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CULTURA

Canciones que cambian la vida

Una exposición analiza en el Fernán Gómez la conexión entre música y otras artes durante el franquismo

Imagen del Festival de la Cochambre, celebrado en Burgos en 1975.
Imagen del Festival de la Cochambre, celebrado en Burgos en 1975.

A mediados de 1963, una circular de la vicesecretaría de educación popular prohibía la emisión de discos de twist con hasta siete argumentos, entre ellos que ese baile resultaba “peligroso para la salud física”, “pernicioso para el español sentido del decoro” e “inmoral para el Ministerio de Información de Irán” (sic). Es solo un ejemplo de hasta qué punto la música ponía nerviosas a las autoridades franquistas, una constante que se prolongó incluso durante los años de teórico aperturismo. También es una de las muchas curiosidades históricas que pueden rastrearse en El pintor de canciones, una exposición gratuita del Centro Fernán Gómez (hasta el 11 de noviembre) que explora las conexiones entre la música y otras expresiones artísticas —desde las artes plásticas a la literatura— entre 1948 y 1978.

Los visitantes pueden indagar, por ejemplo, en la relación entre el pop art y la música, puesto que las portadas de singles y elepés constituyeron el mejor canal de difusión para una corriente artística de la que apenas llegaron noticias a las galerías de arte. El poco divulgado collage de Alberto Muñiz para el álbum Enigmático Mike (1969), de Mike Kennedy, es una joya de primer orden, igual que la pieza de animación que Francisco Macián incluyó en Dame un poco de amor (1968), la película de José María Forqué en torno a Los Bravos. Otro cineasta seminal, Iván Zulueta, diseminó su iconoclastia en elepés de Vainica Doble o Los Brincos y hasta en un espacio pionero de TVE, Último grito. Pero estas interconexiones artísticas alcanzaban los más diversos ámbitos: cualquiera que recuerde el fabuloso anuncio televisivo Adelante, Miss 43 (1972), que declaraba la “guerra a la vulgaridad”, lo comprenderá.

Los recelos de la dictadura hacia el arte de las corcheas se agudizaron, claro, con la eclosión de la canción de autor. Uno de los 11 apartados de la muestra se dedica al tumultuoso recital de Raimon, el 18 de mayo de 1968, en la facultad de Políticas de la Complutense, que terminó con revueltas y detenciones. El artista valenciano, que compuso una canción en torno a aquellos episodios (“Por unas cuantas horas nos sentimos libres…”), no pudo volver a pisar un escenario madrileño hasta 1976. El franquismo censuró o prohibió la emisión radiofónica de unas 4.000 canciones, 701 de ellas solo durante 1971. Y obligó a modificar portadas, supuestamente obscenas, gracias a lo cual las ediciones españolas (sobre todo la de Sticky Fingers, de los Rolling Stones) se convirtieron involuntariamente en preciados trofeos del coleccionismo.

La muestra se detiene en publicaciones contraculturales como Ozono (“Revista de música y muchas otras cosas”), los poemas visuales de Fernando Millán o la figura sin par del pintor y poeta Herminio Molero, una suerte de Andy Warhol toledano, que acabaría fundando Radio Futura.

Pero puede que ninguna sección resulte tan entrañable como la que se le dedica a las Matinales del Price, esos “festivales de música moderna” que en sus 15 galas, entre 1962 y 1964, congregaron a cerca de 30.000 chavales con sus “espectáculos para los jóvenes amantes de la música de nuestros tiempos”. Las bandas participantes eran tan candorosas como Los Pekenikes, Los Relámpagos, Los Estudiantes o un jovencísimo Mike Ríos, pero Emilio Romero, director del diario Pueblo, también recelaba del twist. Y no tardó en denunciar las escenas de algarabía juvenil que se desataban en la Plaza del Rey, “a solo 100 metros de la Cibeles”. “Jóvenes de hoy a quienes nos gustaría comprender”, zanjaba en tono desdeñoso un artículo en febrero de 1963. A saber qué habría pensado hoy del twerking.

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