Pasado y presente del terror afroamericano

Impulsado por el movimiento Black Lives Matter, el ‘horror noire’ experimenta un auge insólito de obras críticas con la brecha racial

De izquierda a derecha, Daniel Kaluuya, Keke Palmer y Brandon Perea en 'NOP' (2022) de Jordan Peele.
De izquierda a derecha, Daniel Kaluuya, Keke Palmer y Brandon Perea en 'NOP' (2022) de Jordan Peele.Universal Pictures

El éxito en la taquilla estadounidense de las tres películas realizadas hasta la fecha por Jordan PeeleDéjame salir (2017), Nosotros (2019) y NOP (2022)— ha inspirado el resurgimiento de un cine afroamericano de terror y fantástico que bebe a partes iguales de la rabiosa actualidad del Black Lives Matter y el interés por la genealogía cultural de toda una comunidad.

Sin duda uno de los aspectos más sugerentes de NOP, que se estrena en nuestro país el 19 de agosto, es la reivindicación por parte del director Jordan Peele de la presencia afrodescendiente en el origen mismo de la imagen en movimiento. Peele ya había vinculado en Déjame salir y Nosotros los dilemas raciales que atraviesa su país con corrientes de fondo que se remontan a la génesis misma de Estados Unidos como nación; pero en NOP va más lejos, al recordarnos que también la industria de Hollywood ha cimentado la producción de sus característicos grandes espectáculos en las ausencias y el silenciamiento de muchas contribuciones, en particular de los afroamericanos.

Clásicos como ‘El nacimiento de una nación’ (1915, D. W. Griffith) son filmes de terror para la audiencia afroamericana, según la especialista Robin R. Means Coleman

Lo cierto es que la repercusión de las películas de Peele ha propiciado un auge insólito de directores y, sobre todo, directoras —algo importante dadas las insistentes reivindicaciones de los feminismos negros— dispuestos a abordar el terror desde un posicionamiento crítico con las brechas culturales y socioeconómicas fruto de un racismo sistémico. Pero no es la primera vez que ocurre en el cine norteamericano, como puso de manifiesto en 2011 el ensayo canónico de la especialista Robin R. Means Coleman Horror Noire: A History of Black American Horror from 1890s to Present, versionado como documental en 2019. En su libro, Coleman empieza por aplicar una perspectiva subversiva a su objeto de estudio, al considerar títulos clásicos de Hollywood como El nacimiento de una nación (1915) —ejercicio de épica pseudohistórica a cargo de D. W. Griffith— películas de terror para la audiencia afroamericana por el retrato racista que se ofrece de ellos y el impacto consiguiente en los imaginarios del público blanco.

A continuación, Coleman se centra en el terror ortodoxo producido por Hollywood para diferenciar tres grandes etapas que a los aficionados al género les serán familiares. En la primera, que abarca hasta finales de los años sesenta, los personajes de color tienen una presencia apenas testimonial y, en casos como King Kong (1933) y Yo anduve con un zombi (1943), condicionada al estereotipo exótico; si bien hay que distinguir entre el carácter pulp de la primera y la delicadeza que puso de manifiesto la segunda en su mirada sobre la esclavitud y las tradiciones relacionadas con el vudú. Existen en cualquier caso rarezas entre los años veinte y cuarenta plenamente comprometidas con la experiencia afroamericana, como los reivindicativos race ­films debidos a Oscar Micheaux y otros directores independientes, que tiene uno de sus puntos culminantes en The Blood of Jesus (1941), extraña fábula moralizante del actor y director Spencer Williams dirigida a un público también segregado en muchos Estados en las salas de cine.

La segunda etapa se halla ligada al ímpetu del movimiento por los derechos civiles y figuras como Martin Luther King y Malcolm X, cuya proyección mediática y destino trágico durante la década de los sesenta tienen en el actor Duane Jones un reflejo perfecto. Jones es el carismático —y malogrado— protagonista de La noche de los muertos vivientes (1968) y lidera asimismo el reparto de Ganja & Hess (1973), de Bill Gunn, título clave en la historia del horror noire; una reflexión sobre el vampirismo como factor de desclasamiento racial que, por sus imágenes de filiación experimental y su atención hacia personajes eruditos, constituye un hito representativo. Ganja & Hess es una de las muestras más legitimadas del blaxploitation, tendencia oportunista de películas de bajo presupuesto que reinterpreta por entonces los géneros clásicos de Hollywood al gusto de una audiencia afroamericana orgullosa por vez primera de su idiosincrasia y sus peculiaridades expresivas. Dan cuenta de la popularidad del blaxploitation de terror títulos tan elocuentes como Drácula negro (1972) y Dr. Black, Mr. Hyde (1976).

Imagen de 'Candyman' (2021) de Nia DaCosta. PARRISH LEWIS (UNIVERSAL PICTURES)
Imagen de 'Candyman' (2021) de Nia DaCosta. PARRISH LEWIS (UNIVERSAL PICTURES)

Tras el revulsivo que suponen los años setenta para el grueso del cine de terror, los ochenta y noventa tienden a la uniformidad, algo en lo que tiene mucho que ver el insaciable mercado del vídeo doméstico. Con excepciones como El hermano de otro planeta (1984), los afroamericanos son codificados en pantalla como personajes secundarios asesinados por el psicópata enmascarado de turno en uno u otro slasher. En esa coyuntura, gana peso la literatura de género, heredera de la tradición oral y musical en torno a los horrores de la esclavitud y las injusticias raciales acaecidas en los ámbitos rurales y urbanos. Charles W. Chesnutt, Pauline Hopkins y los autores ignotos del pulp alumbran un gótico doliente que aciertan a reformular para la (pos)modernidad Alice Walker, Octavia Butler, Toni Morrison y Tananarive Due. Si el cine de terror se contagia de ese gótico en el periodo de entresiglos, es mediado por una agresiva sensibilidad pop indisociable del caso de Rodney King y los disturbios en Los Ángeles de 1992, que ejemplifican películas de espíritu trash como Leprechaun in the Hood (2000) y Bones (2001).

El horror noire que se produce en la actualidad ha sofisticado notablemente sus formas y adolece de una excesiva gravedad y cierto maniqueísmo

El horror noire que se produce en la actualidad a la sombra del Black Lives Matter y el mandato presidencial de Donald Trump ha sofisticado notablemente sus formas y adolece de una excesiva gravedad y cierto maniqueísmo. No por casualidad, Jordan Peele dejó a un lado este último aspecto en la que continúa siendo su mejor película, Déjame salir, inteligente sátira sobre la condición afroamericana en tiempos de tolerancia simulada. En su retrato paranoico de una cotidianidad bajo la que anidan todo tipo de amenazas latentes, Déjame salir y las siguientes películas de Peele evocan además los trabajos del pintor Noah Davis, quizá el artista plástico afroamericano que mejor ha sabido plasmar la extrañeza de la civilización estadounidense para quienes viven bajo sus dictados sin haber tenido la oportunidad de contribuir a ella.

La paranoia es omnipresente en este ciclo. Antebellum (Prime Video) es una alegoría poco sutil centrada en una socióloga que descubre en sus propias carnes hasta qué punto la mentalidad racista imperante en ciertos sectores de la sociedad norteamericana es capaz de revivir horrores del pasado. Master (Prime Video) redunda en ese argumento a partir de las perturbadoras experiencias de una estudiante y una jefa de estudios en una universidad de prestigio, concienciada en apariencia con la cuestión racial aunque el porcentaje de alumnado y profesorado blanco entre sus muros sea abrumador. Nos parece especialmente recomendable Candyman, (Prime Video), remake del filme homónimo de 1992 con Nia DaCosta como directora y coguionista junto a Jordan Peele, que no solo alberga varias secuencias de terror memorables, sino que afronta además con honestidad el potencial gentrificador de los artistas afroamericanos de hoy y, por ende, la desactivación de su talante crítico. Y vale la pena concluir recordando una producción televisiva: Territorio Lovecraft (HBO Max), serie que ha apostado con ambición por revisar, y al tiempo actualizar, el terror cósmico invocado en su literatura por H. P. Lovecraft, autor capital para el género pero de sesgos racistas contrastados.

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