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“Un fotógrafo en África aprende lo mismo que en Penamoa”

Gabriel Tizón retrata la alegría de los desposeídos en ‘Soñadores’

Imagen que abre Soñadores, con un hombre bañándose en una laguna de Antula (Bissau).
Imagen que abre Soñadores, con un hombre bañándose en una laguna de Antula (Bissau).

Vagar entre ruinas e indonesios desesperados al sur de Yakarta, poco después del tsunami que descuajó la isla en 2004, y que la agencia para la que trabajas te comunique la muerte de Rocío Jurado: no hay sitio para lo tuyo. Convivir con el adolescente de Guinea-Bissau que no puede comer cerdo porque vio pasar a uno con carne humana en la boca, justo cuando arrastraba el cadáver de su amigo. Conocer a fondo la historia de los senegaleses que pagan diez veces más que un turista por un viaje a Canarias sin derecho a vomitar en el mar, sabiendo que a los patrones del cayuco les sale más rentable ser devueltos a su país nada más llegar.

El fotógrafo de EL PAÍS Gabriel Tizón resume sus experiencias de casi una década viajando por países de cuatro continentes en un libro verde de 10 euros, algo más grande que un pasaporte. En Soñadores, su primer título propio (y autoeditado), esas vivencias se alejan del etnocentrismo occidental, contra las imágenes moderadamente trágicas que ayudan a digerir las tragedias en la sociedad posmediática: “Quizás algún día habría que publicar las fotos duras de verdad. Si yo quise titularlo así fue por captar el optimismo que realmente existe dentro del drama; esta gente se resiste al vicio occidental de la resignación”. Ofertas para que el blanco y negro de estas 20 imágenes reverberase en papel crujiente tuvo alguna, pero el gesto de protesta, ya en la edición, era “una cuestión personal”. “Si los que mandan en este robo a mano armada que llaman crisis prohíben la cultura”, analiza, “yo creo que estamos obligados a desenterrarla”.

“Si los que mandan prohíben la cultura, habrá que desenterrarla”

En el ejercicio de visibilización que practica el fotógrafo ferrolano, de 38 años, los sujetos aceptan ser retratados. “No quiero que nadie vea una foto mía y que sienta que le he sustraído ese sentimiento”, resume. De esa confianza, todavía producción periodística, extrajo las pequeñas semblanzas que rematan el libro. Entrevistas reportajeadas con títulos sencillos: Suerte, Cobarde o Famosos.

Entre las viejas preguntas del periodismo de conflicto, el colega Miguel Riopa (France Press), que acompañó a Tizón durante la presentación en Santiago de Soñadores, deslizó la cuestión del límite. Qué se debe fotografiar y qué no. A partir de ahí, la insistencia de Tizón en la obligada humildad del oficio dio para algunas bromas. “Eres un mensajero”, “no soy artista, soy artesano”, “los buenos son anónimos”, etc. Un anglosajón —James Nachtwey— como única cita culta y la distinción entre turistas digitalizados y fotoperiodistas: “En África aprendes lo mismo que en Penamoa, sin más mérito. Peor que los turistas son los compañeros que regresan contando lo que les pasó a ellos, como si eso fuese lo importante”.