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ANÁLISIS

Hiriko y Fundación Balenciaga

Este coche y este edificio nacieron de personas sin formación y aplicaron parámetros equivocados

El 23 de julio de 1952, Inge Scholl recibió de manos de John McCloy, comisario de la High Comission for Germany, dos millones de marcos alemanes como ayuda para abrir una pequeña escuela de diseño en Ulm. En solo 15 años de vida, aquella escuela contribuyó insospechadamente en el desarrollo de la economía alemana e indirectamente en la occidental. Con apuntar sólo tres nombres que se beneficiaron de aquel proyecto podemos intuir el alcance, aún no medido, de aquel momento estelar de la historia: Braun, Olivetti, Apple.

¿Por qué aquella operación funcionó? Tal vez porque la administración americana sabía que el diseño es una actividad industrial que activa la economía; tenían una experiencia reciente. Sólo veinte años antes, los industriales de Detroit salieron de la Gran Depresión renovando sus productos con líneas aerodinámicas, brillantes y coloridas, irresistibles para los ojos y los bolsillos de los consumidores. Estímulos fiscales y un nuevo diseño, conocido como Streamline, sacaron a EE UU de la crisis.

Aquí, a la vista de Hiriko y la Fundación Balenciaga, parece que las administraciones de Euskadi sospechan que el diseño tiene cierta importancia, pero según su gestión, de la cual soy testigo privilegiado, es claro que desconocen de qué trata. Sin entrar en las motivaciones políticas de su actuación, las administraciones han apostado a ojos cerrados por Hiriko y la Fundación Balenciaga, y nos devuelven una gran deuda y dos objetos mal diseñados: un coche y un edificio, feos.

¿Por qué digo feos? Porque no hay una correspondencia adecuada entre coste y objeto. El desequilibrio económico en la formalización denota irresponsabilidad y mal gusto. Como en el diseño forma y contenido son lo mismo, la fealdad conceptual se trasluce también en las formas. ¿Qué hace ese edificio grande, de cristal oscuro, orientado a norte, inmerso en un delicado pueblo de piedra, arena, madera y tejas? Lo que nunca haría el maestro getariarra, derrochar desfachatez y dinero.

¿Por qué ese coche del siglo XXI se abre como una nevera, o como un peligroso vehículo de los años 50, para luego plegarse y apilarse como un carrito de supermercado? Justificaban sus promotores, hoy imputados, dar solución a la falta de espacio en la ciudad. Sin embargo hay menos coches en las calles que hace 30 años y en los próximos años se reducirá aún más su presencia con nuevas restricciones. Hay y habrá más espacio, no era ese el problema. Si quienes diseñaron, gestionaron y administraron estos proyectos hubieran tenido formación en diseño, no hubieran cometido errores de estudiante de primer curso.

Gracias a la escuela de Ulm sabemos que el diseño es una disciplina objetivable, mesurable, que puede dar solución adecuada y digna al vivir. Este edificio y este coche nacieron de personas sin formación y aplicaron parámetros equivocados.

Alguien se preguntará, ¿Cómo fue posible? Pues porque a diferencia de Alemania y EE UU las administraciones no tienen conciencia de qué es el diseño, ni para qué sirve. ¿Qué debemos hacer para remediarlo? Estudiar diseño. Necesitamos una escuela de estudios superiores de diseño en Euskadi, impulsada por las consejerías de Economía e Industria.

Gillermo Zuaznabar es profesor de Teoría de la Arquitectura en la Universitat Rovira i Virgili.