LECTURA

Sonetos de barro y cuerpo

Pablo Neruda solo quiere cantarle a la mujer que ama y la poesía es únicamente el instrumento que le ayuda a lograrlo. Es así como nace la certeza entre los versos, la verdad más absoluta, la perfección de lo imperfecto

El poeta Pablo Neruda, retratado en Nueva York en junio de 1966.
El poeta Pablo Neruda, retratado en Nueva York en junio de 1966.Sam Falk / GETTY IMAGES

El fuego se consume, pero de él queda la ceniza y el humo. Del amor, que también desaparece, queda la herida o el recuerdo. Algo así ocurre con la obra de Pablo Neruda. Uno la lee ávido, sabedor de que en sus manos guarda uno de los secretos más codiciados de la poesía, ese savoir-faire que solo tienen los que no presumen, y cuando la palabra termina la magia sucede: queda la poesía.

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Cuando uno lee al poeta, ve al hombre, y eso es algo que solo consigue quien está dispuesto a librarse de los artificios más manidos, de los adjetivos más excelsos, de los ripios más formales. Neruda solo quiere cantarle a la mujer que ama y la poesía es únicamente el instrumento que le ayuda a lograrlo. Es así como nace la certeza entre los versos, la verdad más absoluta, la perfección de lo imperfecto, uno de los poetas más importantes de la historia de la literatura.

Como lectora de poesía, agradezco al escritor que me hace partícipe de su amor y no me lo muestra desde una atalaya inalcanzable o una palabra incomprensible

Este volumen se ofrece como un abrazo apretado entre dos amantes. A veces, cuando cae el sol y bailo en el salón de casa con quien escoge mis canciones, mi perro consigue adentrarse en el escaso hueco que queda entre nuestras rodillas y baila con nosotras. Así intuyo a los lectores de este libro: no somos testigos, somos participantes de la música que sale de los labios de Neruda al pensar en los labios de Matilde. Sabemos a qué huele el cabello de la musa del chileno y somos capaces de imaginarlo tejiendo esas palabras, con el nervio del que sabe que nunca serán suficientes porque el amor está por encima de todo esto. Bailamos con ellos. Formamos parte del movimiento de su danza. Como lectora de poesía, agradezco al escritor que me hace partícipe de su amor y no me lo muestra desde una atalaya inalcanzable o una palabra incomprensible. Reconozco la maestría al hacer sencillo algo tan complejo como es la emoción más nombrada a lo largo de los siglos.

Cien sonetos de amor está dividido en cuatro partes. Como una suerte de organización metafórica, el poeta escoge cuatro de las palabras más amplias de nuestro idioma para resumir su emoción: “mañana”, “mediodía”, “tarde” y “noche”. De esta forma, el amor queda narrado a lo largo de un día y la sensación del lector es la misma que la del que sueña: mañana comenzará todo de nuevo. Porque así es el amor: una emoción cíclica que nunca termina, solo va cambiando de forma y lugar.

En la primera parte, “Mañana”, encontramos los sonetos al amor más puro, se muestra un sentimiento correspondido en el que todo es fácil y sencillo y el verso es un rayo de luz que parte las dudas a la mitad. En “Mediodía”, el sol se atenúa y hay búsqueda, y también hay huida, motas de nostalgia que entrecierran los ojos del lector. Con “Tarde” el sol cae, y con la oscuridad aparecen los temores, las sombras, el sufrimiento, las envidias de otros, el amor que no se comprende, pero al que siempre se acude para encontrar consuelo. Finalmente, en “Noche” el poeta descansa, encuentra paz al final del día, la calma que trae la pasión más pura, piensa sobre la muerte y las despedidas y proyecta de nuevo su amor luminoso en el futuro que aún no sucede.

Existe algo mágico y propio en la poesía de Neruda. Si escribe “pan”, el hambre nace como por arte de magia, pero no en el estómago sino en el corazón, donde germina con la lentitud de las semillas más centenarias. Las manos segregan saliva que se transforma en palabras, los pulmones se hinchan y la boca se abre dispuesta a saborear el aroma a leña de los besos que se quieren. Las “legumbres” de Neruda son pequeños fogonazos en la inmensidad de un abecedario. El modo en el que escribe “madera” es una caricia a las arrugas que deja el tiempo en su pecho. Neruda escribe sobre el amor desde la base: para él el cuerpo es un trozo de tierra, una raíz a la que abrazarse. Mediante la observación y la cotidianidad, su poesía hace ese movimiento: del cuerpo a la tierra y vuelta a empezar, como la misma vida.

Neruda habla de la miseria del Sur y de los pueblos más pobres, presenta las regiones más frías como lugar de nacimiento de la mujer a la que dedica su obra

En los sonetos de amor también hay espacio para otros temas, a priori, menos luminosos, pero los cuales él exprime hasta iluminar el poema. Neruda habla de la miseria del Sur y de los pueblos más pobres, presenta las regiones más frías como lugar de nacimiento de la mujer a la que dedica su obra. Escribe sobre su hambre, sobre el barro de una infancia sin sustento, sobre una vida de pobreza y convierte todo esto en un motivo más por el cual la elige de nuevo.

Si algo me deslumbra de Cien sonetos de amor es la capacidad del autor para hablar sin tapujos sobre la oscuridad de su mundo. Me gustan los poetas que eluden caer en generalidades y se atreven a confesar los mayores temores y secretos en el papel, pero no esos que todos conocemos o intuimos, sino los que duermen con sobresalto en la espina dorsal, los que eludimos en poemas de amor, los que solo se reflejan en los espejos y en los mejores versos. Neruda no lo duda y así lo muestra: no ama la pureza de Matilde, no escoge la majestuosidad de su movimiento ni el origen de todos los fuegos. Él ama su parte salvaje, los rincones silvestres de una anatomía cincelada bajo la tierra, ahí donde no llega la luz. Es precisamente esa oscuridad la que Neruda recibe como único símbolo de claridad. En esa contraposición está el significado de la poesía del chileno.

Les aseguro que no están ante otro poemario de amor más. Es evidente que es uno de los libros más importantes de la literatura, sin duda. Está más que claro que no se trata de un nuevo talento ni de un clásico olvidado. La poesía de Neruda está viva y es palpable. Pero yo les voy a pedir una cosa: su olvido. Olviden el apellido de quien lo firma. Olviden la pureza de los versos más clásicos. Olviden la poesía que entorpece. Olviden las portadas reconocibles, las críticas remuneradas, los párrafos eternos de los libros de texto, las colecciones que acumulan polvo en las estanterías. Olviden este prólogo. Olvídense de todo eso y visualícense como acompañantes. Están ante el amor versado de un hombre por una mujer. Solo eso. Nada más que eso. Así que hagan honor a la emoción más escrita del universo y entren en este libro como solo debe hacerse: con el impulso de los huracanes, con la verdad de los cristales, dispuestos a reconocer los entresijos del amor —benditos rincones olvidados— que solo un buen poeta, como Pablo Neruda, es capaz de definir.

Elvira Sastre es poeta, escritora y traductora. Este texto es el prólogo de la nueva edición de Cien sonetos de amor, de Pablo Neruda, que Austral Poesía publica con motivo del Día de la Poesía, que se celebra este domingo 21.

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