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El descanso del guerrero era traducir

El general Juan Beceiro trasladó al gallego 'El Quijote' y 'La Odisea'

Fotografía del General Juan Beceiro Amado de 1963
Fotografía del General Juan Beceiro Amado de 1963

Hizo la guerra en el bando de Franco, y como él, nació en Ferrol (en Serantes), en 1903, hijo de marinos, fue oficial en África y mandó tropas contra la revolución de Asturias. Pero Juan Beceiro Amado no llegó a generalísimo, se quedó en general, y “nunca nos habló de la guerra, de vencedores ni vencidos. Ni tampoco de los libros”, recordaba ayer su hijo, Juan Luis Beceiro García. Los libros eran las traducciones al gallego que el general Beceiro fue haciendo amorosa y exhaustivamente, desde que pasó a la reserva. Don Quijote, El Lazarillo de Tormes, La Odisea, Hamlet… Su hijo hizo entrega ayer de las obras a la Real Academia Galega. “Hoy es un gran día para la Academia. Esta es la primera traducción que se hizo del Quijote al gallego y está aquí”, las recibió el presidente, Xesús Alonso Montero.

Juan Beceiro Amado era hijo de Juan Beceiro Díaz, capitán de máquinas del crucero Blas de Lezo, que en 1926 cruzó el Atlántico para apoyar el vuelo del Plus Ultra del otro Franco, Ramón, según contaba hace un año en La Voz de Galicia el “descubridor” del general traductor, el dibujante Siro López. En 1927, el Blas de Lezo con el capitán Beceiro Díaz zarpaba de nuevo de Ferrol con rumbo a Shangai para proteger a los residentes españoles ante el inminente conflicto entre comunistas y nacionalistas. “Hubo un permiso, y mi abuelo remontó el río unos 500 kilómetros. Allí se encontró con un gallego. ‘Que fas aquí? Casei…’”, recuerda Juan Beceiro III.

Juan Beceiro II acabó la Guerra Civil como comandante, en Extremadura, y volvió a Ferrol en 1943, pero desde entonces tuvo la vida nómada del militar, y solo regresó en verano y Navidad. De destino en destino, pasó Madrid, Valladolid (donde fue presidente del Centro Gallego) y Melilla, en donde llegó al generalato en 1961 y fue gobernador militar. Ni siquiera al pasar a la reserva, en 1967, pudo establecerse en Ferrol, porque los médicos le aconsejaron vivir en un clima cálido y fijó la residencia en Granada. El contacto con su tierra de origen lo mantuvo poniéndose a traducir, a mano y con caligrafía esmerada, obras cumbre de la literatura universal.

Don Quijote de la Mancha lo despachó en veinte meses, según deja constancia en el propio manuscrito, en que señala el inicio, “Granada, 19 do San Martiño do ano 1970” y fija el final el 25 de enero de 1972. En mayo del año siguiente, acaba Contos e leendas d’a Eirin, y el día de Navidad de ese mismo año, Vida e milagres do Lazariño do Tormes. A Odisea, de Homero, como simboliza su título, fue más trabajosa, la finalizó en mayo de 1978. Hamlet, en octubre de 1979. Además de las traducciones, Beceiro Amado escribió una curiosa obra, a modo de diccionario enciclopédico, Comentos. Un vocabulario castellano-gallego, “en la que no se limita a poner ‘herrero-ferreiro’, sino que algunas palabras vienen acompañadas de un cuento, una canción popular o una explicación”, señaló Alonso Montero, que se ufanó de “haberle levantado la liebre” a Siro López sobre la figura del general-traductor, a la que llegó a través de un familiar, Carlos Beceiro, compañero suyo de oposiciones.

Los compañeros de armas se hubiesen extrañado –cuando menos- de que aquel general ferrolano dedicase algo más que el tiempo libre a traducir las obras magnas de la literatura castellana a un entonces denostado dialecto. Pero posiblemente nadie les levantó la liebre. Ni siquiera a la familia. “Era una persona muy discreta. Nunca le oímos hablar de la guerra, ni de sus traducciones”. Hasta que un día, cuenta Siro López, les enseñó una tarjeta que le enviara desde Nueva York un amigo y conocido de la familia, el coruñés José Manuel Pita Andrade, primer director del Museo del Prado de la democracia, felicitándolo por los cuentos que le había enviado y animándolo a publicarlos. “Así nos enteramos de las traducciones”, contaba su hijo ayer en la sede de la Academia Galega.

Antes de fallecer en Madrid, en 1990, Juan Beceiro Amado si intentó publicar sus traducciones, o al menos quiso entregarlas a la Xunta, que le respondió que no podía editarlas por no estar en gallego normativo. Obviamente, el general ferrolano carecía no ya de formación filológica, sino que desconocía cualquier norma habida o por haber del idioma gallego. “Él lo aprendió de niño de la criada que lo cuidaba, que no hablaba otra cosa, y de mayor, del señor José, un viejo que le cuidaba una finca de Santa Mariña que tenía un vocabulario precioso”. Ahora, la Academia realizará y publicará un estudio sobre los trabajos del militar que al dejar la espada tomó la pluma.