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Réquiem por la escuela rural

Educación pone en Reboelle el punto final a un proyecto pedagógico iniciado solidariamente hace medio siglo

Pedro Caamaño, el albañil que levantó la escuela unitaria de Reboelle, ante el centro con su nieto.
Pedro Caamaño, el albañil que levantó la escuela unitaria de Reboelle, ante el centro con su nieto.

El 21 de junio Silvia García, maestra de la unitaria de Reboelle durante los tres últimos cursos académicos, recogió el aula con premeditada parsimonia: no quería que sus alumnos (de entre tres y seis años) la vieran amortajar ese cadáver. Ya era casi de noche cuando llegó Pedro Caamaño, el abuelo de Rubén (uno de los pequeños), y aunque Silvia lo miró a los ojos y le prometió que volvería constantemente a visitarlos desde su residencia en Santiago, a apenas una hora de distancia, él cerró los suyos y sentenció: “Como muchos que marcharon a Argentina y nunca más volvieron”. Después se abrazaron. Así fue como Pedro Caamaño asistió al funeral de un proyecto levantado piedra a piedra 49 años antes con sus manos de albañil y con su conciencia solidaria y de progreso.

Los vecinos de Reboelle entregaron en 1964 dos ferrados (848 metros cuadrados) de la parcelaria para ofrecerle un lugar digno a la maestra y apuntalar la enseñanza de sus hijos para siempre, aunque “siempre” haya durado un escaso medio siglo.

El cierre de la unitaria de Reboelle —una de las 22 que la Xunta ha decidido clausurar este año en Galicia en el nombre de la crisis— es el punto final de una forma de entender la educación que, según se desprende del testimonio de los protagonistas de esta historia, despierta el rural y lo pone en su sitio, valorizándolo. “Si esto se cierra muere el pueblo”, concluyó lacónico Caamaño ante la maestra en aquella despedida con el cuerpo aún presente de una forma de enseñanza que Silvia todavía no se cree: el lujo de seis alumnos por maestro reforzado por los respectivos padres y abuelos implicados espontáneamente en la exclusiva educación de los pequeños.

“Los padres y los abuelos traían fresas y pimientos para la huerta que pusimos en el patio; llegaban cada mañana y se quedaban un buen rato a comentar los avances o los temores de sus niños: no había prisa”. Como no la había y eran pocos, los alumnos de Silvia García aprendieron a leer y a escribir creativamente a los cuatro años. La participación de las familias en el sistema educativo “daba sentido y vida” a esta aldea coruñesa de 40 vecinos.

A las unitarias como la de Reboelle les va llegando una muerte inducida por la Administración autonómica que no se ampara en norma alguna. “No hay un decreto que establezca el mínimo de alumnos”, explica Silvia la situación. “A mi compañera en Mesía le cerraron la escuela con seis alumnos el año pasado y sin embargo la de Reboelle, con el mismo número, siguió abierta; ahora cierran esta pero da igual que tengamos cinco, tres o seis matriculados: no hay una norma que establezca el mínimo, lo decide porque sí la Consellería”.

La última maestra de Reboelle no tiene duda de que esta defunción de las unitarias no está relacionada con la crisis. “Desde luego, no se cierran por dinero: la aportación de la Xunta a la escuela de Reboelle ha sido de 1.200 euros por trimestre. Para cualquier gasto (de transporte, para actividades, lo que fuera) recurríamos siempre al Ayuntamiento, que ha sido ejemplar". Como los demás, el Ayuntamiento de Dumbría, al que pertenece Reboelle, se ha hecho cargo todos estos años de los gastos de luz, agua, limpieza… así que Silvia García insiste: el fin de este modo de enseñanza casi elitista en el rural, “lo mejor que le puede pasar a un niño, no supone ahorro” para la Consellería de Educación. “Tiene que ver con un objetivo político, ideológico”.

“Parece una cosa rara ver la puerta cerrada”. Pedro Caamaño achica la emoción para que fluyan las palabras. Para él y para los vecinos de Reboelle el cierre de la unitaria es algo personal. Con ella se va un modelo de enseñanza forjado a pulso con la implicación de un pueblo en la búsqueda de algo mejor. La unitaria los dignificaba a todos. Por eso renunciaron a los dos ferrados comunales. “Hasta los años sesenta la maestra que venía tenía que dar clase en un alpendre o en alguna casa vieja y decidimos entregar el terreno; después seguimos las instrucciones de Manuel García, que acababa de volver de Alemania”, recupera Caamaño el hilo de la historia.

García lideró el proyecto. Siempre con Caamaño al lado. El “alemán” decidió que había que pedir el permiso al Ayuntamiento para construir el edificio. Después, puso a Caamaño al frente de la obra mientras él reclamaba, casa por casa, 3.500 pesetas de la época a cada familia, un capital, para comprar el material necesario. Caamaño se puso de albañil; de director de obra. García le enviaba diariamente cuatro o cinco ayudantes que reclutaba en sus visitas a domicilio por el pueblo involucrándolos a todos. Y entre los hombres de Reboelle, e incluso 13 de la vecina aldea de Touzas, levantaron el edificio; le hicieron un más que digno cuarto de baño (muchos no lo tenían en sus casas), dos habitaciones y la esplendorosa aula con salida al patio. Con la tarea finalizada, volvieron al Ayuntamiento a pedir una maestra. “Nos dijeron que había que rematar mejor la obra y ya se hicieron ellos cargo de todo, aunque la luz no llegó a Reboelle hasta 1992”, rememora Caamaño el origen, paso a paso, de ese sistema educativo que iluminó su pueblo durante casi medio siglo y que ahora se apaga con un solo soplido de la Xunta.

“Aquí se acaba todo”, sentencia Caamaño conteniendo la emoción ante la puerta cerrada de la escuela. “No nos queda nada”, masculla, evidenciando que la muerte de la unitaria es la muerte de un esfuerzo ilusionado que les duró media vida.

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