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‘Las tempestálidas’: la dictadura del pasado según Gospodínov

El escritor búlgaro describe un mundo inmerso en un presente incierto y un futuro potencialmente devastador que cae en la tentación de recrear los errores de un tiempo pretérito

Patricio Pron
Retrato del escritor Gueorgui Gospodínov, en octubre de 2021. © BASSO CANNARSA
Retrato del escritor Gueorgui Gospodínov, en octubre de 2021. © BASSO CANNARSAAgence Opale / Alamy

“Mi deseo consiste en hacer una novela compuesta sólo de inicios. Una novela que arranca todo el tiempo, promete algo, llega hasta la página 17 y vuelve a empezar”, anunciaba el narrador de Física de la tristeza (2018), el segundo libro de Gueorgui Gospodínov; naturalmente, esa novela había sido escrita ya, y no solo en una oportunidad (Museo de la Novela de la Eterna, etcétera), pero pocos autores la escribieron más de una vez, y eso es lo que ha hecho el escritor búlgaro (Yámbol, 1968): en Novela natural (2020), en Física de la tristeza (2018) y, ahora, en Las tempestálidas, una novela sobre el modo en que un presente incierto y un futuro potencialmente devastador estimulan en muchos la nostalgia de un pasado ficticio y sin comienzos.

Las tempestálidas narra la amistad entre el narrador y Gaustín, un psiquiatra búlgaro como él que instala en Zúrich —y a continuación en otras ciudades de Europa, también detrás de la antigua (y futura) cortina de hierro— unas clínicas para producir pasado que, a modo de “refugio”, palían los efectos del alzhéi­mer y la demencia senil en sus pacientes: cómodamente instalados en recreaciones de su década favorita, estos se dejan ir, pero también, en algunos casos, experimentan una notable mejoría. “No hay nada casual a día de hoy en esta avalancha de personas que han perdido la memoria. Esas personas están aquí para decirnos algo”, conjetura Gaustín. El éxito de su tratamiento hace que los familiares exijan la ampliación de las clínicas —¿por qué no probar eso que tanto bien hace a los mayores?—, que se convierten en villas; de allí a que sean los países los que, en su condición de pacientes de la historia, quieran volver al pasado hay sólo un pequeño paso para una inteligencia como la de Gospodínov, y Europa vuelve a escindirse ya no sólo en territorios, sino en épocas, como si “Dios estuviera rebobinando la película”: Bulgaria se instala en los días previos al atentado en la catedral de Sveta-Nedelya, Francia escoge su anodina década de 1980, España prefiere los años del destape, Portugal se detiene en 1974, Suecia elige 1977 —el sillón Poäng de Ikea, ­ABBA, la música disco…—; los países del Este, el año 1989; Alemania, los años ochenta de su República Democrática…

“Supongo que la mayoría lo hacía por nostalgia de sus años felices, [pero] otros, por el temor a que el mundo hubiera iniciado un declive irrefrenable y que el futuro fuera cancelado. Una extraña zozobra flotaba en el aire”, sostiene el narrador. Pronto los grupos descontentos con el pasado que les tocó comienzan a realizar atentados, pero no es tanto la división interna como el entusiasmo depositado en la recreación del pasado lo que determina el modo en que la historia vuelve a ponerse en marcha en esos países y en el resto de Europa: un día, en Sarajevo, alguien vuelve a matar a un archiduque al mismo tiempo que un millón y medio de extras alemanes disfrazados de soldados de la Wehrmacht esperan en la frontera con Polonia.

‘Las tempestálidas’ no consigue escapar del todo a cierto ‘kitsch’ centroeuropeo, pero se impone a él gracias a su sentido del humor y la perfección de las historias que componen esta novela absolutamente excepcional

“¿Cómo es posible la novela hoy en día, cuando se nos ha privado de lo trágico?”, se preguntaba el narrador de Física de la tristeza: la respuesta que Las tempestálidas propone a esta pregunta consiste en poner en valor el carácter social de toda experiencia personal y darle a esta la dimensión del mito, así como su circularidad; también en volver una y otra vez sobre los comienzos —en el caso de Gospodínov, una infancia comunista y una juventud de posibilidades aparentemente ilimitadas tras el fin de la Unión Soviética— en una de esas “fantasías de la repetición” de las que hablaba Peter Handke ya en 1983 y que, como en el caso de Residuos, de Tom McCarthy, se multiplican en los últimos años en la medida en que el futuro se vuelve inimaginable. Las tempestálidas no consigue escapar del todo a cierto kitsch centroeuropeo —el flâneur, La montaña mágica, la enfermedad, la guerra…—, pero se impone a él gracias a su sentido del humor, a la enorme sensualidad del recuerdo en la pluma de su autor y en la perfección de las historias que componen esta novela fragmentaria y desinhibida, absolutamente excepcional.

Gospodínov —que ha sido traducido ya a más de 23 idiomas y ha obtenido la mayor parte de los principales premios europeos— pertenece a la estirpe de Jorge Luis Borges, Italo Calvino y Georges Perec —y a la de Mircea Cărtărescu, aunque, en mi opinión, es más eficaz que el escritor rumano, tiene mejor oído y es menos condescendiente con el lector—, pero, a diferencia de todos ellos, no se constriñe a la forma; trenza y destrenza una y otra vez la cuerda con la que la historia nos rodea el cuello para liberarnos de ella y, de paso, para observar los hilos de los que está compuesta: recuerdos infantiles, enciclopedias, guerras, familias, viejos desmemoriados que siguen tratando de saltar el Muro, ancianas traumatizadas por una guerra que para ellas aún no ha terminado, ollas hechas con el metal obtenido de armas y tanques de guerra, fanáticos de los Beatles que recuerdan que en un año asesinarán a John Lennon y se proponen impedirlo, espejos en los que los personajes y sus creadores tienen el mismo rostro, pasillos, libros, trajes nacionales, desfiles, espías, memoria, secretos, miedos. “Cuanto más olvida una sociedad, tanto más alguien fabrica, vende y rellena con sucedáneos de memoria los nichos desocupados”, escribe Gospodínov. Y eso es lo que más debería preocuparnos en este momento, insinúa. “Tras la dictadura del futuro llega el turno de la dictadura del pasado”.

Portada de 'Las tempestálidas', de Gueorgui Gospodínov. EDITORIAL FULGENCIO PIMENTEL

Las tempestálidas

 

Autor: Gueorgui Gospodínov.


Traducción: María Vútova y César Sánchez.


Editorial: Fulgencio Pimentel, 2022.


Formato: tapa dura (408 páginas. 25 euros).


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