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OPINIÓN

Esperando el Maidán

En los últimos meses el independentismo ha ido perdiendo el toque mágico que le permitía golear en cuestiones de imagen

Independentistas y unionistas en una manifestación en Barcelona.
Independentistas y unionistas en una manifestación en Barcelona. efe

Durante los últimos cinco años, el independentismo ha conseguido imponer hábilmente las etiquetas del relato político: derecho a decidir, revuelta de las sonrisas, esto va de democracia, qué hay de malo en votar y unas cuantas más, bien conocidas por todo el mundo. El proceso agrupaba a los demócratas y a los amantes del diálogo; al otro lado, los antidemócratas, los “demofóbicos”, los “unionistas”, los “fachas”. La renuncia del gobierno a dar la batalla política y su decantación por la vía exclusivamente jurídica allanaron el camino a los independentistas, mientras que el execrable recurso a la política de alcantarilla solo servía para dar aire a quienes pretenden hacernos creer que vivimos en una especie de franquismo disfrazado, en un régimen erdoganista, en una colonia ocupada militarmente o alguna otra sutileza teórica semejante.

En los últimos meses, sin embargo, el independentismo ha ido perdiendo el toque mágico que le permitía golear en cuestiones de imagen. Todo empezó con las grotescas conferencias para parroquianos convencidos del juez Vidal, y siguió con la admonición a los funcionarios de Lluís Llach (al que Libération dedicó un artículo glosando sus habilidades como amenazante censor), la reforma del reglamento del Parlament para facilitar la aprobación exprés de la ley del referéndum (una reforma criticada por el Consell de Garanties Estatutàries —no por el Tribunal Constitucional— por no respetar los derechos de la oposición), lo que se conoce de la futura ley de transitoriedad jurídica y la propia convocatoria de un referéndum tan ilegal que hasta el mismísimo letrado mayor del Parlament, en un artículo de riguroso corte jurídico, se ha hecho cruces de que tal cosa pueda llegar a aprobarse, tan falta de fundamento legal está.

En estas, la revuelta de las sonrisas va camino de ser la de los rictus, la democracia que pregona huele sospechosamente a autoritarismo y el “nuevo país” empieza a presentar perfiles inquietantes. El presidente Puigdemont dijo no hace mucho que daban miedo (al Estado) y más que iban a dar. Efectivamente, así es, pero me temo que no es el Estado el que tiembla, sino una buena parte de la ciudadanía catalana, que ve venir el desastre. Y sin mandato democrático alguno que fundamente el bodrio jurídico porque habrá que volver a recordar que, tras el 27-S, conspicuos independentistas como Antonio Baños —cabeza electoral de la CUP entonces— o Clara Ponsatí —flamante nueva consellera d'Ensenyament— dieron el plebiscito por perdido. Y que en el programa de Junts pel Sí ni siquiera figuraba el referéndum por ser, decían, “pantalla pasada”.

En realidad, nada de esto importa. El referéndum es ya, claramente, una mera cortina de humo. Ahora se trata de tensar la cuerda hasta el punto de que se rompa por una intervención desproporcionada del gobierno que pueda justificar nuevas acciones unilaterales. La dinámica acción-reacción que no hace falta explicar. Cuanto peor, mejor. El referéndum y la imposibilidad de su realización práctica (más allá de un nuevo simulacro como el del 9N) solo ocultan el plan B del que nos vienen avisando los dirigentes de la CUP y los de la ANC, y con el que hasta alguien tan de orden como Andreu Mas-Colell, exconsejero del Govern de la Generalitat con Artur Mas, fantaseaba en un artículo reciente. Tras la prohibición del referéndum y la imposibilidad de su realización, llegará la ocupación de las plazas y otros lugares públicos, centros estratégicos, enclaves simbólicos… Será el inicio de una nueva fase de la revuelta “democrática” que tensará al extremo la situación y pondrá en el lado del Estado la pelota de la respuesta.

Llegado ese momento, los empleados públicos, empezando por los mossos d'esquadra, tendrán que decidir de qué lado están, a quién obedecen y a quién se enfrentan. Se habrá cruzado la línea y no habrá marcha atrás. Una parte de los líderes independentistas, ingenuamente o por cálculo erróneo, entiende esta fase como un nuevo y sonriente desafío, organizado otra vez en multitudinarias performances familiares, que forzará una intervención de la Unión Europea que les salvará la cara y todo lo demás, incluyendo el patrimonio. Para otros —menos ilusos, más calculadores— será la puesta en marcha de nuestro particular Maidán, que quebrará la resistencia del Estado. Aunque ¡ay! los “maidanes” se sabe cómo empiezan, pero no cómo acaban. Bueno, sí, acostumbran a acabar mal o, casi siempre, peor.

Francisco Morente es profesor de Historia Contemporánea de la UAB.