Guy Debord. A la sociedad espectáculo corresponde el juicio contra el procés convertido en serie televisiva de duración indeterminada. Las imágenes que se proyectan desde la sala van al encuentro de las miradas de los ciudadanos en un ejercicio de doble filo: interpela e impresiona, pero también normaliza el acontecimiento: un espectáculo más. La forma determina el mensaje. Y el material que suministran las cámaras del Tribunal Supremo es fruto de una realización de mínimos, por orden superior, que desatiende al entorno pero distribuye con precisión los papeles: Los jueces en posición elevada en un plano general recurrente que realza su autoridad, los acusados y testigos centrando la narración con planos aparentemente neutros y con el contrapunto de las visitas puntuales a quienes les interrogan, y con algún recurso de imagen recordatorio de la presencia del banquillo. Una realización rígida pero que por repetición aporta intensidad dramática.

Estamos asistiendo en directo a un ejemplo de lo que ha sido materia prima de infinidad de películas. La visión en tiempo real no desmerece. Da corporalidad a la ficción y la tensión, la emoción, los nervios, las inquietud e incluso el desconcierto tienen calado, aguantan mucho más allá del fin de la transmisión, pero ¿hasta qué punto corre el riesgo de aparecer como un espectáculo más en una sociedad que tiende a convertirlo todo en ficción para el consumo? No hay delegación en actores, los acusados representan su propio papel con lo que la empatía o el rechazo son de carne y huesos. Y la trama es política, es decir, su relato se prolonga en la esfera pública. Como todo espectáculo está lleno de vicisitudes que generan constantes cambios de ánimo en los protagonistas y en los observadores. Pero el medio es el mensaje y la conversión en serie televisiva no es irrelevante.

Al final del camino, habrá una verdad judicial, que nada tiene que ver con el concepto epistemológico de verdad

En los últimos días parecía que las acusaciones centraban la atención en dos personajes externos a la causa: el acusado rebelde Puigdemont y el propio Trapero. Ante las dificultades para fijar un relato de violencia, se retrataba el jefe de los Mossos como el pérfido responsable de un ejercicio de violencia por omisión. Por el camino ha habido también momentos estelares de algunos figurantes. El relato machacón del coronel Pérez de los Cobos milimétricamente ajustado a la versión de la fiscalía; el ejercicio subjetivo de descripción de los miedos sufridos por parte de la invisible secretaria judicial barcelonesa; y la temblorosa declaración del comisario Castellví del servicio de información de la policía catalana. Pero en el universo de la imagen es determinante la capacidad del personaje de ser actor de sí mismo, aún a riesgo de que olvidemos su condición real. Y de pronto irrumpió el mayor Trapero, porte impecable de policía bueno de película —firme pero exquisito en la formas—, preciso en la exposición de sus argumentos, transmitiendo la sensación de no ocultar nada, e inmutable en la confrontación dialéctica con quienes le interrogaban. Su frase: “Estábamos preparados para detener al presidente Puigdemont y a los consellers”, quedará para los titulares de la versión de síntesis de esta larga serie televisiva.

Al final del camino, habrá una verdad judicial, que nada tiene que ver con el concepto epistemológico de verdad. En realidad lo que tiene eficacia en la sociedad del espectáculo está por lo general muy lejos de la verdad. La verdad judicial es un juicio que establece la correspondencia de unos hechos probados con los tipos delictivos inscritos en el Código Penal. Si siempre es difícil encajarlos con precisión, más todavía cuando se juzga la complejidad de un conflicto político, cargada de significaciones ideológicas, y con una gama de derechos encontrados en juego. El problema de la verdad judicial es que tiene consecuencias muy relevantes para los acusados: absolución o condena. Y lo que puede haber ido adquiriendo una dimensión de relato ficcional puede tener aterrizaje cruel.

En un juicio por un episodio político, la decisión judicial no significa el final del conflicto. ¿Cómo marcará el futuro la incursión en los Tribunales? ¿El proceso judicial televisado habrá teñido al procés catalán de producto de ficción? ¿O simplemente la ficción es nuestro estado natural, y, sobre todo, en política? Dejo la moraleja en manos de Débord: “En el mundo realmente revertido, lo verdadero es un momento de lo falso”. Es la esencia de la sociedad espectáculo.

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