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Diferir con solemnidad

Se preveía que la declaración iba a tener matices. Como así fue: declaración hecha y suspendida. O sea, la clásica marcha atrás

Carles Puigdemont, Anna Gabriel y Eulàlia Reguant (CUP).
Carles Puigdemont, Anna Gabriel y Eulàlia Reguant (CUP).

Me habría gustado conversar con alguno de los centenares de periodistas extranjeros que ayer descubrieron que en Barcelona hay un edificio histórico que no construyó Gaudí (seguro que muchos, ya que venían por aquí, habrían preferido el Park Güell como escenario para la madre de todas las solemnidades). Quería saber qué les parecía a ellos esa peculiaridad de declarar la independencia pero suspenderla inmediatamente a la espera de una ayuda exterior que facilite su reconversión en otra cosa y que, sea lo que sea esa otra cosa, se convierta al menos en algo real y realizable, y sirva para dar por buenos tantas convocatorias, escenificaciones, jornadas históricas, discursos y mensajes oficiales y oficiosos multiplicados desde el 2012 al trote y desde el 2015 al galope tendido sin detenerse ante nadie ni nada.

Los minutos iniciales de la sesión no auguraban un buen arranque de una república comme il faut (lo digo en uno de los muchos idiomas que sonaban en los pasillos de este Parlament que, en esa sesión extraordinaria, tenía algo de babeliano. Y uno de los idiomas que usó en su intervención Miquel Iceta para hacerse inteligible a esos periodistas de que hablábamos: hábil parlamentario, les dio el corte de voz gratis). Tras varios días de sedimentación y preparación, sonaba extraño y, para algunos, inquietante, que Puigdemont pidiera una hora de tiempo. ¿Una hora? ¿Precisamente ahora? Algunos fieles, mosqueados, comentaban: “Eso se tiene que traer preparado de casa”. La hiperventilación del frente nacional se agravaba por momentos, y yo miraba a mi alrededor en busca de la cajita sanitaria con los desfibriladores. Por si acaso. La CUP circulaba por los pasillos con la barbilla raspando el suelo y una expresión de trascendencia. Bueno, de cabreo. Entonces no sabíamos que la independencia llegaría diferida: de lo que estábamos seguros era de que llegaba con retraso.

Cuando todo se recompuso, y Puigdemont empezó a hablar, apunté estas expresiones en los minutos de los preliminares: “Desescalar la tensión”, “respeto por el que piensa distinto”, “grandes dosis de diálogo y empatía”, otra vez “diálogo”, “tolerancia”, de nuevo “respeto a la discrepancia”... eso ya apuntaba cómo sería el momento del clímax. Después de esto, se preveía que la declaración iba a tener matices. Como así fue: declaración hecha y suspendida. O sea, la clásica marcha atrás. Hubo aplausos de los propios mientras la CUP seguía seria.

Y después, cuando por mi ingenuidad esperaba un relajo de las mandíbulas tensas en el sector hard de la oposición, resultó lo contrario: Arrimadas atacaba el nacionalismo con más nacionalismo, del otro; y Albiol se ponía estupendo atacando a Puigdemont como si de veras hubiera declarado la independencia tout court (otro guiño a los corresponsales), y citó de nuevo lo del Sis dOctubre de Companys, que ya es un hecho histórico más famoso que el 0 a 5 de Cruyff al Madrid. La CUP se mantuvo seria y, coincidiendo así con PP y C’s, escéptica con la negociación.

¿Y qué pensaba, mientras tanto, la multitud que, fuera del Parlament —en el passeig de Lluís Companys, precisamente—, esperaba tal vez algo más resonante? No se congregaba tanta gente ante el Parlament desde 2011, cuando Artur Mas tuvo que entrar en helicóptero y Montserrat Tura comprarse una gabardina nueva. Hay una diferencia fundamental: aquella era una concentración contra el sistema, en cambio, ésta de ahora es totalmente a favor del sistema; esa multitud está ahí concentrada reclamando un lugar más central en el sistema. Fíjense si serán del sistema que su ídolo es el jefe de la policía.

Es curioso, siempre creí que cuando la gente se echaría a la calle a enfrentarse al poder sería para proclamar la sociedad sin clases (en lenguaje del siglo XXI, la justicia social). Subestimé el peso de lo sentimental en la política. Y pesa, vaya si pesa. Que se lo digan a mi teléfono móvil, rendido ante la avalancha sin fin de mensajes, bastante sentimentales, de los grupos de whatsapp. No he mirado aún los que se han colgado después de esto.

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