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Tanta luz apaga el cielo de Madrid

Las cámaras de la NASA han captado la contaminación lumínica y la capital destaca con fuerza

De 7.000 astros que brillaban sobre Madrid, ahora apenas se vislumbra medio centenar

Imagen tomada en diciembre por la NASA (código enrn su archivo: ISS030-E-10008). Ampliar foto
Imagen tomada en diciembre por la NASA (código en su archivo: ISS030-E-10008).

El escudo de Madrid no consiste solo en la osa erguida apoyada en el madroño. Si uno se fija en el borde, ve siete estrellas blancas sobre fondo azul: los siete luceros de la constelación de la Osa Mayor. Paradójicamente, ya apenas se ven estrellas en Madrid. Si antes solían brillar sobre la capital unos 7.000 astros, ahora casi hay que dar las gracias por vislumbrar medio centenar. “Y depende de la zona, en algunos puntos no se puede ver absolutamente ninguna”, lamenta el presidente de la Agrupación Astronómica de Madrid, Ricardo Martínez. Cómo estará de negro el cielo, que la asociación ha fijado su observatorio en Bonilla (Cuenca), a 140 kilómetros de la capital.

Los astrónomos madrileños ya se quejaban en 1998 de esas escasas 50 estrellas visibles. Y la situación no ha mejorado, según Martínez, que es muy crítico con la gestión municipal: “Llevamos años combatiendo esas farolas globo que proyectan mucha luz hacia arriba, y quedan muchísimas”, asegura. En realidad son 14.328, según una portavoz municipal, pocas si se tiene en cuenta que el Departamento de Alumbrado Público se encarga de conservar un total de 252.000 luminarias en la capital. Martínez desconfía del dato, y recuerda que en el Ayuntamiento también niegan que la contaminación atmosférica sea alarmante: “Y ya sabemos lo que hay”.

Una y otra contaminación, la atmosférica y la lumínica, están estrechamente relacionadas. “La contaminación lumínica no es más que el reflejo de la luz en las partículas que hay en el aire”, explica el jefe de taller de la Oficina para la Protección de la Calidad del Cielo del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), Federico de la Paz. A más partículas, más sucio se ve el cielo. El IAC fue pionero al impulsar una ley, hace 24 años, para proteger sus observatorios. Obligó a acondicionar todo el alumbrado público de la isla de La Palma, por ejemplo. De la Paz barre para casa: “Casi todas las luminarias están bien en Canarias, pero en la Península se desperdicia mucho. Hay mucho trabajo por hacer”.

Imagen tomada en febrero desde la Estación Espacial Internacional (código ISS030-E-82053 en el archivo de la NASA). ampliar foto
Imagen tomada en febrero desde la Estación Espacial Internacional (código ISS030-E-82053 en el archivo de la NASA).

Especialmente en Madrid, donde Martínez asegura que se ha instalado una especie de “hongo provocado por el reflejo de la iluminación de 30 kilómetros de altura en vertical y que se observa a una distancia de hasta 300 kilómetros”. El pasado 12 de febrero se tomó una imagen nocturna de la capital desde la Estación Espacial Internacional, a 400 kilómetros de altitud (en la página siguiente). Madrid brilla: su aeropuerto, las vías de circunvalación, calles como la Castellana, plazas como la Puerta del Sol...

Es demasiado, aseguran en el Observatorio Astronómico de la Complutense, donde han comparado con imágenes anteriores y han notado que las luminarias de algunas carreteras se están apagando —por la crisis económica, apuntan— mientras aparecen nuevos puntos brillantes. Puntos negros de contaminación lumínica, en realidad. “Nadie defiende que se apaguen las luces de las calles, por una cuestión de seguridad, pero los focos en los monumentos, o los anuncios luminosos, no tienen ningún sentido de noche. Edificios iluminados a las cuatro de la mañana. Es tirar el dinero”, reflexiona Alejandro Sánchez, investigador del Departamento de Astrofísica. Cree que la sociedad no es consciente del problema que supone este tipo de contaminación. Por eso, junto con otros miembros del Grupo de Astrofísica Extragaláctica e Instrumentación Astronómica (GUAIX) de la Complutense, ayer estudió la reducción del brillo del cielo durante la Hora del Planeta.

14.000 farolas por cambiar

El 80% de las 73.000 farolas en forma de globo y sin control de flujo luminoso de Madrid se ha renovado desde 1999, según el Ayuntamiento, que destaca que las 14.328 que quedan por cambiar representan un 5,7% del total del alumbrado público de la ciudad, que alcanza las 252.000 luminarias. Raquel Puente, directora del Máster en Diseño de Iluminación de la Universidad Politécnica de Madrid explica que más que el sistema de iluminación, lo importante para reducir la contaminación lumínica son los reflectores y viseras que, adecuadamente situados, evitan que la luz se proyecte hacia el cielo. “Todas las empresas trabajan desde hace tiempo, sobre todo desde que se aprobó el Reglamento de Eficiencia Energética en 2008, que, entre otras cosas, regula este tema, con modelos de luminarias que minimizan la contaminación lumínica”.

En cuanto a la evolución de los dispositivos de iluminación, Puente explica que progresivamente se van dejando de utilizar las bombillas incandescentes, las lámparas de luz mezcla y mixta y las de vapor de mercurio de alta y baja presión. Estas están siendo sustituidas por los halogenuros metálicos, los diodos led (siglas en inglés de diodos electroluminiscentes) y lámparas de vapor de sodio a alta y baja presión. La ventaja de estos últimos dispositivos es sobre todo el ahorro energético, ya que iluminan igual o más que los anteriores consumiendo menos energía. En algún caso, también son menos brillantes, pero la disminución de la contaminación lumínica se logra sobre todo con el uso de viseras y reflectores, insiste la especialista.

Es pronto para extraer conclusiones. Intentarán saber si la intensidad del brillo del cielo se redujo ayer entre las 20.30 y las 21.30, una hora durante la cual la organización ecologista WWF pide a instituciones, empresas y ciudadanos en todo el mundo que apaguen las luces para luchar contra el cambio climático. Solo hay dos maneras de comprobar el efecto de la llamada: desde arriba, como hace la NASA (“mañana estará haciendo fotos a esa hora, pero no tiene previsto pasar por España”, asegura Sánchez), o desde el suelo, comprobando si disminuye la luz a través de lo que se refleja en el cielo. En la Complutense lo harán con una cámara que permite medirlo aunque esté nublado. “Es prácticamente imposible comprobar el efecto de que la gente apague las luces de casa en la caída del consumo eléctrico”, apunta Sánchez. “Tendrían que hacerlo muchos porque más del 50% del consumo es constante, por los electrodomésticos sobre todo”.

La capital consume más

Cel Fosc (Cielo Oscuro en catalán) es el nombre, y toda una declaración de intenciones, de la Asociación contra la Contaminación Lumínica, que empezó su andadura en Cataluña, pero que opera en toda España. Su presidente, el astrofísico navarro Fernando Jáuregui, explica que Madrid, como es lógico por su tamaño, está entre las ciudades españolas con más contaminación lumínica. En un estudio de la Universidad Complutense de 2009 solo la superó Valencia. Se trata de un problema nacional ya que, según apunta Jáuregui, la potencia lumínica media por habitante español es tres veces superior a la de alemanes o franceses.

Jáuregui coincide con otros expertos al hablar de la escasa concienciación sobre la contaminación lumínica: “Ahora no entenderíamos que una ciudad se enorgulleciera de emitir humo negro por sus chimeneas, como ocurrió durante la revolución industrial. Sin embargo, para que esto ocurra con la iluminación aún queda bastante”. No se trata solo del despilfarro que supone tener, por ejemplo, vallas publicitarias encendidas cuando el comprador potencial hace horas que duerme plácidamente. O farolas que desperdician más de la mitad de su potencia iluminando el cielo o las ventanas que tienen enfrente, y no el suelo. Jáuregui señala, entre otros efectos negativos, los perjuicios para la salud, la afección sobre los animales y el medio ambiente y la obstaculización de la observación astronómica, aunque sea por parte de aficionados o únicamente con intención divulgativa. “Pensamos que la iluminación es necesaria, pero no cuanta más, mejor”, precisa.

Para regular el cuánto y el dónde iluminar se aprobó el real decreto sobre eficiencia energética en alumbrado exterior en 2008. Antes, en 2001, el Parlamento catalán había aprobado una ley de contaminación lumínica, desarrollada en un reglamento de 2005. Pasarse en dos horas del horario de iluminación permitido de la fachada de un hotel, o el escaparate de una tienda, por ejemplo, conlleva multas de entre 600 y 3.000 euros, pero los expertos aseguran que la normativa no está funcionando. Baleares y Andalucía también han redactado normas para luchar contra este tipo de contaminación. El presidente de Cel Fosc pone como ejemplo la legislación andaluza, la única que a su juicio toma medidas reales contra la contaminación lumínica, con exigencias sobre la proyección de luz o garantías de protección para lugares de interés especial.

¿Qué tiene Madrid? El Ayuntamiento aprobó en 2009 una ordenanza que regula la publicidad exterior. Muchos rótulos luminosos desaparecieron porque no se ajustaban a la normativa. El texto establece horarios de encendido: los elementos de identificación y señalización de actividades deben apagarse a medianoche, excepto las cruces verdes de las farmacias. Hay más manga ancha con los soportes publicitarios en edificios, obras y solares sin uso: los fines de semana del verano pueden emitir luz hasta las 2.30 de la madrugada. El Consistorio asegura que los monumentos y edificios que dependen de él se apagan, desde antes de que se aprobara el decreto, a medianoche. Las únicas excepciones son La Cibeles y la Puerta de Alcalá, que siguen iluminadas hasta la una. El Palacio Real, dependiente de Patrimonio Nacional, mantiene su iluminación hasta la madrugada.

“Entramos en el tema de la contaminación lumínica a mediados de la década de 1990, cuando el Ayuntamiento multiplicó el alumbrado, comenzó a iluminar las carreteras... Los años del derroche energético que ahora nos toca pagar”, señala Francisco Pujol, presidente del Grupo de Protección del Cielo, una asociación nacida al amparo de la Agrupación Madrileña de Astronomía y con presencia ahora en la zona centro del país. Desde entonces, Pujol celebra que se han publicado leyes sobre este tema —las leyes nacionales de protección de la atmósfera y de eficiencia energética y las ordenanzas sobre alumbrado e iluminación de edificios—, pero plantea que “ahora hace falta que se cumplan”.

En el caso de Madrid, Pujol está convencido de que eso no sucede con la normativa municipal, y pone de ejemplo los excesos de iluminación en las tradicionales cruces verdes que señalizan las farmacias o en las farolas de tipo globo que aún permanecen en muchas calles. El Consistorio asegura que recientemente ha puesto en marcha un proyecto de renovación de instalaciones que, entre otras cosas, ha eliminado las pocas lámparas de vapor de mercurio e incandescentes que quedaban en la ciudad. El 98% de las lámparas instaladas son de vapor de sodio de alta presión, mucho más eficientes, destaca. Pero Pujol está convencido de que es la crisis la que verdaderamente está contribuyendo a mitigar la contaminación lumínica al apagar edificios que antes estaban “excesivamente alumbrados”. “Se iluminan hasta los polideportivos durante noches enteras. ¿Eso es un edificio singular?”, cuestiona.

La iniciativa internacional Starlight defiende la calidad de los cielos nocturnos y promueve que la Unesco declare la visión de las estrellas patrimonio de la humanidad. “Nuestros hijos han olvidado lo que es la Vía Láctea, las estrellas. Lo han visto en los libros, pero no saben lo que es. Una pena”, lamenta De la Paz desde el Instituto de Astrofísica de Canarias.