Todas las guerras perdidas de Afganistán

Una guía de lecturas para entender la situación actual en el conflictivo país centroasiático, que fascina desde hace siglos a escritores, viajeros y periodistas

Bombardeos contra las posiciones talibanes en la antigua ciudad griega de Ai Janum, fundada por Alejandro Magno, en 2001.
Bombardeos contra las posiciones talibanes en la antigua ciudad griega de Ai Janum, fundada por Alejandro Magno, en 2001.Patrick Robert (GETTY)

En medio de la guerra civil que arrasó Afganistán tras la retirada de las tropas soviéticas, a mediados de los años noventa, surgió una milicia que poco a poco fue conquistando terreno, con una ideología que mezclaba la versión más radical del islam, el wahabismo, difundida y financiada por Arabia Saudí, con las propias tradiciones de la etnia afgana mayoritaria: los pastunes. Entonces se llamaban en España los talibán, plural de talib, estudiante de una escuela religiosa, aunque el gran sabio de la lengua que fue Fernando Lázaro Carreter zanjó el debate en uno de sus Dardos en la palabra publicados en este diario: “No es cuestión trivial, aunque lo parezca: con la adopción de talibán como plural (y, para más inri, con un acento español), se acepta que nuestra lengua sea gobernada por leyes de otras, concediendo a esa palabra una excepción, que no se concedió a ninguna otra en iguales o similares circunstancias”. Lázaro Carreter razonó por qué había que escribir talibanes, pero fue otro autor el que ayudó a comprender a millones de lectores en Occidente lo que significaba aquella milicia, que acaba de tomar de nuevo el poder en Afganistán.

El gran best seller afgano

Editado en España en 2001, poco antes de los atentados del 11 de septiembre, Los talibán (Península) se convirtió rápidamente en un éxito de ventas y su autor, el paquistaní Ahmed Rashid, en el referente para asuntos afganos en la prensa internacional. No es para menos. Su libro se mantiene como un ensayo muy vigente —aunque desgraciadamente agotado— que explica cómo del caos de los años noventa surgió esa milicia que prohibió la música, las cometas, aplicó castigos públicos y trató de mandar a Afganistán al siglo VII. También señalaba que el trato desalmado que recibían las mujeres procedía más de tradiciones tribales pastunes que del islam o la alianza entre los talibanes y los combatientes árabes que fueron a hacer la yihad contra los soviéticos, entre los que se encontraba un joven saudí entonces desconocido llamado Osama Bin Laden. Rashid desentrañaba el tremendo lío étnico afgano y, sobre todo, el odio que los talibanes —suníes radicales— profesaban a los hazara —chiíes—, lo que explicaba la destrucción de los budas de Bamiyán.

Crónica de una ficción

A partir de la intervención internacional tras el 11S, la bibliografía sobre Afganistán se multiplicó. Aunque se publicó hace casi diez años, Afganistán. Crónica de una ficción (Debate), de Mónica Bernabé, la periodista española que más tiempo pasó en el país, primero como cooperante y luego como corresponsal de El Mundo, traza un retrato certero del Afganistán bajo los talibanes y de todas las mentiras que Occidente se contó a sí mismo sobre el futuro de este país. Así explica, por ejemplo, en su primera visita a Kabul en 2000, el triunfo de la milicia radical: “La destrucción, la violencia y el caos fueron tan generalizados que, cuando aparecieron los talibanes, se les consideró, por contraposición, pacificadores. La paz a cambio de un régimen represor, sobre todo para las mujeres”.

'Los últimos 11 de Maiwand', una pintura de Frank Feller que refleja la derrota británica en Maiwand el 27 de julio de 1880.
'Los últimos 11 de Maiwand', una pintura de Frank Feller que refleja la derrota británica en Maiwand el 27 de julio de 1880.Lebrecht (Getty Images)

La estadounidense Carlotta Gall fue durante más de una década la corresponsal de The New York Times en Kabul –y en estos días está firmando desde allí de nuevo–. Fruto de aquella experiencia publicó un libro muy interesante, no traducido al castellano: The wrong enemy. América in Afghanistan 2001-2014 (Mariner Books), cuyo título se basa en una frase del gran diplomático estadounidense Richard C. Holbrooke: “Tal vez estamos combatiendo al enemigo equivocado en el país equivocado”. A semejanza del de Bernabé, es un ensayo que intuye el desastre que ha sacudido Afganistán este mes de agosto. El capítulo que George Packer dedica en la reciente biografía de Holbrooke, Nuestro hombre (Debate), a su etapa como enviado en Afganistán también muestra la impotencia ante la interminable debacle afgana. “Esta historia se ha contado mil y una veces, pero me entristece y me enfada cada una de ellas. Es una historia sobre nuestra insensatez y nuestro despilfarro”, escribe Packer en un capítulo titulado ‘Todo ha cambiado y todo sigue igual’.

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Muchos otros reporteros han publicado libros notables sobre Afganistán, que van más allá de la urgencia periodística del momento: Ramón Lobo, Cuadernos de Kabul (RBA), que ofrece un retrato de la vida cotidiana en la capital afgana; Antonio Pampliega, Las trincheras de la esperanza (Península), sobre el médico de la Cruz Roja Alberto Cairo; Pilar Requena, que en Afganistán (Editorial Síntesis) propone un retrato general del conflicto; o Amador Guallar, que relata diez años de experiencia afgana en En la tierra de Caín (Península). Entre los internacionales, La guerra eterna (Crítica), de Dexter Filkins, The Lion’s grave. Dispatches from Afghanistan (Grove Press), de Jon Lee Anderson, o On the road to Kandahar (Penguin), de Jason Burke, resultan narraciones trepidantes de un país engullido por la guerra. El relato que hace Filkins de una ejecución pública en Kabul en 1998 explica gran parte del pánico que viven ahora los afganos que se han quedado a su merced. “Les daba igual lo que pensaran los demás. Les traían sin cuidado los motivos. Simplemente iban y lo hacían. Los talibanes: su fuerza radicaba en su ignorancia”, escribe en un párrafo que empieza con una frase que es toda una declaración de principios: “Tío, daban miedo”.

Una mujer vestida de forma occidental en la ciudad de Herat, en 1980.
Una mujer vestida de forma occidental en la ciudad de Herat, en 1980.Michel SETBOUN (GETTY)

El sufrimiento de las mujeres

Dos afganos asentados en el extranjero, Khaled Hosseini en inglés y Atiq Rahimi en francés, convirtieron en literatura el sufrimiento de su país, primero en la guerra civil y luego bajo el régimen de terror talibán. Cometas en el cielo (Salamandra) y Mil soles espléndidos (Salamandra), de Hosseini, y La piedra de la paciencia (Siruela), con la que Rahimi ganó en 2008 el premio Gouncourt, el más prestigioso de Francia, relatan los padecimientos de los civiles, especialmente de las mujeres, bajo el despotismo fanático. El librero de Kabul (Maeva), de la periodista noruega Asne Seierstad, mostraba que los talibanes no eran los únicos que en Afganistán sometían a las mujeres. Una luz inesperada (Península), de Jason Elliot, es un bellísimo y fascinante libro de viajes por el país que arranca en su primera visita, en 1979, al principio de la invasión soviética. “Quien crea que entiende Afganistán”, señaló Elliot en una entrevista con este diario, “no lo ha conocido del todo. Afganistán es un país muy grande, complejo y sofisticado, del que tenemos una visión muy limitada”.

Los clásicos

Además del libro de Elliot, un puñado de obras permiten entender la historia de un país en el que llevan siglos chocando Oriente y Occidente, en el que se han mezclado las culturas y las influencias, que albergaba los budas más grandes del mundo, pero también la ciudad helenística más oriental, Aï Janun, destruida por décadas de combates. Into the Land of Bones. Alexander the Great in Afghanistan (University of California Press), del historiador Frank L. Holt, es el gran ensayo sobre la campaña de Alejandro Magno, al igual que El retorno de un rey. La gran aventura británica en Afganistán 1839-1842 (Desperta Ferro), de William Dalrymple, explica el fracaso de la colonización inglesa. Se trata de dos relatos históricos que permiten entender por qué un país situado en un rincón perdido del mundo, atravesado por el Hindu Kush, lleva tantos años en el centro de la política internacional. “Afganistán no puede escapar a la encrucijada de la historia”, escribe Holt. “En cada uno de los últimos tres siglos, diferentes superpotencias –británicos, soviéticos y estadounidenses– han puesto sus ojos en esta tierra trágica, dispuestos a imponer un nuevo orden”.

Capiteles griegos de Ai Janum en una casa de té afgana, en 2001.
Capiteles griegos de Ai Janum en una casa de té afgana, en 2001.Patrick Robert (GETTY)

El título del gran clásico literario sobre Afganistán se lo disputan El hombre que quiso ser rey, de Ruyard Kipling, y Los jinetes (Destino), del francés Joseph Kessel, aunque la premio Nobel de literatura Svetlana Aleksiévich se ha colado en esa lista con Los muchachos de zinc: voces soviéticas de la guerra de Afganistán (Debate). Sin embargo, casi todos los expertos citan un solo título cuando se les pregunta por el ensayo más importante sobre este país: Viaje a Oxiana (Península), de Robert Byron, publicado en 1937, que describe un Afganistán para el que todavía existía la esperanza. “Cualquier aficionado a leer los libros de viajes de los años treinta tendrá que reconocer que Viaje a Oxiana es la obra cumbre de todos ellos”, sugiere contundente Bruce Chatwin en ‘Un lamento por Afganistán’ (¿Qué hago yo aquí?, Península), un breve ensayo escrito tras la invasión soviética. “De vivir hoy, creo que Byron estaría de acuerdo en que, con el tiempo (todo en Afganistán lleva su tiempo), los afganos les harán algo temible a sus invasores, tal vez despertar los fantasmas dormidos de Asia central”. Los despertaron y, desde entonces, no han vuelto a encontrar reposo.

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Sobre la firma

Es redactor jefe de Cultura en EL PAÍS. Ha pasado por las secciones de Internacional, Reportajes e Ideas, viajado como enviado especial a numerosos países –entre ellos Afganistán, Irak y Líbano– y formado parte del equipo de editorialistas. Es autor de ‘Una lección olvidada’, que recibió el premio al mejor ensayo de las librerías de Madrid.

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