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Trabas para ligarse las trompas: “Me mandaron al psiquiatra”

Muchas mujeres que no quieren ser madres encuentran traspiés en la salud pública y privada para practicarse esta cirugía permanente. “Los prejuicios de los doctores no afectan igual en las vasectomías”, dice una ginecóloga experta

Alejandra Barrero, en Bogotá, el 28 de marzo de 2024.
Alejandra Barrero, en Bogotá, el 28 de marzo de 2024.Chelo Camacho
Noor Mahtani

“¿Por qué tomaste esa decisión? ¿Cómo no vas a ser mamá? ¿Y si cambias de opinión? Te vas a quedar sola…”. Alejandra Barrero se sabe la retahíla de memoria. Lleva más de seis años escuchando los mismos “sermones” cuando cuenta que se sometió a una ligadura de trompas. Pero lo más tedioso para esta bogotana de 34 años se dio en las consultas médicas. Cuatro meses de burocracia, una cita para la cirugía cancelada, idas y venidas a la clínica, llamadas de horas en espera y una doctora que lo complicó todo más aún: “Me dijo que, como no tengo hijos y estoy muy joven, para la operación necesitaba una valoración por psicología y psiquiatría”. Aunque ya ha pasado tiempo, Barrero se enciende al recordarlo: “Yo peleé porque soy médico y conozco mis derechos, pero, mientras ellos se deciden a operar a una mujer más humilde, ya tuvo otros tres chinos más”.

Desde el 2010, existe una norma en Colombia que incluye en el sistema público las vasectomías y las ligaduras de trompas, dos procedimientos anticonceptivos quirúrgicos y permanentes. La ley 1412, promulgada “para fomentar la paternidad y la maternidad responsable”, establece que solo se necesita que el paciente tenga más de 18 años y sea informado de que es un proceso irreversible, ya que, aunque existen procedimientos de reversión, no suelen ser muy eficaces. Los muchos traspiés empiezan fuera del papel.

Barrero había tomado su decisión cuando tenía 28 años. “Nunca quise ser madre y eso se sabe”, dice desde su casa, aún con el uniforme médico puesto. Desde que habló con su ginecóloga de la prepagada, decidieron que se haría todas las pruebas pertinentes con ella para que el trámite en el sistema público fuera rápido. Lo hicieron así porque muy pocos prestadores de servicios ofrecen la cirugía laparoscópica, y todos son públicos, por lo que haría el procedimiento vía su entidad promotora de salud (EPS). Este método de operación es algo menos invasivo que el tradicional, ya que, en lugar de realizarse con una incisión grande en el pubis, como la laparotomía, se realiza con un pequeño orificio en el abdomen, a través del ombligo. De esta forma, la cicatriz casi ni se percibe y la recuperación es más amable. Una de las primeras críticas a la realidad que hace Laura Gil, ginecóloga y directora del grupo médico por el derecho a decidir en Colombia, es que en muchas ocasiones las mujeres no tienen derecho a elegir porque no se les informa de que existen dos procedimientos. “Hay mujeres que les han dicho que solo les cubre la laparotomía y no es cierto”.

Al empezar el empalme entre la prepagada y la EPS, “comenzó el calvario” para Barrero. “Después de decirle a esa doctora que me mandó al psiquiatra que lo que hacía era ilegal, me mandaron de nuevo a planificación, después al anestesista, a otra consulta ginecológica, luego a hacerme las pruebas prequirúrgicas, luego estuve semanas llame que llame a ver si me daban citas…”, relata. “Cuando la logré y conseguí fecha, llamé un día antes para confirmar y me dijeron que no estaba registrada. Yo no lo hice, pero entendería que hubiera mujeres que desistan. Fue tenaz”.

Para Gil, estas barreras invisibles “son las más peligrosas”: “Hay unos maltratos muy explícitos en los que les dicen a las mujeres que van a dejar de serlo por operarse, o que no están cumpliendo con su rol. Y hay otras, a mi juicio, más peligrosas que son las actitudes soterradas, como dilatar los tiempos o poner excusas. Todo esto hasta que la paciente desista. Sucede mucho”. Sin embargo, a pesar de estas malas praxis de algunos médicos, la demanda de las esterilizaciones es cada vez mayor. De acuerdo con los datos de Profamilia, la entidad pionera en salud sexual y reproductiva del país, en 2023 se realizaron 54.024 ligaduras de trompas, frente a 24.512 procedimientos de vasectomía; dos mujeres por cada hombre. De hecho, la esterilización ha sido el método de anticoncepción más utilizado en Colombia (38%) desde 1970 hasta 2019, seguido de las inyecciones y los preservativos. México, República Dominicana y Venezuela presentan porcentajes de anticoncepción quirúrgica similares, de hasta el 40%, según The Lancet.

Si bien estas cirugías están en alza frente a años anteriores en Colombia (un 13,4% más de ligaduras y un 4,1% más de vasectomías), la mujer sigue cargando con la mayor parte de la responsabilidad reproductiva. Además, estas zancadillas en el proceso no suelen ser tan comunes en los hombres: “Los prejuicios de los doctores no afectan de la misma manera en las vasectomías. La estereotipación de la mujer es mucho más fuerte: la mujer ha de ser madre y, además, le cuesta tomar decisiones y puede arrepentirse. Es una minimización y una cosificación que vuelven a la mujer un instrumento de la reproducción”. Juan Carlos Vargas, ginecólogo y asesor científico de Profamilia, cuenta que esta es una práctica de violencia basada en género y que cuenta con un protocolo de denuncia en la entidad en la que trabaja. Aclara que se ha avanzado, pues antes de la Constitución de 1991 un requisito era el permiso de la pareja para la operación. “Había una regla para otorgar el permiso o no. Se multiplicaba la edad de la mujer por el número de hijos, si el resultado era mayor de cien, se podía. Es decir, una joven de 25 años que tuviera cuatro hijos, sí podía. Una de 25 con tres, no. Con los hombres no pasaba”, dice. “Aún hay trabajo que hacer, también derribando mitos alrededor de la vasectomía, como que provoca disfunción eréctil o problemas con la eyaculación”.

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“Hay mucha violencia médica”

Aunque no existe la objeción de conciencia para las ligaduras de trompas, ya que no hay ninguna vida involucrada, muchos médicos permean su ejercicio laboral con su moral e ideología, hasta llegar a desinformar o privar de la información correcta. A Juana Isabel Wilches Gil, de 28 años, su ginecóloga se negó a hacerle el tratamiento: “Me dijo que esperara unos años más para pensármelo, asumiendo que podría llegar un momento vital en que iba a desear tener hijos”. Así que le tocó informarse por su cuenta. La primera fuente fue internet y foros de mujeres que ya habían pasado por ahí. Así que con 24 años se aprendió los métodos, los tipos de anestesia, los tiempos de espera... imprimió la ley y se la llevó en el bolso en su cita en la consulta pública.

“Tuve suerte porque no tuve que sacarla, pero creo que la consulta previa fue pobre, no fue un procedimiento cuidadoso; se lo toman a la ligera. Hay mucha violencia médica”. Para ella, lo más difícil fue la recuperación y pensar que le pondrían anestesia local cuando fue general. “El sistema colombiano falla ahí: en informarnos a las mujeres que queremos hacer el procedimiento a qué nos vamos a someter. Tenemos también el derecho a entenderlo de manera cabal”, cuenta por teléfono.

Las decisiones de operarse son tan variadas como las mujeres que acceden al tratamiento. En el caso de Wilches, no tenía tanto que ver con no querer ser madre. “No quería someterme a anticonceptivos hormonales y me daba miedo un embarazo no deseado a temprana edad”, explica. “Las mujeres tenemos que poder sentirnos en la tranquilidad de que las parejas no van a quitarse el condón sin permiso. Yo muchas veces, después de encuentros sexuales, tuve que tomarme pastillas postday [un anticonceptivo de emergencia]. Y ese desorden hormonal me impulsó a operarme”.

Más que los centros sanitarios (e incluso la propia formación médica), para las entrevistadas lo que hace que el tabú de la anticoncepción quirúrgica se achique es el boca a boca. De la misma forma que Wilches recurrió a otras mujeres para conocer los riesgos y las opciones, ellas han sido el faro de muchas mujeres que nunca quisieron ser madres pero no se atrevían a ligarse las trompas (o no conocían el procedimiento). Después de Barrero, dos amigas y un amigo se animaron. En los últimos dos o tres años, cuenta Wilches, al menos 10 amigas cercanas se esterilizaron. “Como difundí mucho mi caso, otras 15 mujeres no tan cercanas también se animaron”, dice. “Las mujeres que no queremos ser madres tenemos que tener el derecho a no serlo dentro y fuera del papel”, zanja Barrero.

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