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Chollos en primera línea de polígono petroquímico

Almassora tiene las casas de costa más baratas tras edificar junto a un foco industrial

El Ayuntamiento retoma el proyecto de ‘pantalla verde’ para minimizar el impacto

Edificios en construcción junto a las industrias químicas del Serrallo en Almassora en el año 2006.
Edificios en construcción junto a las industrias químicas del Serrallo en Almassora en el año 2006.

Es fácil acabar desorientado en medio de un polígono petroquímico cuando lo que se intenta es acceder a la playa norte de Almassora (Castellón) y su zona residencial. “Pasa bastante”, dice un vigilante que indica el camino correcto: una estrechísima carretera que discurre pegada a la valla que separa la zona industrial (y sus inmensos tanques de crudo) de las viviendas unifamiliares costeras. Los más cercanos están a menos de 200 metros. Hileras de adosados que se erigen entre alquerías tradicionales. La tasadora Tinsa los ha señalado en un reciente informe como las viviendas de playa más baratas con 804 euros el metro cuadrado. Parte de sus vecinos han aprendido a vivir entre el mar y la industria.

La nueva corporación ha retomado ahora el proyecto para crear una pantalla verde que minimice el impacto visual y sonoro y ha reclamado a la Generalitat, a las empresas del polígono y al Ayuntamiento de Castellón (municipio donde se levanta el polo industrial conocido como El Serrallo) que participen en la financiación de un proyecto estimado en 5,2 millones de euros. Está previsto que en los próximos días haya un encuentro con un representante de la Consejería de Vivienda, Obras Públicas y Vertebración del Territorio. La intención es crear un parque verde de unos 223.000 metros cuadrados que separe el polígono de las viviendas, salvo aquellas que ya se encuentran dentro de este perímetro.

La costa de Almassora es un ejemplo de la desmesura del crecimiento urbanístico en tiempos del boom. Hace años era una zona de naranjos en la que había medio centenar de viviendas tradicionales. El Ayuntamiento decidió declararlo urbanizable en el plan general de ordenación urbana de 1998. “Se hizo para poder llevar todos los servicios básicos a esas alquerías”, explica Xavier Trenco, histórico concejal de Compromís. Pero a partir de 2003 comenzó la locura. Los vecinos vendían sus huertos a compradores interesados en esta zona ahora urbanizable, en la costa y a pocos minutos de Castellón. Y comenzó la fiebre del ladrillo. Se urbanizó de forma desordenada, ajustando las promociones de adosados al tamaño de la finca comprada al agricultor. Ello ha conllevado tal caos que se ejemplifica con un dato: en la urbanización solo hay una vía de un carril de salida y otra vía igual de bajada, pero ninguna carretera paralela a la costa que las comunique, así que para girar hay que rodear toda la zona. "Se ha pasado de 40 casas a 400 y los servicios no estaban pensados para tanto", afirma Trenco, quien asegura que, desde la oposición, intentaron frenar las construcciones.

“Fue una barbaridad, era uno de los suelos más baratos de la zona, que ya contaba con los servicios (alcantarillado…) y que encima tenía una edificabilidad brutal”, explica el arquitecto local Jordi Manrique. El plan aprobó que con solo una parcela de 200 metros cuadrados se pudieran edificar 170. Un caramelo para los constructores. Él admite que su estudio perdió clientes al negarse a trabajar en la zona. “Venían los promotores y les decíamos: ¿Pero ustedes comprarían una casa allí? Intentábamos convencerles de que no era la mejor opción, pero se vendía todo”, dice. El hándicap era el polígono conocido como El Serrallo, que nació a finales de los años 60 en el límite del término de Castellón y que proyectó su crecimiento al mismo tiempo que en la vecina Almassora se multiplicaban las promociones de viviendas. El polo petroquímico acoge a industrias como Repsol, Iberdrola, UBE, CLH, Ecocat y BP que instaron a la Generalitat a paralizar un crecimiento urbanístico que no respetaba el límite (ahora anulado) de dos kilómetros de distancia. Fueron años de polémica y movilizaciones vecinales que se han apagado con el tiempo. Las empresas pudieron ejecutar sus ampliaciones y el estallido de la burbuja paralizó los nuevos proyectos. Ahora hay filas de adosados totalmente abandonados y vecinos que compraron una casa en la playa viviendo junto a las industrias y los tanques de crudo. Además del problema de movilidad. “Es caótico, la única ventaja es que está ocupado al 30%”, dice Manrique.

“Mi hermana compró sobre plano, le dijeron que el polígono iba a ir fuera y ahora es tan grande que parece un pueblo”, afirma Mari Paz Jiménez, una vecina de Andorra que, junto con su madre, ha venido a pasar unos días en esta zona. Dice que su hermana hace años que puso la casa a la venta, pero no la vende. Su madre recuerda el día que su nieta gritó ‘fuego’ estando en la piscina al ver las antorchas del polígono. “Hay ruido, huele a gas y por las mañanas nos despiertan las sirenas”, relata. No entienden cómo se ha construido tan cerca.

Quienes compraron mayoritariamente fueron vecinos de la ciudad de Castellón. “Fue un fenómeno, las compraban como primera vivienda con la ventaja de estar en la playa”, explica un agente inmobiliario. Entonces no eran las más baratas, aunque sí si se comparaba con otras zonas de playa. Este agente asegura que se ha pasado de vender adosados de 160.000 euros a solo 70.000 (los anuncios lo confirman) y entiende que sean las más baratas del litoral. “Es una playa que está entre dos muy buenas, esta es la más floja, se ha construido mucho en una zona poco turística y, además, está el polígono, las vistas no son las mejores”, recalca. Sin embargo, asegura que sigue habiendo interés en comprar. Es el caso de Marina, una vecina de Castellón que pasea por la zona mirando las casas. Está pensando en comprar. “No me importa el polígono, mejor que no estuviera, pero entonces no estarían a este precio”, sentencia.

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