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En colaboración conCAF

En busca del mate perdido: una historia de amor y resistencia

La búsqueda de Ernesto Vera para devolver a su esposa el sabor ancestral de esta planta desencadenó en un movimiento de producción artesanal en el bosque paraguayo

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En Paraguay, cuna de la yerba mate, encontrarla silvestre se ha vuelto casi imposible. Entre monocultivos de soja, estancias ganaderas y la pérdida acelerada del bosque nativo, una comunidad guaraní lucha por preservar el ka’aite —la yerba auténtica, en guaraní— que desde hace siglos es parte esencial de su identidad.

La mejor yerba mate del mundo nació, sin proponérselo, de una historia de amor: el amor de un hombre hacia su esposa, de un pueblo hacia sus tradiciones y de una comunidad hacia un bosque cada vez más pequeño, cercado por enormes campos de soja y pastizales para el ganado. Para los guaraníes, el ka’a, es la planta madre. Sagrada. Hoy, consumirla es, a la vez, un placer y un acto de resistencia.

Son casi las cuatro de la madrugada cuando Ernesto Vera, un anciano de la aldea Tekoha Y’apy —Territorio del Manantial— sale de su casa en una fresca mañana de octubre. El aire huele a lluvia y a hojas de menta y salvia. Su silueta pequeña, envuelta en un abrigo demasiado grande, se mueve en silencio sobre tierra roja y ramas tan húmedas que no crujen bajo sus sandalias. Ernesto es el tamoi, el guía espiritual de la comunidad. Entra a la cabaña de madera anexa a la casa de ladrillo comunal, una estructura amplia con techo de chapa, enciende un fuego y calienta agua en una vieja cazuela. Coloca la yerba molida verde y oscura en una calabaza esculpida, agrega el agua y sorbe el mate con una tacuara, un fino junco de madera. Ningún día comienza sin mate. Cuando le ofrece la bebida a Victoria, su esposa, son casi las seis de la mañana y el cielo ya se está aclarando. A su alrededor, hijas, nietos y pájaros les acompañan.

Desde hace un milenio, los guaraníes realizan ceremonias similares en estas tierras tropicales. Aunque el mundo conozca la yerba gracias al exilio sudamericano de las dictaduras de los años 70, o más recientemente, por las figuras como Messi o el papa Francisco, proviene de los pueblos guaraníes que habitaron y habitan la selva paranaense, cuyos vestigios están hoy repartidos entre Argentina, Paraguay y Brasil. Es parte del mito fundacional de su cultura, donde todas las plantas son sagradas. Y la yerba mate ocupa un lugar especial: purifica, fortalece, conecta con la tierra. Su uso más antiguo consistía simplemente en masticar las hojas y beber agua del río, con eso basta para sentir sus propiedades medicinales y estimulantes.

Pero hace unos veinte años, en la misma casa comunal, Victoria decidió dejar de tomar mate. Decía que sufría acidez cada vez que lo consumía. Ernesto se sorprendió: la yerba mate siempre había sido parte fundamental de sus vidas. Pero sus palabras le hicieron recordar algo: hacía décadas que ya no consumían el ka’aite, la yerba auténtica, silvestre, sino yerba industrial comprada en paquetes de la tienda. La auténtica planta del bosque había desaparecido detrás de los monocultivos y del avance de las estancias ganaderas. La vida diaria y la pobreza habían empujado a su comunidad a aceptar las versiones comerciales, producidas por empresas que controlan tierras, precios y procesos con agroquímicos y maquinaria.

Preocupado, Ernesto pasó horas rezando a Tupã, la mayor deidad de los guaraníes, y meditando junto al fuego. Y entonces surgió una idea tan simple como arriesgada: cruzaría las estancias, los alambres de pinchos y los campos de soja para buscar la yerba mate original. Le traería a Victoria hojas tiernas, como las que tomaban antes de que llegaran los blancos.

Tekoha Y’apy da cobijo y buena vida a 1.800 agricultores que preservan unas 850 hectáreas de bosque nativo, de donde extraen sus medicinas y algo de caza menor. Sin embargo, a su alrededor, unas pocas familias controlan cientos de miles de hectáreas casi completamente deforestadas. Apenas uno o dos árboles se alzan tímidos en medio de las explanadas sin fin de soja verde o pastos y vacas donde alguna vez hubo hasta yaguaretés (jaguares).

Paraguay es uno de los países más desiguales en la distribución de la tierra. Aproximadamente un 2% de la población es dueña del 85% de la superficie cultivable, según la FAO. Y ocho de cada diez hectáreas de bosque están dentro de propiedades privadas. La mayoría de ellas pertenecen a terratenientes que operan como señores feudales modernos.

En busca del mate verdadero

Ernesto recordaba bien lo que su abuelo le había enseñado: cómo encontrar el ka’aite bajo los lapachos de flores rosadas y los árboles cubiertos de musgo y helechos gigantes. En su infancia bastaba caminar una hora para llegar al yerbal silvestre. Pero ahora, su comunidad era una isla verde rodeada por el rugido de excavadoras, motos, vacas y alambradas interminables.

El mate es parte intrínseca de la identidad de Paraguay como lo es de Argentina, Uruguay y el sur de Brasil. Es un gesto cotidiano que une a millones de sudamericanos de toda clase, bandera y condición. La senadora antes de su discurso y la agricultora antes del amanecer, el enfermero durante su guardia y la camionera mientras conduce sola por la Panamericana, el profesor que se quema los labios ante sus estudiantes, todos sorben mate, propio o ajeno, en su casa o en la calle.

Y esta herencia ancestral es gracias a los pueblos guaraníes que descubrieron su uso. Es círculo de palabra, compañía, ceremonia y, a veces, refugio. También viajó con migrantes árabes, y por eso hoy Siria y Líbano lo consumen cotidianamente. Mientras tanto, cómo no, en Europa y Estados Unidos se vende como bebida energética procesada, alejada de la tradición. En latas de refresco con gas o mezcladas con otros 20 ingredientes y montones de azúcar.

El mundo demanda cada vez más yerba, y, paradójicamente, los guardianes originarios de la planta luchan por acceder a ella.

A partir de los 2000, además del ganado, a Paraguay llegó la soja. Millones de hectáreas de monocultivo rodearon las últimas selvas. A Ernesto, la búsqueda se le complicó todavía más. El tamoi comenzó a explorar otras comunidades, a preguntar dónde habría una isla de bosque en la que creciera la yerba mate. En sus caminatas había una palabra que se repetía: permiso.

Tenía que pedir permiso a un estanciero, permiso a alguna de las familias o grandes empresas adueñadas de la tierra. Permiso para abrir la puerta de la estancia sin que le disparen, permiso para caminar entre las vacas, permiso para tomar en la mano algunas hojas y ramas. Permiso para cruzar los grandes campos de soja donde una sola persona subida a un tractor con pantalla táctil y aire acondicionado puede cosechar cientos de hectáreas en una tarde o fumigar agrotóxicos alrededor de su comunidad.

Aquella situación le recordaba demasiado a lo que sus antepasados habían sufrido durante cientos de años. Los colonizadores españoles observaron el primer consumo de yerba mate en el siglo XVI en lo que hoy es Paraguay y entonces era el Virreinato del Perú. Tan pronto como lo vieron lo prohibieron. En 1610, la Inquisición prohibió usar la planta y en Asunción se impusieron penas de 100 latigazos para los indígenas y 100 pesos de multa para los españoles que consumieran o traficaran yerba, según cuenta el argentino Jerónimo Lagier en el libro La aventura de la yerba mate.

El renacer del ka’aite

Solo 20 años después, los españoles la legalizarían y la convertirían en la base de su expansión económica y territorial en la región, dando lugar a la Provincia Paraquaria, una especie de Estado jesuita que llegó a abarcar parte de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay cuando aún España y Portugal se repartían el territorio americano en tratados. Esta rama de la Iglesia Católica, junto a franciscanos y dominicos, gestionó las relaciones diplomáticas, bélicas y religiosas con casi todos los pueblos guaraníes. Por unos dos siglos impusieron su religión y costumbres a los nativos mientras absorbían sus saberes, su fuerza de trabajo y, no solo su yerba mate, sino su territorio. Sus bosques. Fueron los primeros europeos en hacer monocultivos para exportación desde América del Sur.

Ernesto caminó durante días por estancias privadas, esquivando cercos y guardias armados, hasta que finalmente halló un árbol de mate; sí, un árbol, y no esos arbustitos que se ven en las plantaciones industriales desde tiempos de la Colonización. Estaba cerca de un arroyo, como siempre. Trepó casi dos metros sin dudar, abrazado al tronco, arrancó unas ramas, guardó las hojas en los bolsillos y volvió con el tesoro a casa. Cuando Victoria probó la yerba silvestre, la acidez desapareció. Habían recuperado el sabor verdadero: dulce, amargo, ahumado. Vivo.

Cansado de pedir permiso, Ernesto tomó una decisión revolucionaria: si el bosque ya no ofrecía ka’aite, entonces la yerba debía volver a crecer dentro de la comunidad.

Comenzó a plantar junto a otras familias. Así nació un proyecto colectivo: recuperar la yerba mate auténtica a través del cultivo comunitario, sin químicos, respetando los tiempos naturales.

Hace diez años, durante un Mitã Karaí, la ceremonia para otorgar nombres espirituales, Ernesto y Victoria conocieron a Norma Ávila, artista y cantante de Asunción con dos décadas de experiencia trabajando para ONGs que apoyan a las comunidades indígenas. Ella quedó fascinada por la música y por el vínculo entre la comunidad y la yerba mate. Al ver la producción acumulada por TekohaY’apy y comunidades vecinas, Victoria propuso ofrecerle que se convirtiera en su puente hacia el mundo exterior. Así nació la marca SEA.

El proceso de producción es artesanal de principio a fin: sapecado al fuego, secado en el tatuape —un horno gigante construido sin un solo clavo—, tostado lento durante días y molienda manual. La yerba se estaciona un año antes de ser envasada. SEA fue incorporada al Arca del Gusto de la Fundación Slow Food, que reconoce alimentos que deben preservarse por su valor cultural y ambiental. Hoy, Norma viaja presentando la yerba, narrando su historia, explicando quién es el tamoi Ernesto y guiando ceremonias del mate que mezclan canto, memoria y naturaleza.

Mientras SEA viaja por el mundo, en TekohaY’apy cada día comienza igual que siempre: Ernesto enciende el fuego antes del amanecer y toma los primeros sorbos de mate. Victoria revisa la huerta. Otros vigilan el tatuape, donde las ramas de yerba se tuestan lentamente. En uno de los pocos rincones de Paraguay donde aún hace fresco algunas mañanas aunque no sea invierno, el mate conserva su espíritu original: un acto de amor, resistencia y memoria viva.

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