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¿Quién puso ese muerto en mi maletero?

Kike Ferrari retrata con crudeza la mafia capitalista argentina en la tarantiniana novela ‘Que de lejos parecen moscas’

El escritor Kike Ferrari, en Barcelona.
El escritor Kike Ferrari, en Barcelona.

Al señor Luis Machi, déspota y mafioso argentino, propietario de 300 corbatas, se le pincha la rueda de su BMW de 200.000 dólares, otro símbolo de su éxito: tres jodidos clavos. ¿No son como los que ponían los no menos jodidos trabajadores comunistas en huelga de su fábrica que él mismo hizo arder? Por si acaso, como está en una zona chunga de la autovía Panamericana, coge la pistola de la guantera y busca el cargador en el maletero. Al meter la mano sin mirar, la saca pringosa de sangre: alguien le ha dejado un trajeado cadáver sin rostro. Pero, ¿quién? Y, sobre todo, ¿cómo se deshace de un muerto que no sabe quién es (ni le interesa) ni quién se lo endosó? Candidatos, que van apareciendo en inquietantes flashbacks, no faltan: ¿su cornuda mujer?, ¿las fulanas fijas?, ¿un torturador de la época de la dictadura que hoy es su violento guardaespaldas?, ¿un injustamente despedido camarero de su club nocturno? ¿Alguno de sus políticos en nómina?... Esa es la tan simple como trepidante trama de la especial novela negra que es Que de lejos parecen moscas, del argentino Kike Ferrari, invitado estos días al festival BCNegra a hablar del pulp, anillo al dedo para una novela de regusto tarantiniano.

La novela es distinta y rezuma autenticidad porque Ferrari (Buenos Aires, 1972) lo es: distinto y auténtico. Trabajador hasta hace poco del turno de noche de la limpieza del metro de la capital argentina, sindicalista de marxismo macizo, era autor de algunos relatos y un par de novelas (Operación Bukoswski; Lo que no fue) que pulía en un insalubre cuartito de tres metros cuadrados bajo tierra durante sus laborables ratos muertos, hasta que Que de lejos parecen moscas fue premiada al año de su aparición como mejor ópera prima de la Semana Negra de Gijón de 2012.

13 tatuajes y la ética de Sandokan

Kike Ferrari no cursó carrera universitaria alguna, pero leído lo es como pocos. Y ello se nota en la metaliteratura que destila Que de lejos parecen moscas, título que, como los nombres de los capítulos, proceden de una obra de Borges. Pero no sólo le gusta la tradición argentina o la de los clásicos rusos, o la de Cheever y Hemingway, sino hubo un tiempo también para Henry Miller (“ahora ya no puedo leerlo”) o para Charles Bukowski, que fue “un impacto muy fuerte, como escuchar la música de Black Sabbath, si bien luego se me gastó”. Por eso lleva la cara de este último entre los 13 tatuajes que campan por sus brazos, todos con significado vital: un pájaro dibujado por su hija, Marx, El grito de Munch (”me impactó: debería ser la portada de El extranjero, de Camus”)… “Todo es materia narrativa”, dice, y todo género, susceptible de ser practicado, como la mixtura que parece será su próxima novela, Todos nosotros, que define como “una especie de Terminator rojo, donde el protagonista viaja en el tiempo hacia 1940 para matar a Ramon Mercader y evitar que asesine a Trotski”. Un viaje en el tiempo al Ferrari escritor llevaría a cuando tenía ocho años: su padre, “que nunca leyó un libro entero hasta que cogió el primero mío”, le regaló uno: “Esto nos salva de los monos”, le dijo. ¿Se acuerda del título? “Sí: Sandokan: me hizo como lector y me dio una construcción ética: si se lo lee con honestidad, como solo se lee cuando se es chico, uno no puede ser más que antiimperialista o es difícil convertirte en un tipo desleal”. Es el salgarialismo: “Antes de suicidarse, Salgari escribió: ‘Me despido rompiendo la pluma’”, recuerda Ferrari. Está buscando patrocinador para tatuárselo.

La edición ahora recuperada por Alfaguara de una pequeña editorial la abre Ferrari con una cita: “Si alguien quiere leer este libro como una simple novela policial, es cosa suya”, del mítico periodista Rodolfo Walsh. “Es de Quién mató a Rosendo; quería que mi libro fuera la otra cara de la moneda de ese: si el de Walsh es la realidad contada con herramientas de la ficción, yo hago ficción con componentes reales; me interesa emborronar la frontera entre realidad y ficción”. La verdad aquí es que ese Luis Machi existe y con ese nombre: “Era mi jefe, de cuando trabajé como mozo en una tanguería; y sí, me echó por no responderle al móvil mi primer día de libranza tras dos meses sin descanso”, dice quien también fue panadero en el negocio perdido de su padre y emigrante ilegal en los Estados Unidos, adonde fue azuzado por el hambre en busca de trabajo y de donde le expulsaron tras ser pillado en una tonta infracción de tráfico. No, no teme por su integridad: “Machi es un iletrado; si no se adapta al cine, tranquilos”, suelta. En la novela, lanza incluso un libro de su hija universitaria por la ventanilla del coche, en una faceta más de la brutal ostentación de poder e impunidad que destila el personaje. “Su desprecio por la cultura es total; en ese entorno, el antiintelectualismo es muy fuerte; para ellos, la cultura es anticuada y su única guía de actuación es una brutalidad cotidiana descomunal”.

Rezuman las apenas 180 páginas de la novela un poso mafioso que habría dejado la dictadura. “Argentina ha visto crecer una clase emergente enriquecida haciendo negocios con el Estado, privatizando lo que genera grandes beneficios y dejando en lo público los servicios deficitarios, como así hizo el hoy presidente Macri; esa nueva burguesía no productiva se ha unido a la vieja oligarquía, cambiando sus antiguos aliados en el Ejército por los políticos constitucionalistas porque la mayoría de ellos hicieron el primer millón de su vida con el general Videla en el poder”, resume muy puesto Ferrari. Y hasta cita a la revista Forbes: en su número de diciembre, el órgano oficial del capitalismo sacó en portada al primer ministro, Marcos Peña, designándolo CEO del Año: el mejor gerente de empresa resulta ser el presidente ejecutivo del país…”. No es un experto Ferrari en la Transición española (“la conozco por Vázquez Montalbán: tengo toda la serie Carvalho, pero mi novela favorita suya es Galíndez: esa me enseñó a escribir”), pero cree que lo ocurrido en Argentina ha pasado en todas partes: “El mundo lo gobierna un comité central formado por malos de toda condición… y Moriarty”, cita, cáustico, dejando caer al eterno enemigo de Sherlock Holmes.

El mal lo ha impregnado todo en su país, cree Ferrari. De entrada, el sindicalismo, que conoce bien: “El sindicato oficial se ha hartado de entregar a la patronal a dirigentes obreros para que los echaran de sus fábricas”. Pero también el boxeo (“ese deporte, con los tongos, ya está muerto: se lo llevó por delante el dinero”) y, como gran aficionado del River, cree que, cómo no, que también al fútbol (“ahí suspendo la incredulidad: para no desesperarme pienso que el apaño de partidos no es la regla, si no, ya no podrías ir tampoco”).

El cordón umbilical de todo ello estaría en lo que en la novela llama Ferrari la “teoría del favor”: los poderosos obran para que siempre se esté en deuda con ellos. “Mi protagonista es de un individualismo extremo, es incapaz de hacer un favor si no le reporta algo; el capitalismo más extremo”. Le quedó, admite, una visión oscura de la vida: “Sí, no hay por dónde escapar; lo único, estar lo más lejos posible del poder y, cuando se puede, contragolpear”.

Que de lejos parecen moscas también contragolpea al género negro imperante. No hay párrafos que describan todos esos mensajes de la obra: “Quiero que las escenas cuenten al personaje o la idea; odio el panfleto o la literatura del viejo realismo social: busco que los gestos y los hechos hablen; y luego el lector debe hacer su parte del trabajo, descodificar, si no la lectura es aburrida”. El afán de zarandear pasa incluso por el uso de una especie de neolunfardo: “Llevamos repicando el mismo lenguaje coloquial desde hace 40 años; pero yo hablo así”. Y también por retocar algunas esencias: “Quería salirme de la típica investigación detectivesca, eso no suele importarle mucho a nadie; además, comportar a menudo una estructura narrativa lineal y yo aposté por la fragmentación, que es más de los tiempos que vivimos… Se trata de ir dando golpes por los costados al género”, resume. Y cree que en ese combate le acompañan hoy compatriotas como Gabriela Cabezón, Juan Mattio, Leonardo Oyola, Nicolás Ferraro o Miguel ángel Molfino, entre otros.

La opción de Ferrari se muestra radical en el controvertido final de la novela: “Es una apuesta, un valor agregado: si bien es cierto que lo odiaría como lector porque es abierto, sí me interesa como escritor.. Yo generé otro enigma, no sé de asesinos ni muertos, yo quería contar la historia de Machi, un personaje malvado, paradigma de una clase de gente… Yo tengo orgullo de tener conciencia de clase, odio a la patronal, sostengo un profundo desprecio por la gente que vive del trabajo ajeno, soy marxista y trabajador, ideas que se perdieron”. ¿La novela negra al servicio de la lucha de clases? “Está claro que vivimos en una sociedad fundada sobre un crimen: el de robar las horas de trabajo de otros”.

Carlos Zanón: “Creceremos por la vía del festival cultural literario"

Aspecto del BCNegra, ayer, en la cárcel Modelo. PEP HERRERO
Aspecto del BCNegra, ayer, en la cárcel Modelo. PEP HERRERO

James Ellroy, Leonardo Padura y Don Winslow fueron los que congregaron mayor afluencia en la 13ª edición del festival BCNegra que cerró ayer, pero la mayor alegría para su debutante comisario, Carlos Zanón, se la dio “el éxito de las mesas temáticas, desde la dedicada a Tom Ripley a las de los escritores Jean-Patrick Manchette o Jim Thompson... Han tenido mucho nivel, yo mismo he aprendido un montón y he salido con mucho por leer... La gente quiere que le expliquen los libros y por qué se considera a un autor un clásico; creceremos por ahí”. A la espera de las cifras de asistencia (y que podrían mejorar las de las dos últimas ediciones, con descensos de un 24% con relación al cénit de 2015, de 9.984 asistentes), Zanón cree acertado que hayan aflorado otros géneros, como el cómic, la poesía y el teatro: “Siempre alrededor del universo negro, pero profundizaremos en la imagen de festival cultural literario; la novela negra es buena literatura”. Las colas ayer, pese a la lluvia, para el teatro y las charlas en la cárcel Modelo parecen avalar la nueva vía.