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La mayoría de los humanos apenas puede ver las estrellas

El nuevo atlas de la polución lumínica muestra que la población mundial vive bajo cielos contaminados por la luz artificial

Miguel Ángel Criado

La mayoría de los humanos apenas puede ver las estrellas en todo su esplendor, según un nuevo atlas mundial de la contaminación lumínica. La investigación muestra que los habitantes de algunas de las grandes ciudades deberían viajar 1.000 kilómetros para poder contemplar el espectáculo de la Vía Láctea tal como la veían los antiguos. Los autores del atlas advierten de que la tecnología LED podría multiplicar por tres el brillo nocturno y oscurecer aún más el cielo.

Durante milenios, la noche no era tan oscura. En ausencia de nubes, la Luna, las estrellas, la Vía láctea o fenómenos como la luz zodiacal iluminaban el cielo. Sin embargo, esta iluminación natural ha ido dejando paso a la artificial, creando un brillo sobre las aglomeraciones humanas que impide ver más allá. Además de complicarle el trabajo a los astrónomos, la contaminación lumínica también perjudica la salud de los humanos y altera los ecosistemas a los que alcanza, a veces hasta centenares de kilómetros.

Mapa del brillo nocturno artificial de España. En blanco las zonas de mayor contaminación lumínica.
Mapa del brillo nocturno artificial de España. En blanco las zonas de mayor contaminación lumínica.

El nuevo atlas mundial de la polución lumínica, elaborado por una decena de investigadores europeos y estadounidenses y que actualiza otro realizado hace 15 años, muestra cuántas personas y qué regiones del planeta están bajo cielos llenos de luz artificial en los que no es fácil ver las estrellas. Hay algunas conexiones evidentes, como la del grado de urbanización o desarrollo con el de contaminación. Pero también hay sorpresas, como que los alemanes están entre los que aún pueden ver la Vía Láctea con nitidez o que los argentinos aparecen entre los que menos estrellas pueden ver.

"Para encontrar un cielo realmente prístino (las zonas en negro del mapa) un habitante de Barcelona o Madrid tendría que viajar hasta el norte de Escocia o a algunas zonas del desierto del Sahara", dice el investigador del Instituto Italiano de Ciencia y Tecnología de la Contaminación Lumínica (ISTIL) y coautor de este atlas, Fabio Falchi. Sin embargo, como añade enseguida, en España, un país relativamente menos urbanizado que sus vecinos europeos, "tienen cielos, sino prístinos, muy buenos (en azul en el mapa) en la provincia de Cuenca o en partes de Extremadura.

Españoles y argentinos, entre los que tienen peor cielo nocturno

En el planeta, el 83% de la población mundial tienen cielos nocturnos contaminados en menor o mayor grado, según este atlas publicado en Science Advances. La cifra llega hasta el 99% en el caso de los europeos y los estadounidenses. El trabajo se apoya en los datos del satélite Suomi de las agencias estadounidenses NASA y NOAA, con sensores para medir la iluminación nocturna, y decenas de miles de registros tomados por científicos y voluntarios desde el interior o alrededores de las ciudades. Estos datos revelan que hasta un tercio de los humanos ya no puede ver ni siquiera ese río de estrellas que es la Vía Láctea.

Por países, el que tiene mayor brillo nocturno artificial en función de las personas afectadas es Singapur. Todos sus habitantes viven la noche como si fuera un crepúsculo permanente. Allí, la intensidad luminosa puede alcanzar las 7.130 microcandelas por metro cuadrado (cd/m2). La candela es la unidad básica para medir la intensidad lumínica. Para hacerse una idea, la luz nocturna natural apenas llega a las 1,74 microcandelas.

Tras Singapur aparecen cinco países del golfo Pérsico. Entre los 10 primeros también están Corea del Sur e Israel. Más sorprendente puede ser que completen la lista naciones tan castigadas como Irak o Libia. Los autores recuerdan que el satélite no diferencia entre luz procedente de la iluminación de las ciudades o de los pozos de petróleo o gas. Pero esta explicación no vale para Argentina, en octavo lugar. Falchi apunta aquí otra razón: "En general los altos porcentajes de población expuesta a cielos nocturnos muy brillantes se deben a que esas poblaciones se concentran en grandes ciudades. Esto podría explicar el caso argentino".

El mapa muestra el grado de contaminación lúminca desde el cielo prístino (en negro) hasta los más iluminados, en blanco.
El mapa muestra el grado de contaminación lúminca desde el cielo prístino (en negro) hasta los más iluminados, en blanco.Falchi et al/Science Advances

Pero la cantidad de urbanización no es la única variable, también influyen las políticas tomadas por las administraciones. Un ejemplo que pone Falchi es la comparación entre Madrid y Berlín. "Ambas ciudades tiene una población similar, pero la contaminación lumínica en la capital española es mucho mayor", dice. Alemania es un caso especial. Siendo tan poblada y urbanizada, la zona que forma el oeste de Alemania con Holanda y Bélgica es, por área contaminada, la segunda con peor cielo nocturno, solo superada por El Cairo y el delta del Nilo. Sin embargo, el 58% de los alemanes aún pueden ver la Vía Láctea tal y como la ven la mayoría de los indios.

"Hay grandes diferencias dentro de los países desarrollados. Hemos comprobado que las ciudades estadounidenses emiten entre tres y cinco veces más que luz per cápita que las ciudades alemanas", comenta el científico del Centro Alemán de Investigación en Geociencias de Potsdam y coautor del atlas, Christopher Kyba. "No está claro el porqué de estas diferencias, algunos señalan a que las urbes de EE UU son más extensas y sus calles más anchas y otros apuntan al mayor coste de la electricidad en Alemania", añade. En todo caso, los municipios alemanes tienen normas más estrictas para limitar la iluminación urbana.

El atlas también muestra los países con el cielo nocturno más limpio. De los 20 primeros de la lista, 19 se encuentran en África, el otro es Papúa Nueva Guinea. Hay zonas como en Chad o Madagascar, donde el 90% de sus habitantes aún pueden ver un cielo virgen de luz artificial.

La iluminación LED, por su tecnología y menor coste, podría triplicar el brillo nocturno artificial

Los autores del estudio alertan que las cosas pueden ir a peor por culpa de la revolución LED. Tanto por su menor coste como por su tecnología, la iluminación basada en LED podría triplicar el brillo nocturno artificial. Al ser tan económica, tanto las personas como las administraciones pueden arrinconar la idea del ahorro energético e iluminar aún más. Además, una mala elección tecnológica, apostando por LED de luz fría, podría elevar la contaminación lumínica.

"Los LED son lumínicamente más contaminantes que las luminarias de descarga que hoy iluminan las calles", recuerda el profesor del área de ingeniería eléctrica de la Universidad de Granada, Ovidio Rabaza. Este ingeniero, no relacionado con el atlas, trabajó en el pasado en contaminación lumínica, diseñando un sistema para medirla desde tierra y hoy investiga en el terreno de la eficiencia energética. Para evitar una mayor polución del cielo nocturno, Rabaza apunta que "algo básico es eliminar la emisión de luz directa hacia el cielo".

La propia tecnología LED podría permitir implantar mecanismos de control para aumentar o reducir la iluminación en función de las necesidades. Y aún queda, como comenta Rabaza, la vía normativa: "en España ya hay legislación para proteger el cielo nocturno en las cercanías de los parques nacionales o los centros de observación astronómica". Solo habría que ampliar su ámbito de aplicación.

Así se ve la Vía Láctea y el resto del cielo en el monumento nacional de los dinosaurios, en el oeste de EE UU y lejos de cualquier ciudad.
Así se ve la Vía Láctea y el resto del cielo en el monumento nacional de los dinosaurios, en el oeste de EE UU y lejos de cualquier ciudad.Dan Duriscoe

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Sobre la firma

Miguel Ángel Criado
Es cofundador de Materia y escribe de tecnología, inteligencia artificial, cambio climático, antropología… desde 2014. Antes pasó por Público, Cuarto Poder y El Mundo. Es licenciado en CC. Políticas y Sociología.

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