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Las víctimas del ‘efecto Guggenheim’

Durante el ‘boom’ del ladrillo, muchas ciudades aspiraron a construir edificios que se convirtieran en iconos, pero la crisis ha enterrado la mayoría de ellos

De derecha a izquierda, el arquitecto Arata Isozaki, el presidente de Viviendas Ciudad de Sevilla, Antón Iraculis, el arquitecto Norman Foster, el alcalde de Sevilla, Alfredo Sánchez Monteseirín, el arquitecto Jean Nouvel y el arquitecto Guillermo Vázquez Consuegra, en septiembre de 2006.
De derecha a izquierda, el arquitecto Arata Isozaki, el presidente de Viviendas Ciudad de Sevilla, Antón Iraculis, el arquitecto Norman Foster, el alcalde de Sevilla, Alfredo Sánchez Monteseirín, el arquitecto Jean Nouvel y el arquitecto Guillermo Vázquez Consuegra, en septiembre de 2006.

Cuando el 25 de septiembre de 2006 el entonces alcalde de Sevilla, Alfredo Sánchez Monteseirín, se fotografió en el balcón del Ayuntamiento con los arquitectos Norman Foster, Jean Nouvel, Arata Isozaki y Guillermo Vázquez Consuegra, no sospechaba que aquella imagen iba a convertirse en un icono de la cara mala del llamado efecto Guggenheim: tras el éxito del museo diseñado por Frank Gehry en Bilbao, todas las ciudades aspiraban a tener su edificio estrella. Sevilla quiso siete y solo uno, el Metropol Parasol del alemán Jürgen Mayer, ha llegado a buen puerto, y con más coste y problemas de los que debería asumir una Administración.

De los otros seis, uno (la Torre Pelli) se levanta a duras penas y los otro cinco han sido definitivamente enterrados. La biblioteca que proyectó la iraquí Zaha Hadid para la Universidad de Sevilla se ha quedado a medio hacer por orden judicial; y a los cuatro de los arquitectos que posaron en el balcón con Monteseirín los arrolló la crisis del ladrillo. Eran la base de un nuevo barrio que se iba a construir en los terrenos de la antigua fábrica de Cruzcampo, pero la promotora, el grupo Urvasco, se llenó de deudas y entregó los suelos a los bancos para pagar parte del préstamo. Donde iban a ir cuatro manzanas de pisos firmadas por Foster, Nouvel, Isozaki y Vázquez Consuegra, hay ahora proyectado un barrio de 2.000 viviendas sin firmas de renombre y que, un año después de que se anunciara su construcción, no ha empezado a levantarse.

Para Julián Sobrino, profesor titular de la Escuela de Arquitectura de Sevilla y experto en patrimonio industrial, el solar de la antigua fábrica de Cruzcampo es “una de las grandes heridas” que la crisis ha dejado abierta en Sevilla. “Allí había un complejo construido en 1904 que tenía un gran interés, una trama industrial, ejemplos de diferentes materiales. Ahora es un solar vacío”, lamenta el profesor, que llama a retomar “el discurso de la arquitectura de Andalucía de los años 70 y 80”. “Entonces se pensaba en atender todas las necesidades de las ciudades, los asuntos cotidianos, las VPO, los colegios públicos, los centros de salud”. “Hay que retomar la dimensión utópica y aparcar la mediática”, sostiene Sobrino.

En el mejor de los casos, esa será una de las lecciones que queden de la crisis. Porque, en la mayoría de las ocasiones, lo que hacían los dirigentes políticos cuando convocaban un concurso de ideas restringido a un grupo de arquitectos muy conocidos (como se hizo en el Palacio del Sur de Córdoba o en la Torre Cajasol de Sevilla) o cuando directamente encargaban el proyecto a un profesional de prestigio (como la estación del AVE de Granada, proyectada por Rafael Moneo) era poner en marcha una campaña de marketing urbano aprovechando el tirón de los arquitectos.

“Hubo una confluencia de intereses entre los promotores inmobiliarios, algunos arquitectos y los partidos políticos. Pensaron que al pueblo se le podía ofrecer una estrella y que seguiría su halo”, afirma el profesor Sobrino, que cree que esa idea tuvo resultados “nefastos”. Al menos en las ciudades andaluzas, la campaña de marketing salió muy cara y, en la mayoría de las ocasiones, se ha vuelto en contra después de que fracasaran los proyectos. A los casos de Sevilla se une la renuncia definitiva de Córdoba al centro de congresos proyectado por el holandés Rem Koolhaas, en el que se han enterrado 10 millones de euros. De la estación del AVE que Moneo proyectó para Granada por encargo del Gobierno central lo último que se sabe es que el Ministerio de Fomento y el Ayuntamiento tenían pendiente una reunión para decidir si seguía adelante. Pero ni siquiera la llegada de la Alta Velocidad a Granada está garantizada, por lo que la estación diseñada por Moneo está más que en el aire. El alcalde, José Torres Hurtado (PP), nunca ha sido partidario del proyecto, pero la ministra Ana Pastor no lo ha descartado.

El problema de muchos de estos proyectos nace, según la arquitecta Elisa Valero, profesora de la Universidad de Granada, de una mala concepción de lo que en su opinión debe ser la ciudad. “No puede ser una suma de objetos a cual más original, tiene que establecer las relaciones más adecuadas posibles con el ciudadano”, afirma.

Valero cree que su forma de entender la profesión (“servir para solucionar problemas y estar al servicio del hombre”) no es compatible con la arquitectura del “exhibicionismo de estrellas”. “La buena arquitectura da igual de dónde venga”, afirma.

El profesor Sobrino advierte de que, además de los agujeros urbanísticos y económicos, la moda por los iconos arquitectónicos ha tenido otro efecto indeseable para el sector andaluz. “Hay profesionales de Andalucía muy importantes que han visto que en los últimos años sus propuestas no han sido valoradas por ser de casa”, señala Sobrino, que llama la atención sobre decenas de obras de rehabilitación de espacios públicos, mejoras en la accesibilidad o construcción de colegios o centros de salud que se han acometido en los últimos años pero han quedado en “segundo plano” por falta de tirón mediático.

Es posible que hoy empiece a ocurrir lo contrario, pero durante los años del boom del ladrillo, esas infraestructuras de servicios se vendían políticamente mucho peor que un edificio con firma internacional y diseño sorprendente. Aunque su uso no estuviera muy claro. Hubo unos meses en que rara era la semana en que una Administración o un grupo de promotores no reunía a los medios de comunicación para presentar una nueva idea con maqueta detallada y recreación virtual. De la mayoría, esas imágenes ficticias son hoy las únicas existentes de lo que el arquitecto proyectó.

¿Las ciudades han ganado o han perdido al quedarse sin esos proyectos? Elisa Valero cree que la crisis nos ha librado de “algunas insensateces”. Julián Sobrino opina lo mismo, aunque advierte de que cada caso es distinto. Él resume algunos: “El Palacio de Congresos de Córdoba podía haber sido positivo, pero se ha encontrado con problemas económicos; la biblioteca de Zaha Hadid es un buen edificio en un mal lugar; y el Algarrobico es mala arquitectura en un sitio extraordinario”. Ambos arquitectos coinciden en señalar la necesidad de recuperar un lema que, según el profesor de la Universidad de Sevilla, se empleó en una bienal de arquitectura de Venecia: “Más ética y menos estética”.

 

El palacio que Córdoba quiso que saliera gratis

MANUEL J. ALBERT

Con el cambio de siglo, Córdoba parecía dispuesta a convertirse en un referente arquitectónico internacional, al tiempo que mejoraba sustancialmente su oferta turística, verdadero motor económico de la ciudad. El Palacio del Sur aunaba ambas aspiraciones. Un enorme edificio, de esos que se denominaban singulares, de acero y cristal que, volcado en el Guadalquivir, se abría a la Mezquita y toda la Judería cordobesa. La ciudad iba a contar así con todo un edificio del renombrado arquitecto Rem Koolhaas, ganador del Pritzker, principal premio en su campo. Y lo que era más importante, no le iba a costar un euro a la ciudad. Una nueva modalidad de financiación, que permitía a la empresa privada que lo construyese, explotarlo, iba a aplicarse para alivio de las arcas municipales. Pero en el camino, algo se torció.
Más de diez años después, la ciudad sigue sin Palacio del Sur. Y los ciudadanos tienen 10 millones de euros menos en su bolsillo del dinero público. ¿Qué pasó? Desde el primer momento en que se presentó el proyecto original de Koolhaas se levantaron voces criticando lo megalómano del proyecto, una enorme estructura de acero y cristal, de 350 metros de largo, 25 de ancho y 28 de alto que contaría con auditorios, un hotel de lujo y centro comercial. Además de las quejas, crecieron las dudas sobre la viabilidad de la empresa, vistos los problemas y los retrasos que encontraban para su ejecución.
En 2008, con la crisis inmobiliaria y económica iniciando su galope, todo comienza a desmoronarse definitivamente. El presupuesto del proyecto se ha disparado hasta los 172 millones de euros. La empresa que lo iba a llevar a cabo, Ferrovial, se desliga y exige compensaciones económicas. El Ayuntamiento se ve obligado a cambiar el proyecto de Koolhaas para hacerlo más reducido y austero. El contratiempo le cuesta a los ahorros municipales 10 millones de euros.
La llegada del PP a la alcaldía coincide con el cierre del cuadro de financiación del nuevo palacio de Koolhaas, más pequeño. Costará 79 millones, de los que 51 los pondrá el Consistorio y el resto Junta y Ayuntamiento (28 millones). Todo estaba listo para que comenzasen las obras. Pero los meses van pasando sin que ocurra nada. Hasta que hace 20 días, en plena precampaña por las elecciones autonómicas, el alcalde y candidato al Parlamento por el PP, José Antonio Nieto, anunció que enterraba el proyecto. El futuro pasa por reformar un pabellón abandonado de Cajasur en un polígono industrial y convertirlo en el nuevo palacio de congresos.