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crítica | teatro

El amor más desinteresado

Una comedia de celos de Lope desconocida, vibrante, divertida y felizmente interpretada y puesta en escena por la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico

Natalia Huarte y Julia Barceló en un escena de 'La cortesía de España'. Ampliar foto
Natalia Huarte y Julia Barceló en un escena de 'La cortesía de España'.

Lope de Vega tiene una miríada de comedias nada conocidas, magníficas algunas, inspiradas en temas tan insospechados como la vida de Buda, el pacto de Fausto, las tribulaciones de emperadores griegos, romanos y godos, la conquista del arcádico territorio guanche y de las Américas (y el trato dispensado a sus indígenas), las peripecias de Dimitri I, El Impostor, efímero zar de Rusia… Antes de lanzarse a producir nuevos montajes de las archirrepresentadas obras de Shakespeare, todo productor interesado en los clásicos debería de aventurarse por la vasta terra incognita del Fénix, pues los parajes vírgenes son más amenos y dan más de sí que los caminos trillados. Como atajo (la producción de Lope multiplica la del Bardo por nueve y está descatalogada en su mayoría), puede utilizarse la guía Ochocientas comedias del Siglo de Oro, donde David Castillejo da cuenta somera del asunto y del número de personajes de cada pieza, aunque la clasificación que de ellas hace por calidades sea discutible.

La cortesía de España

Autor: Lope de Vega. Versión: Laila Ripoll. Intérpretes: Elsa González, Sole Solís, Manuel Moya, Jonás Alonso, Alba Enríquez, Natalia Huarte, Borja Luna, Guillermo de los Santos, Francesco Carril, Álvaro de Juan, Júlia Barceló, Laura Romero, Ignacio Jiménez y José Gómez. Percusionista: Mauricio Loseto. Escenografía: Clara Notari. Luz: Juanjo Llorens. Vestuario: María Araujo. Dirección: Josep María Mestres. Matadero Madrid. Hasta el 4 de mayo.

Orillada injustamente, La cortesía de España es una comedia de celos vibrante, divertida y con fondo filosófico, sobre los amores no consumados entre Lucrecia, joven genovesa a la que Claudio, tortuoso Yago, aparta de su esposo (haciéndole creer a ella que su marido desea matarla para tener segundas nupcias, y a él, que Lucrecia se fugó con otro), y don Juan de Silva, toledano cuyo apellido y condición nobles hacen que se sienta obligado a servir a Lucrecia en todo sin demandar nada y a pasar por alto la pasión que ambos sienten a primera vista. En la relación que se va fraguando en la pareja sobrevenida durante su viaje de Génova a Toledo (mientras el esposo de Lucrecia recorre varias ciudades europeas en su busca, Barcelona incluida: “La primera ciudad de España”, dice Lope por boca de Don Juan), late una pulsión sexual intensa, que los actores de esta Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico transmiten en cada respiración y en el recitado de unos versos cristalinos en los que el Fénix hace musical apología del amor, pero en los que también ironiza sobre el imperativo moral que impide a don Juan materializar su deseo y sobre el tópico proceder dramatúrgico que lleva al emparejamiento feliz de los protagonistas al final de tantas comedias.

Natalia Huarte hace de Lucrecia una joven encantadora, resuelta, vehemente y fascinada por el desinteresado proceder de su anhelante galán, que, encarnado por Francesco Carril, se debate sutilmente entre su naturaleza reflexiva y la determinación con que se ve obligado a actuar. No menos afinado, el Zorrilla de Álvaro de Juan, gracioso muy serio: un hidalgo metido a criado (porque acometer mil empresas bélicas con dinero prestado llevó a España y a su familia a la ruina), que expresa llanamente lo que los demás callan. Estupendo también, el resto del elenco; certera, la versión de Laila Ripoll, y clara, fluida y amenísima, la puesta en escena del catalán Josep Maria Mestres, que no podía haber debutado con más fortuna en el clásico español.

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