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La comida ‘procesística’ de Navidad

Al margen del menú, la intoxicación política está asegurada

Qué tiempos aquellos del tú del jijona y yo del alicante, los del marisco y los del pavo, corbata o panti, seat o renault, Gala o Porcel; de la bronca no nos librábamos, pero la calidad del cava y la rampante tacañería de las suegras concentraban todas nuestras furias. El domingo es Nochebuena y el lunes Navidad y la menor de las preocupaciones es si la comida está buena. Al margen del menú, la intoxicación política está asegurada. “Deberemos ser más tolerantes, seguramente”, recomienda el politólogo Antoni Gutiérrez-Rubí. “Hablar y reflexionar, incluso con sentido del humor, del bloqueo y de sus soluciones puede ser terapéutico”.

Una mesa con decoración navideña.
Una mesa con decoración navideña.

Estimado politólogo, pues la terapia, en mi casa, y en estos días, no. “Yo soy el cabeza de mesa y suelo moderar”, me cuenta un votante de Catalunya en Comú. “Cuando digo basta es basta. Mi madre es catalana, antigua convergente contraria al procés, ahora vota a Miquel Iceta. Mi hermana es independentista y apoya a Carles Puigdemont a muerte. Mi sobrina mayor es de ERC y su hermana de la CUP. Mi cuñado ya no viene a las comidas navideñas, aunque sigue votando a Ciudadanos. A las dos en punto en la mesa. Menú: escudella y, de segundo, ternera con bolets. Por supuesto, turrones y neulas. No falta la tieta convergente dudosa. Este año el viaje más reciente de una parte de la familia ha sido a Bruselas, pero no nos trajeron chocolate. La familia no bebe mucho, pero el debate siempre es encendido. En la última cena, uno abandonó la mesa”.

Añoro Noche de Paz, que suena a ciencia ficción pero que es —fue— una aplicación para el móvil que se activaba cuando oíamos en la mesa palabras que habíamos proscrito. Independencia ya estaba incluida. La aplicación nació en 2014 pero no ha resistido el paso del tiempo, probablemente porque su lista negra de palabras no tenía suficientes gigas.

El procés es un tema vetado, me cuenta otro comensal. “A mi padre siempre le encanta hablar de política. Mis padres son castellanos (él de Segovia y ella de Guadalajara) y la política siempre les ha atraído un montón sin llegar a militar en ningún sitio. Como vivíamos en L’Hospitalet, todo lo que nos rodeaba era PSC. No sé muy bien si por ideología o por llevar la contraria, ellos optaron en un primer momento por votar a UCD, al CDS, hicieron alguna incursión en CiU (nunca lo entenderé) llegaron a votar al PP y ahora a Ciudadanos. Son una familia trabajadora. Mi hermana y yo somos ya segunda generación de inmigrantes y (yo como mínimo) más de izquierdas. En casa siempre hemos discutido de política de hecho discutimos hasta el 1 de octubre. En ese momento, justo después de los palos, han enmudecido totalmente”.

Un votante de la CUP dice tener la calma asegurada en sus comidas familiares, bendito él. “En mi mesa, con un menú de mar y montaña, todos han hecho el clic: son indepes. Los convergentes dejaron CiU y ahora son de ERC y los de ERC pasaron a la CUP. Hablamos de política, pero sin discusiones. La más movida de las comidas fue hace dos años porque no nos poníamos de acuerdo en si tocaba investir a Artur Mas. Unos valoraban la figura del convergente como líder independentista; el resto decía que el procés podría seguir sin él. Ahora ya no nos acordamos de Mas, todos estamos con Puigdemont”.

“Mi familia, como buena familia moderna, está más fragmentada que una partida de Risk”, reconoce un votante huérfano de Iniciativa que se define como “un progre barcelonés clásico”. “Múltiples divorcios convierten la agenda navideña en un rompecabezas y en un reparto de roles calculadísimo entre padres y sus segundos o terceros matrimonios, aparte de las relaciones con los padres y madres de tu pareja. Tanta fragmentación también se replica en el tema. Como ya nos conocemos todos y cada uno sabe de qué pie cojea el otro, y discusiones las ha habido, y muchas, en el pasado, de unos años acá, el asunto ha dejado de tocarse. Si el cuñado o el tío de turno decide meterlo con calzador para provocar al personal, siempre hay alguien que luce un driblaje digno de Ronaldinho y consigue que la discusión cambie de tercio. La abuela es la que la acaba liando año tras año; ella es franquista, pero franquista en el sentido de que lo vivió en la flor de la vida, sus años más plenos, física y emocionalmente. Mi abuela, claro, tiene que enfrentarse cada año a alguna cuestión que le cortocircuita, que si el poliamor, que si el niño puede elegir otro sexo...”.

Después de escuchar a mi amigo hasta casi envidio su unidad familiar cupera. Tengo una lista de normas que pienso imponer para que no se me desmadre —y no es una indirecta— la concurrencia. Ya he advertido que ni chistes ni amigos invisibles ni regalos ingeniosos; hablemos del Barça, o mantengamos a los niños recitando versos navideños tres horas y media hasta que los cuñados vayan abandonando el recinto.