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OPINIÓN

Del ruido a la política

Lo que toca ahora es ofrecer un horizonte político a los ciudadanos y ganar peso en la desbarajustada Europa

Pablo Casado saluda a inmigrantes en Algeciras, ante los medios de comunicación, este miércoles.
Pablo Casado saluda a inmigrantes en Algeciras, ante los medios de comunicación, este miércoles. AFP

Jürgen Habermas ha lamentado, en un artículo reciente, la incapacidad de la Unión Europea para llevar a cabo una acción política y ha denunciado que el “populismo de derechas es la consecuencia venenosa de esta ausencia política de la Unión Europea”. No es fácil definir los límites entre la acción y la inacción política, entre otras cosas porque la inacción puede ser una forma —generalmente catastrófica— de hacer política, como ejemplifica el caso Rajoy. Pero, sin duda, la política pierde pulso cuando se acomoda al principio no hay alternativa, levantando de este modo acta de su debilidad; cuando la distancia entre lo que se promete y lo que se lleva a cabo resulta abismal; y cuando se opta por negar las causas de un problema en vez de afrontarlo. Y una expresión de esta impotencia es la sustitución de la política por la comunicación, la multiplicación de mensajes que se agotan en sí mismos, para disimular la precariedad del que los formula.

La imprevista llegada de Pedro Sánchez al poder ha sido bien acogida. O por lo menos esto dice el CIS. El factor imprevisión le ha ayudado. Sus éxitos frente al corporativismo de partido, también. En tiempo récord se ha cargado a la represente del oficialismo del PSOE, Susana Díaz, y al presidente del gobierno y del PP, Mariano Rajoy, a la primera desafiándola en un combate interno con el aparato en contra, al segundo, aprovechando una ocasión por la que nadie daba un duro. En los dos casos, Sánchez captó el enfado de la ciudadanía con la política corporativa. En el primero, los militantes socialistas le dieron la razón; en el segundo, los demás partidos no osaron negarse a una operación que estaba en la onda de rechazo a la política impositiva de los de siempre, excepto Ciudadanos presa de la fantasía de una victoria inexorable como premio a la radicalización populista, que denuncia Habermas.

El factor sorpresa se combinó con el cansancio psicológico que el país arrastraba por confluencia de tres factores: el abrumador ejercicio del poder sin luces de Rajoy y su partido, la insoportable corrupción estructural del PP, y la fatiga por la cuestión catalana. ¿El estado de gracia durará tiempo suficiente para servir de rampa de lanzamiento del PSOE cara a una futura mayoría? Ya no bastará la comunicación será necesaria la política. Y para ello necesita un proyecto de amplio espectro. No sólo limitado a los dos terrenos más favorables para la demagogia populista de sus adversarios de la derecha: Cataluña y la inmigración. La propia encuesta del CIS confirma que hay cuestiones que preocupan mucho más que los productos estrella de la demagogia de la derecha.

Las obscenas fotos de Casado en Algeciras y en la valla de Melilla y su insistencia en el artículo 155 y en el rechazo a las negociaciones entre los gobiernos español y catalán, demuestran que en el PP cambian las formas pero no los vicios estructurales.

Política no es solo escoger adversario. La cita de Sánchez con Pablo Casado confirma que PP y PSOE tienen un interés compartido en la reconstrucción del bipartidismo, se necesitan como socios rivales para mantener el bipolio del poder. Pero eso es vieja política. Lo que toca ahora es ofrecer un horizonte político a los ciudadanos y ganar peso en la desbarajustada Europa. Y lo que corresponde es pasar a la política en una cuestión clave como la catalana. Se ha abierto una vía de diálogo.

Ahora hay que construir un espacio de acuerdo. Una parte del independentismo sigue instalado en la ficción de la ruptura unilateral y de la implantación de la República, para la cual todo el mundo sabe que no dispone de los instrumentos básicos. Es algo tan alejado de la realidad que divide el independentismo y reduce su espacio. Los efectos de la vía represiva escogida por el gobierno Rajoy y apoyada por el PSOE hacen difícil la distensión mientras no se allane la vía judicial. Pero es obligación de todos, de los que negocian, pero también del PP y de Ciudadanos, contribuir a pacificar lo que no se puede resolver ni desde la intransigencia ni desde el acendrado discurso patriótico de la derrota. El éxito de Pedro Sánchez dependerá de su capacidad de arrastrar a los demás a pasar del ruido a la política, frente a un populismo que vive del cultivo permanente del resentimiento.