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Silenciosos y desunidos

La división de los catalanes partidarios de seguir en España contrasta con la cohesión que exhibe periódicamente el movimiento independentista

El presidente de Ciutadans, Albert Rivera, asiste al acto organizado por su partido con motivo de la Diada. Ampliar foto
El presidente de Ciutadans, Albert Rivera, asiste al acto organizado por su partido con motivo de la Diada.

El Gobierno de Mariano Rajoy intentó ayer relativizar el éxito de la cadena soberanista de la Diada en Cataluña apelando a la “mayoría silenciosa” que no salió a la calle a rechazar el soberanismo, una valoración que suscitó hilaridad en CiU y ERC. Sin embargo, el partido de Rajoy solo fue capaz de convocar a 200 personas —en el acto alternativo de celebración que organizó— cuando las encuestas constatan que la sociedad catalana está divida respecto a qué votaría en un referéndum. Los sondeos del Centro de Estudios de Opinión (CEO), dependiente de la Generalitat, señalan que en un hipotético referéndum un 55,6% de los encuestados apoyarían la secesión, frente al 23,4% que la rechazaría. Los sondeos de Metroscopia sitúan el respaldo a la independencia en torno al 50%. O sea, una sociedad polarizada.

PP, PSC —previa consulta— y Ciutadans son partidarios de seguir en España, al igual que movimientos federalistas que en Madrid llenaron recientemente el Teatro Goya. ¿Por qué no se expresan entonces quienes rechazan la ruptura? José Juan Toharia, presidente de Metroscopia y catedrático de Sociología, que recalca que la cadena fue un éxito, recuerda que Alexis de Tocqueville, en el siglo XIX, ya defendió que la gente puede preferir “el error al aislamiento”. Y argumenta que existe un fenómeno muy común en sociología, denominado “la espiral del silencio”, acuñado en los años sesenta, que alude al mutismo que prefieren mantener colectivos ante corrientes emocionales muy potentes. “Optan por callar para no parecer aguafiestas y no sentirse bichos raros. Si hay beligerancia y te agreden, contestas. Pero no es el caso”, afirma Toharia, que recuerda que la cadena fue festiva y sin incidentes.

Fernando Vallespín, catedrático de Ciencia Política, sopesa también la hipótesis de la espiral del silencio al sostener que enfrentarse al aluvión de independentistas no es “políticamente correcto”. Y señala que los 400 simpatizantes que reunieron en sus actos en la Diada el PP y Ciutadans no se corresponde en absoluto a su “voto potencial”. “Ahora mismo es inimaginable que salga mucha gente en Cataluña con banderas españolas. El sentimiento existe, pero no se manifiesta sociológicamente”, abunda. El mismo sondeo del CEO refleja que el 35,1% de los catalanes tiene un sentimiento de identidad compartida entre Cataluña y España. Toharia vaticina que si el Gobierno convoca finalmente la consulta —“es un error pensar que el globo se pinchará”—, el debate dejará el terreno emocional y pasional para pasar al más racional. Es decir, se aparcará el sentimiento y se hablará de qué pasaría con la deuda, la Tesorería de la Seguridad Social o la Unión Europea. Las dos partes confrontarían sus ideas y, como explica Toharia, sería “la hora de la verdad”.

El independentismo y los partidarios de seguir en España son la cara y la cruz. El soberanismo se ha catapultado en dos años, ha sido capaz de generar adhesiones masivas por encima de la tradicional diferencia entre derecha e izquierda y ha trazado la agenda política. Y tiene una líder, Carme Forcadell, no contaminada por ningún partido. Justo al revés que los contrarios a la secesión: no han logrado ninguna respuesta del Gobierno que desencalle el conflicto; carecen de un líder; son fieles a la división derecha-izquierda y, además, PP y Ciutadans pugnan por un mismo espacio político. Este último partido, que constata el fracaso de UPyD en Cataluña, es ya, según el último sondeo de la SER, tercera fuerza política, desbancando al PSC.

En 2012 nació la entidad De España y catalanes, que convocó una notable protesta el Día de la Hispanidad en la plaza de Cataluña, a la que asistieron miles de personas. Un mes después sufrió una escisión: su presidente, Manel Parra, pidió el voto para el PP y parte del colectivo creó el movimiento 12-O, dirigido por un exfundador del PSC, promotor de la frustrada cadena alrededor de la Sagrada Familia.

“La tradición de izquierdas en España es contraria al nacionalismo, pero los nacionalistas periféricos han sido capaces de penetrar en un territorio que no es el suyo”, analiza Vallespín. El Partido Popular desdramatiza su escasa capacidad para movilizar a los sectores antisoberanistas y estima que, por ejemplo, sus votantes no consideran el independentismo como “una amenaza real”. “Es muy difícil salir a la calle para defender lo que ya existe y que la gente se mueva”, señalan las mismas fuentes, que admiten que el sentimiento y las banderas españolas se han canalizado en Cataluña en los acontecimientos deportivos, como cuando España ganó el Mundial o la Eurocopa. O en los mismos Juegos Olímpicos.

Tras admitir la división de lo que algunos llaman “unionismo”, las mismas fuentes del PP achacan el éxito de la cadena al apoyo del Ejecutivo de Mas, que tiene una coartada perfecta para ocultar su parálisis, y al respaldo incondicional de los medios de comunicación públicos, que han alentado la movilización (TV3 cifró su audiencia el miércoles en 3,5 millones de espectadores). “Las circunstancias son las que son. No es tan fácil luchar contra todo eso”, señalan las mismas fuentes del PP.