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Fallece el escritor y crítico Robert Saladrigas

Autor de novelas como 'Memorial de Claudi M. Broch' o 'La llibreta groga', reflejó las inquietudes y conflictos humanos en el mundo de hoy

Robert Saladrigas
Robert Saladrigas, en una imagen de 2004, tras ganar el premio Pla.

Decía Robert Saladrigas que la ambición de un novelista —en el fondo, también un poco la suya misma como tal, debía ser aprehender, “abarcar el mundo entero”, las inquietudes de su tiempo, desde la música y el cine a la política y la vida cotidiana. Esa actitud omnívora y abierta la mantuvo siempre como escritor destacado de la llamada Generació dels 70, con obras como Memorial de Claudi M. Broch, y como reputado (y duro) crítico literario, en buena parte de narrativa extranjera, durante casi cuatro décadas. En uno y otro ámbito, con cierta extrañeza y reserva, pero sus protagonistas y él mismo lo acaban superando. En lo personal, lo ha logrado hasta esta madrugada, cuando a los 78 años ha fallecido víctima de un cáncer que arrastraba desde hace un tiempo.

El mundo de Saladrigas lo constituyó una miríada de lecturas y, sobre todo, una treintena de libros publicados, prácticamente la mitad novelas, surgidas de una imaginación que estimuló su padre, el narrador de historias de una familia de la pequeña burguesía barcelonesa, ciudad donde nació en 1940. Inoculado el virus, a los 15 años ya tenía, según recordaba, una buena carpeta de cuentos en castellano, donde demostró una pericia que le permitió, apenas con 18, pasar a la lista de aspirantes al premio Nadal con una novela que tituló No todo es negativo.

El salto a la lengua catalana no lo haría hasta que un día no fue a entrevistar a Salvador Espriu, quien al preguntarle en qué lengua escribía, le espetó: “¿Y usted piensa que llamándose Saladrigas i Riera hará alguna cosa, si escribe en castellano?”. Y así saltó. Quizá influido por la literatura de Verne que devoró de joven, tras una primera obra, El cau (1966), arrancó su trayectoria literaria en el ámbito de la literatura juvenil con premio: Entre juliol i setembre obtenía en 1966 el prestigioso Joaquim Ruyra, que abriría (con un éxito que sobrepasaría con los años los 80.000 ejemplares) el camino a casi una decena de títulos en ese ámbito. Muchas veces, la libertad formal que ahí encontraba hacía que los escribiera a la par que estaba con una novela adulta.

Que escapara a lo juvenil era casi una necesidad porque Saladrigas no empezaba una novela si no tenía bien acorralada una idea “contra las cuerdas”, como le gustaba definir en términos pugilísticos. Y eso explicaba también que pasara a veces largos periodos de tiempo entre que iniciaba una novela y la acababa. Quizá su formación en el peritaje mercantil y en Económicas ayudara a ese poso más cerebral. No era fácil su labor porque, en esa voluntad omnívora, la mayoría de sus novelas oscilaban ente el recuerdo de sus protagonistas de tiempos pasados y su choque con las ideas que acompañan al vivir en el mundo contemporáneo. Una enfermedad o una crisis de identidad estaban en la génesis de esos personajes, a lo que Saladrigas añadía, como si de un doble reto se tratara, cierta investigación y complejidad formal. Un ejemplo paradigmático podría ser Memorial de Claudi M. Broch, su obra más celebrada y que le valió el premio Nacional de la Crítica, que contienen cuentos intercalados, cambios de voz narrativa y elipsis.

Era el de la corriente realista y ese enfrentarse a la vida contemporánea un mundo que ya había explorado con 52 hores a través de la pell (1970), el mismo año en que salió publicado su libro de relatos Boires, con el que había obtenido el Víctor Català el año anterior. Arrancaría así una trayectoria notable y en buena parte reconocida con galardones, con títulos como Aquell gust agre de l’estel (1976); El sol de la tarda (premios Sant Jordi 1991, y Crexells 1992), La mar no està mai sola (premio Carlemany 1996), La llibreta groga (premio Pla 2004) ó L’altre (2008). Su última novela publicada fue L’estiu de la pluja (2012).

Si no fue aún más extensa su labor, amén de esa autoimposición de ser una obra muy meditada, fue por su otra vertiente vital, la de periodista cultural, labor que empezó en los años 60 en el diario Solidaridad Nacional y El Noticiero Universal, para colaborar posteriormente siempre en cabeceras señeras de cada época como Destino, Tele-Estel, Abc, Cavall Fort y Tele-eXprés, así como con La Vanguardia. Fue aquí donde desarrolló su mayor y más longeva colaboración y donde se consolidó como uno de los críticos de referencia. Así, entre 1981 y 1993 fue el responsable de las páginas literarias del rotativo, donde se ganó tanto la fama de justo como de riguroso y especialmente crítico con la propia literatura catalana publicada: “Venía de una formación con mucha lectura extranjera y eso…”, se defendía quien fue siempre de educada afabilidad en la distancia corta.

Gran conocedor del mundo editorial y de las colecciones (trabajó de joven en la editorial Noguer) continuó publicando una crítica semanal sobre narrativa extranjera, con gran voracidad y nunca refractario a recoger voces poco consagradas, quizá reflejo de quien se sentía influido por nombres tan diversos como Roth, Salter, Proust, Pavese o Rilke. Su última reseña fue el pasado sábado, sobre la autora francesa Marie-Hélène Lafon. Como ensayista, escribió diversos libros vinculados a esa labor, como Literatura i societat a la Catalunya d’avui o uno con las conversaciones que mantuvo con grandes autores, Voces del ‘boom’. Era su espacio como crítico; como autor, aun lo tenía más claro: “Mi espacio es como hombre de mi tiempo”.

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