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La aventura indómita del neurólogo que llevó su Land Rover a 1.064 pueblos de Colombia

Diego Rosselli comenzó el recorrido en 2004. El pasado lunes llegó al último municipio accesible por tierra del país. Dice que fue a varios dos veces, para estar seguro de tener las pruebas fotográficas

Diego Rosselli
Diego Rosselli, en Bogotá, el 22 de Noviembre de 2023.Luis Bernardo Cano

Diego Rosselli (Bogotá, 65 años) acaba de lograr algo increíble. Este lunes, acompañado de su hija Paula y su Land Rover, el Tinieblo Rezandero, consiguió su objetivo de viajar en carro a todos los municipios accesibles por tierra de Colombia. 1.064 pueblos conoció en la aventura, de casi 20 años. Y tiene las pruebas. Sentado en su oficina del Hospital San Ignacio de Bogotá, el médico neurólogo, profesor universitario, viajero, escritor y padre —así se autodefine— muestra con orgullo un documento Word de 192 páginas lleno de fotos de él y su querido Land Rover, frente a un millar de iglesias. Dejar rastro resulta importante: sin la foto con el carro y la iglesia, el viaje no cuenta.

La de Rosselli ha sido una vida de aventuras y trabajo ―con frecuencia ambas cosas se han entremezclado—. Enseña en la facultad de Medicina de la Universidad Javeriana desde hace 26 años y asegura que es el profesor que más papers publica al año —lleva 19 en lo que va de 2023—. Antes, trabajó en el Ministerio de Salud de los expresidentes César Gaviria y Ernesto Samper, vivió temporadas en Estados Unidos, para cursar una maestría en Harvard, y en Inglaterra, donde estuvo un año en el Instituto de Psiquiatría de Londres. Pero “no como paciente”, aclara entre risas. Ahora, a punto de jubilarse, dice que su plan es trabajar en un nuevo libro y seguir viajando. Faltan unas 30 fotos en los pueblos no accesibles para el Tinieblo Rezandero. A esos, tendrá que llegar en avión.

Diego Rosselli recorre América con su Land Rover
Diego Rosselli muestra un mapa de Colombia en su celular con los recorridos que ha realizado en su Land Rover, en Bogotá.Luis Bernardo Cano

Pregunta. ¿Cuál es la historia detrás del Land Rover?

Respuesta. Lo compró mi padre cuando yo tenía nueve años, y con él conocimos el país. Íbamos dos o tres veces al año a una finca que teníamos en Casanare. Viajamos a Medellín, a la costa y hasta a Ecuador, todo por tierra. Luego, cuando me gradué de médico, mi padre me iba a regular un Renault 4, pero yo le pedí que me regalara el Land Rover. Mis hermanas pensaban que estaba loco. “¿Que va a hacer usted con ese hueso?”, me dijeron. Lo recibí cuando hice mi año rural, en un pueblo al suroeste de Antioquia. Ese año, aproveché mis días libres para recorrer todo Antioquia, el eje cafetero, el norte de Tolima y el Valle del Cauca. Todo esto viene de toda la vida, desde tiempo atrás.

P. ¿Y cuándo tomó la decisión de conocer todos los pueblos accesibles por tierra?

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R. La aventura empezó en 2004. Me reuní con mis hijas, que eran pequeñas en esa época, hicimos la lista de las 100 principales poblaciones, y me propuse conocerlas. Lo logré en el 2008 y escribí un libro que se llama Las Historias de Cien Ciudades. Continué viajando durante los años siguientes, y en el 2018 fue cuando se volvió una obsesión por completar todos los municipios. El reto es no solo ir al pueblo, sino ir y tomar la foto al frente de la iglesia. Había varios pueblos que ya había visitado pero que no había tomado la foto. Entonces me tocó volver a muchos municipios al hacer el recorrido de nuevo, para estar seguro de pararme en cada uno y tomar la fotografía.

P. ¿Cómo ha logrado viajar tanto en tan poco tiempo?

R. No viajo de Bogotá a Chocó o a La Guajira en carro. Mi estrategia es otra. Viajo a Bucaramanga, por ejemplo, hago un recorrido, dejo el Land Rover en un parqueadero en Bucaramanga, y vuelo a Bogotá. Luego para mi siguiente viaje, vuelo a donde esté el carro y empiezo de nuevo. Así me ahorro mucho tiempo. En la época que terminé las cien ciudades, tenía el carro en Riohacha (La Guajira), y me acuerdo que había vuelos desde Bogotá para allá a 59.000 pesos (unos 15 dólares). Así que me compré nueve meses de vuelos a Riohacha y todos los fines de semana viajaba para allá. Recorrí La Guajira por todos los caminos más perdidos. En esos momentos, también me dio por comprar otro Land Rover, y con ese me dediqué a recorrer el sur. Conocí todo el Meta, luego lo llevé a Putumayo, al Chocó y así.

P. ¿Cómo paga todos estos viajes?

R. Mi estilo de viajar es costoso, por eso he hecho el 80% o 90% de los viajes solo. Pero parte de mi secreto es este: a todos los empleados de la Universidad Javeriana nos pagan un salario y, además, nos dan un reconocimiento de un 10% en alguna de las empresas que maneja la universidad. Y tiene una agencia de viajes, Javeturismo. Entonces me depositan un millón y medio de pesos (unos 370 dólares) mensuales en lo que yo quiera de viajes. Esos son cuatro pasajes nacionales al mes.

Diego Rosselli, de la Universidad Javeriana
Diego Rosselli, sostiene un modelo a escala de su Land Rover.Luis Bernardo Cano

P. ¿Qué es lo más interesante que le ha pasado en sus viajes?

R. Lo más increíble siempre es la gente. Una vez estaba con mi hija Paula en una región montañosa y solitaria de Antioquia. Era por la mañana, se dañó la bobina y nos quedamos varados. El próximo pueblo, que se llamaba Campamento, estaba a 23 kilómetros. Entonces pasa una pareja en una moto y les cuento lo que había pasado. “Va a ser difícil”, me dicen, “ya están en ferias y fiestas en Campamento, pero déjeme ver qué hacemos”. Entonces, después de un ratito viene un carrito y le digo si nos puede bajar, y me dice “No, yo vine a desvararlo. Soy el mecánico de Campamento y me dijeron que usted estaba aquí varado con su hija. Le traigo una bobina”. Ese hombre nos salvó. Y ya cuando llegamos a Campamento, me llama el señor de la moto y nos invita a pasar la noche en su casa. Siempre hay gente que te echa una mano en momentos difíciles.

P. ¿El recuerdo más bonito de sus viajes?

R. Fue este lunes, cuando completamos el último municipio. Santa Helena del Opón (Santander), el número 1.064. Era un reto grande. Fueron tres intentos: el primero por un derrumbe, el segundo por fallas en el carro ―llegué hasta cinco kilómetros del pueblo y tuve que rendirme, porque el Land Rover no llegaba―. Es una carretera muy difícil en una sección del Magdalena Medio que es selvática y muy lluviosa. Para llegar hay que atravesar una serranía en una carretera que son solo 42 kilómetros desde el último pueblo, que se llama El Guacamayo, pero son tres horas para cruzarla. Entonces, el llegar allá fue de esas cosas que uno dice “¡guau!”, es como recibir el diploma de médico. Y además fue el último. Entonces fue un hito.

P. ¿Ha llegado a estar en peligro?

R. Siempre me preguntan por los riesgos de seguridad, y para sorpresa de todo el mundo nunca he tenido ningún encuentro con una guerrilla, ni con paramilitares. Nunca me han robado nada, ni siquiera un hurto, que es sorprendente porque siempre dejo el carro por ahí. Me han detenido muchas veces las Fuerzas Militares, o la Policía. Me requisan, preguntan quién soy y se quedan a ver la cédula y los papeles. Muchas veces cuando les he contado que estoy haciendo me han colaborado bastante. Además, hay varias cosas que ayudan con la seguridad. Ando solo y en un carro viejo. Creo que si fuéramos cinco personas en un vehículo suscitaría más sospechas. Y uno va preguntando. En dos ocasiones, me ha pasado que me han dicho: “No se meta por ahí, hay una gente sospechosa allá”. Y entonces busco una alternativa.

P. ¿Dónde pasó eso?

R. Una vez en carreteras del Magdalena, en la zona de Ciénaga Grande. La otra, cerca de un pueblo que se llama Magüí Payán, en Nariño.

P. Lleva 20 años viajando por todo el país. ¿Cómo ha cambiado Colombia en ese tiempo?

R. Han mejorado mucho las carreteras nacionales. La para ir de Bogotá a la costa, por ejemplo, es hermosa. Pero las carreteras secundarias y terciarias siguen muy abandonadas. Creo que también ha mejorado el valorar la cultura colombiana. En la costa Pacífica se valora más la noción de la música marimba. O la música llanera en los llanos. Uno ve escuelas de formación de música llanera y ese tipo de cosas. En Maní (Casanare), una vez llegué a la casa de la cultura y estaban enseñando unas clases a 25 muchachitos de como tocar el cuatro. Eso me llena de orgullo. Por otra parte, para el campesino medio, creo que la sensación de desamparo sigue siendo muy grande. Muchas de las personas a las que uno se encuentra en estos recorridos son personas ya de cierta edad. Y cuentan cómo los chicos se han tenido que ir para otro lado porque allí no tienen oportunidades.

P. ¿Tiene alguna reflexión sobre el país después de todo esto?

R. Tenemos que aprender a valorar nuestra diversidad cultural. Los colombianos no hemos hecho eso. Lo que nos hace distintos muchas veces nos polariza. Deberíamos sentirnos unidos por esa diversidad, en vez de sentirnos separados por ella. Esas riñas entre cachacos y costeños, entre uribistas y petristas. Nos peleamos hasta por de dónde es la mejor arepa. Me parece que es un error pensar en algo que nos identifica a todos los colombianos que no sea la diversidad. Debemos aprender a valorarla.

P. Ahora que consiguió este objetivo, ¿qué hará?

R. Estoy planeando mi retiro para el año entrante y tengo varios objetivos en mente. Uno es un libro que se llama Un recorrido por los nombres de los pueblos de Colombia. Explica la historia detrás de los nombres de los municipios ―la toponimia—. Los clasifico, por ejemplo, en nombres indígenas, nombres de herencia española, pueblos con nombres italianos, pueblos dedicados a la Virgen, a los santos, a otros lugares bíblicos como Jericó y Jerusalén. Ya tengo 78 páginas escritas y tuve contacto con un editor. Entonces, mi idea es hacer un viaje por Colombia, pero orientado a la toponimia. Y otra cosa también, hay 40 municipios a los que no se puede llegar por tierra. Muchos de ellos ya los he visitado antes, pero me faltó la evidencia. Así que mi plan es volver y sacarme la foto frente a la iglesia.

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