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OPINIÓN i

Robert Saladrigas

Nunca criticaba una obra que no le gustara. Yo soy de los que piensa que es mucho más difícil criticar una obra buena que otra no tan buena

Robert Saladrigas, en 2004.
Robert Saladrigas, en 2004.

Era al comienzo de los años ochenta cuando el novelista colombiano Rafael Humberto Moreno-Durán, radicado entonces en Barcelona, acababa de publicar una novela en la editorial Montesinos. Como los dos trabajábamos en la misma editorial, me pidió si podía hacerle una reseña a su reciente libro. En ese momento yo no tenía ningún sitio donde poder ofrecer ninguna reseña, excepto en la revista Quimera, que no podía ser porque la editaba Montesinos. Había empezado a colaborar en el suplemento de libros de este mismo diario, que por entonces se llamaba Libros a secas. Al poco tiempo se hizo cargo el crítico Rafael Conté y ahí se interrumpió mi colaboración. No se puede decir que el histórico crítico me echara; cuando uno trabaja como free-lance en un diario nadie te echa como colaborador, si tu trabajo no convence simplemente se te deja de publicar y tan amigos. Así que en esas estaba yo cuando el novelista colombiano me hizo su oferta. Se trataba de que leyera su novela y si me gustaba que la reseñara. Él se ocuparía de colocarla. No me dijo dónde. Leída la novela, le dediqué una reseña. La novela para mí era muy buena. A los pocos días me llamó para decirme que la reseña se iba a publicar en el suplemento de cultura de La Vanguardia, que dirigía el recientemente fallecido Robert Saladrigas. Fue gracias a esta circunstancia que contacté con Saladrigas. No lo conocía de nada, solo de leerlo en el diario. Y de haber coincidido con su firma en un número monográfico sobre Cesare Pavese que él mismo había coordinado para la revista Camp de l´Arpa.

Comencé a colaborar en La Vanguardia con cierta periodicidad. Mi relación con Saladrigas fue siempre cómoda y cordial. No hablábamos por teléfono. Yo me presentaba por la redacción de La Vanguardia, en la calle Pelayo, y él me atendía con su proverbial amabilidad de señor de Barcelona. Le hacía alguna oferta de reseña o me la hacía él. Me tomaba dos semanas en volver al diario y entregarle lo acordado. Fue así durante unos cuantos años. En 1985 volví al suplemento de El País. Ángel Harguindey se había hecho cargo. No recuerdo que me hubiera despedido de Robert Saladrigas. Ni siquiera que le hubiera dado las gracias. ¿Por qué no lo hice?

El tiempo fue pasando y nos fuimos encontrando en distintos lugares. Hoy en una presentación, ayer en una comida de prensa. Llegó el año 2004 y Robert Saladrigas ganaba el Ramon Llull de ese año con una novela titulada La llibreta groga. Al año siguiente se traducía al castellano y el coordinador de BABELIA de entonces me encargó su crítica. Ya había leído otros libros suyos, entre ellos Memorial de Claudi M. Broch. Así como siempre respeté y tuve muy en cuenta su mirada para con la narrativa extranjera, no acababa de gustarme su mundo novelesco. No había feeling. Este hecho debió alertarme sobre la propuesta de reseñar su novela. La novela no me gustó y así lo expresé tratando de ser lo más riguroso posible en mis argumentos. Pero lo fui demasiado, demasiado para con una persona que un día me abrió tan generosamente las puertas de su suplemento. Después de eso traté de esquivarlo siempre que pude. Y parece que lo pude siempre, porque nunca nos cruzamos una palabra aun cuando ambos sabíamos que compartíamos el mismo evento. Yo lo veía de lejos y él, con gran elegancia, hacía como que no me veía, seguramente para evitar que su mirada yo la interpretara como un reproche por la dureza de mi reseña. Volvió a portarse como un señor de Barcelona.

Gracias al excelente reportaje de Carles Geli, me entero ahora de la idea que tenía Saladrigas de la crítica literaria. Nunca criticaba una obra que no le gustara. Yo soy de los que piensa que es mucho más difícil criticar una obra buena que otra no tan buena. Si no se tiene mucho oficio como crítico, la bondad que quieres subrayar en la obra que comentas se puede convertir fácilmente en un lastimoso panegírico. Las reseñas de Saladrigas eran siempre estimulantes y te mostraban aristas de la obra que atendía casi ignotas. Esa posición suya respecto a la crítica literaria se opone con inteligente criterio a la que gana o ha ganado prestigio injustamente a base de dar palos sin ton ni son.

El día que reseñé tan negativamente la novela de Robert Saladrigas, tal vez me alisté en el equipo de los que creen que han venido al mundo literario a no permitir que pase sin su merecido castigo un libro fallido. La llibreta groga en su momento me lo pareció así, una novela fallida. Pero nunca debí escribir esa reseña. Un mínimo sentido de la gratitud me obligaba a no hacerlo.

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