Opinión
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¿Dónde está el nacionalismo no independentista?

Los independentistas no nacionalistas parecen haber perdido su combate. Tal vez deberían volver a pensar en por qué querían la independencia

Manifestación contra la sentencia del Estatut, el 10 de julio de 2010.
Manifestación contra la sentencia del Estatut, el 10 de julio de 2010. MARCEL·LÍ SÀENZ

En los últimos tiempos hemos asistido a un fecundo debate en torno al momento de arranque del procésy las razones que posibilitaron el crecimiento tan espectacular del independentismo. De cierto modo se ha querido profundizar en los análisis que fijaban aquel arranque en la sentencia del Estatuto de 2010 y que hasta hace poco habían sido mayoritarios. Quien ha reflexionado sobre ello (estoy pensando en Guillem Martínez, en Ignacio Sánchez Cuenca, o Jordi Amat), no han menospreciado el impacto disruptivo de aquella sentencia, pero han aportado la idea de la existencia de unas circunstancias políticas y unas tendencias culturales que venían de antes, así como han remarcado el peso de las condiciones del contexto y no precisamente solo de lo inmediato. El planteamiento parece correcto en la medida que permite alejar un poco la mirada para ver cómo la experiencia de los últimos años se inserta en unos cambios de la cultura política de sectores importantes de la sociedad catalana que son de más largo alcance.

En este sentido no se puede pasar por alto que ciertas reformulaciones arrancaron con el largo ocaso pujolista, se concretaron con el impulso de discontinuidad representado por los gobiernos catalanistas y de izquierdas y se agudizaron en torno al largo y enrevesado proceso de aprobación del Estatut.

En esos años se empezaron a repensar conceptos y tendencias, a la vez que se hacía más fuerte la batalla política pero también cultural, especialmente en el campo tradicionalmente nacionalista. En este marco, el nacionalismo convergente sin perder sus características principales incorporaría cada vez más planteamientos el mismo tiempo liberales y soberanistas, captando sectores desencantados de la socialdemocracia soft, como fue el caso de Ferran Mascarell. En cierta medida, fue un intento pensado en más niveles: uno, orientado al mundo político y cultural, que se concretaba en la construcción del liderazgo de Artur Mas como posible agente ensanchador del perímetro del pujolismo sobre la base de reforzar un supuesto perfil de solvencia, y un segundo más orientado al electorado tradicional que combinaba la idealización de la larga etapa de los gobiernos de CiU con un hostigamiento de los gobiernos tripartitos que rompía con las prácticas de moderación para configurarse como herramienta de movilización.

Pero también ERC se adentró en una profunda labor de redefinición de sus postulados tradicionales. De la mano de Carod y Puigcercós primero hacía un movimiento de emancipación del nacionalismo tradicional optando para una mayoría de izquierdas y luego definía un ambicioso proyecto de ensanchamiento de sus bases. Tanto a nivel social, a través de la integración de cuadros y dirigentes en UGT, como a nivel geográfico, apostando fuerte por el área metropolitana de Barcelona. Esta redefinición llevaría a valorizar la idea de un independentismo anclado a la izquierda, que se concebía a sí mismo como no nacionalista.

La independencia, en definitiva, era únicamente un instrumento, no un fin. La meta no era construir un estado-nación clásico sino acercar las decisiones a la ciudadanía y dotar a la sociedad catalana de herramientas para hacer políticas sociales que —según la lectura que se hizo sobre todo después de los recortes en el Estatuto en 2005 y 2006— la pertenencia al Estado español no garantizaría. Este fue el discurso que se impulsó y que arraigó profundamente en sectores amplios de la población, más aun después de la crisis económica de 2008, de la Sentencia sobre el Estatuto y sobre todo de los recortes de 2010-2011.

El discurso contenía una contradicción intrínseca en el momento en el que quien lo impulsaba aceptaba compartir proyecto —y tarea de gobierno— con quien aplicaba estos mismos recortes. De otro modo —sin la conceptualización de la independencia como sinónimo de cambio, no como reivindicación nacional clásica—, no se entendería ni la envergadura de la gran Diada de 2012 ni la popularidad de un concepto como el derecho a decidir, tampoco la eclosión y consolidación de la CUP en el escenario político catalán o ciertas simpatías que el procés ha despertado en algunos sectores de la izquierda no independentista.

Queda por preguntarse hasta qué punto en los últimos años esta idea tan aparentemente prometedora de un independentismo no nacionalista, democrático y de cambio ha desplegado sus posibilidades y ha podido influir realmente las suertes políticas del país. Las evidencias de las que disponemos parecen apuntar más bien al contrario: lejos de ser un instrumento, la independencia (o más bien la retórica sobre la independencia) ha acabado siendo el fin de toda acción política emprendida por las fuerzas políticas partidarias de la construcción de un estado propio. Y, probablemente, el elemento más inquietante es que haciendo esto se han asumido unos costes altísimos en términos de polarización civil y subordinación a una visión meramente nacionalista, esencialista y conservadora de la que la elección de Torra es únicamente el último epifenómeno.

Hoy, en definitiva, los independentistas no nacionalistas, parecen haber perdido su combate. Y sin embargo, tal vez deberían volver a pensar en por qué querían la independencia. Si realmente era sólo un instrumento para el cambio y para la mejora de la vida de la ciudadanía, seguro que encontrarían herramientas nuevas y diversas para avanzar hacia estos objetivos.

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