Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
OPINIÓN

Un país normal

Cataluña no es un país normal, pero no porque no pueda votar en una consulta. Lo es por muchas otras razones

Hace meses que Òmnium Cultural puso en marcha la campaña Un país normal, que ha culminado ahora con la presentación de un vídeo con ese mismo título. La idea de fondo es que, en un país normal, votar es la forma razonable de resolver los conflictos. No puedo estar más de acuerdo. Menos compartible me parece, sin embargo, otro mensaje escasamente subliminal de la campaña: como no nos van a dejar votar el 9-N, este no es, de momento, un país normal.

Entiendo la preocupación de Òmnium. A mí también me parece que este no es un país normal. Efectivamente, no es normal un país en el que el partido en el Gobierno se presenta a las elecciones con un programa en el que no aparece la palabra independencia y, tras perder 12 de sus 62 diputados, decide que lo que hay que hacer es preguntar a los ciudadanos precisamente sobre eso que no se había atrevido ni a mencionar durante la campaña. No es normal un país en el que se plantea una consulta cuya cuestión central (la independencia) se corresponde con lo defendido explícitamente en las últimas elecciones autonómicas por solo dos partidos que juntos suman 24 diputados sobre un total de 135, o lo que es lo mismo el 17,77% de nuestros representantes en el Parlament. No es normal un país donde la propuesta federalista, que está de forma explícita en el programa de otros dos partidos que sumaron en esas elecciones 33 diputados, no figure con su nombre e inequívocamente en la pregunta de dicha consulta (me abstengo de valorar si es normal que a uno de esos partidos tal anomalía le parezca lo más natural del mundo) No es normal, en fin, un país en el que se acuerda la fecha de celebración de la consulta y la pregunta que se hará, pero no se dice nada sobre qué porcentajes de participación y votos favorables se deberán obtener para dar la propuesta por aprobada.

No es normal un país en el que mañana, tarde y noche se nos machaca con el ejemplo de Escocia y Quebec, sin que a los defensores de esos modelos se les pase por la cabeza que, para poder exigir con justicia lo mismo que allí han conseguido, primero deberían hacer como los nacionalistas quebequeses y escoceses, a saber, ganar las elecciones con un programa en el que, sin ambigüedad alguna, se afirme que si se obtiene la mayoría parlamentaria se procederá a convocar un referéndum sobre la independencia.

No es normal un país cuyo presidente reconoce en una entrevista a la CNN que menos de la mitad de los catalanes quiere la independencia, sin que eso le haga preguntarse si es legítimo tensionar la sociedad que gobierna con una consulta secesionista cuyo único objetivo sería comprobar si su percepción es correcta. No es normal que a alguien inteligente como debería ser ese presidente no se le ocurra que tales pruebas de estrés solo están justificadas cuando hay una mayoría clara y sostenida en el tiempo que apoya la opción por la independencia, algo que es perfectamente verificable con los procesos electorales generales que regularmente tienen lugar en este país donde según parece no nos dejan votar.

No es normal que el partido del Gobierno tenga su sede embargada y a su secretario general imputado, y recién dimitido, por escándalos de corrupción

No es muy normal un país en el que una mayoría parlamentaria que no sería suficiente para poner en marcha un simple proceso de reforma del Estatuto de autonomía sí lo sea para convocar una consulta en la que se pueda decidir la secesión de ese territorio del estado del que forma parte.

Tampoco parece muy normal un país cuyo gobierno decide que la legislación vigente (a la que debe su propia existencia y legitimidad) se acata o no, según convenga. O donde el principal socio del Gobierno ejerce al mismo tiempo de jefe de la oposición, sin oponerse a algo ni una sola vez. No suena muy normal un gobierno que pontifica sobre lo bien que vamos a estar una vez seamos independientes, con una democracia moderna y avanzada, limpia y regenerada, cuando el partido en que se apoya tiene su sede embargada y a su secretario general imputado, y recién dimitido, por escándalos de corrupción, y mientras sigue sin explicar cómo fue posible el expolio del Palau de la Música por gente de su cuerda y con beneficio directo (presuntamente) para su partido.

Ya puestos, no parece muy normal un país cuyo gobierno y cuyo parlamento llevan año y medio de parálisis legislativa, ocupados solo con su juguete favorito, mientras crece la desigualdad social, la pobreza infantil se extiende como una plaga y corporaciones privadas hacen su agosto con el desmantelamiento sistemático de la educación, la sanidad y los servicios públicos, todo bien tapadito con la estelada, que para eso están las banderas cuando se las necesita. Claro que menos normal aún es que ese camuflaje se logre con la complicidad de una izquierda tan abducida por los cantos patrióticos, que, ocupada como está en ganar el derecho a decidir, ha perdido de vista que pronto habrá poco sobre lo que decidir de verdad.

De manera que sí, efectivamente, yo también quiero un país normal. Y más vale que nos pongamos pronto a ello, porque, a la vista está, se'ns gira feina.

Francisco Morente es profesor de Historia Contemporánea en la UAB