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Vegamián, un lugar en la ficción

Una visita a los escenarios reales de ‘Distintas formas de mirar el agua’ (Alfaguara), la nueva novela de Julio Llamazares, en el embalse del Porma.

La presa fue proyectada por el escritor e ingeniero Juan Benet, y anegó en los sesenta el desaparecido pueblo leonés del valle de Vegamián, lugar de nacimiento de Llamazares.

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Embalse del Porma, en la provincia de León. Escena tomada en la carretera de Puebla de Lillo a Boñar.

Desde que empecé a escribir, y en virtud de esa actividad, me he visto sometido a la curiosidad de periodistas y lectores no sólo sobre mis libros, sino también sobre mi biografía, he tenido que responder cientos de veces a la pregunta de aquéllos sobre esa parte de mi pasado que, al parecer, más interés les provoca: de qué modo ha influido en mi escritura y en mi vida el hecho de haber nacido en un lugar que desapareció debajo de un gran embalse.

Confieso que durante todo este tiempo he salido del paso con respuestas diferentes, a veces más contundentes, a veces más evasivas, que no sé si a mis interlocutores les habrán servido de algo, pero que a mí siempre me han dejado insatisfecho. Definir cómo y en qué medida te ha influido determinado suceso vital es harto difícil, pero lo es más cuando ese suceso es tan determinante como ver cómo a tu pequeña patria la destruyen por completo o –como ocurrió con la mía– la sumergen de la noche a la mañana bajo millones de metros cúbicos de agua.

Tengo que precisar además que cuando eso ocurrió yo vivía ya fuera de allí y que, por otra parte, mi relación con mi pueblo de nacimiento era muy ligera, pues se reducía sólo a mis dos primeros años de vida, que fueron los que pasé en él antes de que mi familia se trasladara a otro pueblo próximo siguiendo la peripecia profesional de mi padre, que era maestro de escuela. Así que yo no fui consciente de la desaparición de Vegamián, que así se llamaba el pueblo en el que nací, hasta pasados algunos años y, al principio, de un modo muy vaporoso: a través de las conversaciones de mis padres con amigos de su época en aquél, con los que coincidirían luego en otros lugares, la ciudad de León sobre todo, o de las fotografías que conservaban de los años vividos allí. Como la mía, la relación con Vegamián de mi familia era circunstancial, y así lo viví yo durante bastante tiempo.

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En Palencia se encuentra la Llanura de la Nava, en Tierra de Campos, que acogió el siglo pasado a colonos de pueblos que quedaron sepultados por pantanos construidos durante el régimen franquista.

Fue ya en los años ochenta, cercano a la treintena y viviendo ya fuera de mi provincia, cuando dos acontecimientos despertaron en mí el sentimiento de pertenencia a un lugar que ya no era sino un nombre en la memoria de sus antiguos vecinos y de los viejos mapas de carreteras o topográficos. El primer acontecimiento fue –en 1983– el desembalse completo del pantano para una revisión técnica de la presa, que dejó al aire las viejas casas de Vegamián y de otros pueblos del valle tras 15 años bajo el agua, que coincidió además con el rodaje de una película, El filandón, de José María Martín Sarmiento, para la que yo había escrito una breve historia (la película se basaba en cinco cuentos de otros tantos autores leoneses) pensada para ser rodada en las ruinas de Utrero, una de las dos aldeas que quedaron abandonadas junto al pantano al cubrir éste la mayor parte de sus fincas, y que inmediatamente cambió su ambientación por la de las fantasmagóricas ruinas de Vegamián, un “decorado” que ni la más poderosa productora de cine de Hollywood habría podido soñar para una producción suya. El segundo acontecimiento, muy poco tiempo después, fue la recuperación por parte del Gobierno socialista de Felipe González del proyecto del pantano de Riaño, valle cercano al de Vegamián, cuya finalización produjo escenas de gran violencia y que en mí causó una conmoción inmensa: los mismos que habían criticado tanto a Franco por su política megalómana de grandes obras hidráulicas, con la que se le identificaba incluso, concluían una obra suya inacabada y con igual o con mayor insensibilidad que él.

El desembalse del pantano del Porma en 1983 para una revisión de la presa dejó al descubierto las viejas casas de Vegamián

Para entonces ya había conocido en Madrid a Juan Benet, el ingeniero autor de la presa de Vegamián (que ahora lleva su nombre, por cierto, algo que molesta mucho a los damnificados por su construcción) y escritor de gran prestigio en los ochenta gracias, entre otros libros, a la saga de novelas iniciada mientras construía la presa y situadas en Región, un territorio de ficción al modo de la Yoknapatawpha de William Faulkner o de la Santa María de Onetti inspirado precisamente en aquellos valles que él sepultó. Felipe Orejas, el dueño de la Venta de Remellán, histórico restaurante a la orilla de la carretera que conduce hacia la presa del pantano y, junto con el pueblo de Valdecastillo, la última casa habitada antes de llegar a él, recuerda aún a Benet escribiendo por las noches después de estar trabajando todo el día en el pantano en el tiempo en el que se alojó en su venta antes de que construyeran las casas de los ingenieros cerca de donde se erigía la presa.

A Benet, al que la estancia en el Porma le marcó mucho, no en vano fue la primera presa que dirigió en su carrera como ingeniero, conocer que un “regionato” había seguido sus pasos y empezaba a despuntar entre los jóvenes escritores españoles de los ochenta le intrigó mucho, me consta, tanto que no paró hasta conocerme, si bien me recibiera con su habitual actitud soberbia y provocativa: “Así que tú eres escritor gracias a mí”, me espetó en nuestro primer encuentro, dando por hecho quizá que yo debía de odiarlo por haber sido el verdugo de mi pueblo.

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Caridad Rodríguez Rubio, oriunda de Utrero, pueblo anegado por el embalse del Porma, retratada en su casa de Cascón de la Nava (Palencia).

No lo odiaba, en absoluto, pero polemicé con él muchas veces a propósito del cierre de Riaño, que en aquellos momentos estaba en trance de producirse y que él defendía, como es natural, dada su condición de ingeniero; un acontecimiento que, como dije antes, me marcó particularmente porque con él perdí la inocencia política (que los ejecutores de la nueva obra fueran los mismos que criticaban las del régimen franquista y que lo hicieran con los mismos métodos, amenazando incluso a quienes nos oponíamos a su consumación, me llevó a replantearme bastantes cosas) y porque seguramente para mí se convirtió en la oportunidad de manifestar lo que por mi edad en aquel momento no había podido manifestar cuando cerraron la presa de Vegamián. Aunque aún pasarían muchos años hasta que la coincidencia de dos encargos profesionales (la redacción de un reportaje periodístico para esta misma revista sobre el destino de los riañeses 25 años después de haber sido expulsados de sus aldeas, y el de una conferencia sobre mis relaciones con Juan Benet para un congreso científico sobre el agua) encendiera la chispa definitiva de una novela en la que cristalizaría todo y que he escrito casi al dictado, en poco tiempo, como si lo que llevaba dentro hubiera rebosado en mi conciencia y reventara de pronto, como un pantano, sin avisar.

La novela es una novela, quiero decir, es una ficción, pero los escenarios no. O mejor, gracias a la ficción vuelven a vivir, como sucede a veces con las personas. Como en las tragedias griegas, los personajes son siempre máscaras del autor, formas de mirar el agua y, detrás de ésta, el mundo y la vida.

El desembalse del pantano del porma en 1983 para una revisión de la presa dejó al descubierto las viejas casas de Vegamián

El principal escenario de los dos en los que Distintas formas de mirar el agua se desarrolla (hay más, dispersos por la geografía española, incluso de fuera de ella, como Turín, pero su trascendencia es mucho menor) es el pantano del Porma, a cuya orilla llegan los personajes, una familia completa más algún allegado a ella que acuden a tirar las cenizas del abuelo, que nació y vivió en ese sitio. Como Ulises ha querido regresar aun sabiendo que Ítaca ya no existe. Ítaca ahora es un valle muerto, bellísimo pero muerto, en el que de los antiguos pueblos que se lo repartían sólo sobreviven dos, Valdehuesa y Rucayo, y casi deshabitados del todo tras permanecer largos años comunicados sólo por un camino de tierra (la Confederación Hidrográfica del Duero ni siquiera se preocupó de asfaltarlo, toda una prueba de su sensibilidad, después de haber destruido sus antiguas comunicaciones), y las abandonadas casas de Utrero y Camposolillo (de Utrero quedan ya pocas, arrasadas sus piedras por la rapiña de los canteros de la comarca), cuyos caseríos quedaron fuera del agua, pero que fueron expropiados al resultar sumergidos sus principales campos de labor. Del resto de los pueblos, hasta seis: Vegamián, Campillo, Ferreras, Quintanilla, Lodares y Armada, sólo queda ya el recuerdo y, en el caso de los dos primeros, las ruinas bajo el pantano; unas ruinas que reaparecen, cada vez más caídas y menos reconocibles, cuando en otoño algún año la sequía es mayor de lo habitual y el pantano baja de nivel más de lo que debería. Como escribió el poeta alemán Schiller, lo siniestro es aquello que, habiendo de permanecer oculto, se nos revela.

Pero también dijo Rilke, y así lo recordaba Eugenio Trías (Lo bello y lo siniestro), que lo bello es el comienzo de lo terrible que aún podemos soportar. Y eso ocurre con el pantano del Porma cuando está lleno, máxime si su anfiteatro calcáreo presidido por la peña Susarón (1.879 metros), estribación ya de los Picos de Europa, aparece cubierto como estos días por la nieve que anticipa, detrás de las altas peñas, la vecina estación invernal de San Isidro, la instalación deportiva que ha conseguido que los pocos pueblos que quedan tras el embalse, antaño exclusivamente ganaderos y hoy, como Puebla de Lillo, su capital, dedicados mayoritariamente al turismo, hayan podido sobrevivir. Los 14 kilómetros que antes separaban Puebla de Lillo de Boñar, la cabecera de la comarca, al sur del pantano, son ahora 25 y por una carretera sinuosa que con la nieve se vuelve intransitable muchas veces y que convierte los antiguos 15 minutos de trayecto en cerca de media hora.

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Abelardo Longo, ganadero, cebando a sus vacas en Solle, pueblo del valle del Porma (León).

Recorrerlos es, no obstante, una experiencia, como parar en cualquier lugar a contemplar el paisaje (al norte, el Susarón y la peña La Armada, reflejados normalmente en el pantano; al oeste, la Forqueta de Ferreras o Arintero, una hendidura en la montaña caliza, como una muesca, que se divisa desde todas partes; y al este, el monte de Pardomino, lugar de paso de osos y, en la Edad Media, de asentamientos monásticos, y en cuyas praderías celebran el día de San Antonio su fiesta los antiguos vecinos de Vegamián y sus descendientes como los de Lodares hacen donde estuvo el pueblo) o a charlar con las pocas personas que, en invierno sobre todo, uno se encuentra por esos lugares en los que, salvo algún ganadero o pastor, nadie se aventura. Como en la Región imaginaria de Benet, “es cierto, el viajero que saliendo de Región pretende llegar a su sierra siguiendo el antiguo camino real –porque el moderno dejó de serlo– se ve obligado a atravesar un pequeño y olvidado desierto que parece interminable”.

El otro escenario de mi novela (y de la vida de muchos de los vecinos de las aldeas de Vegamián) está a 200 kilómetros de distancia, en medio de la llanura terracampina de la provincia de Palencia. Al contrario de lo que pasó con el Alto Porma, en él fue un lago el que se desecó (una laguna esteparia, foco de enfermedades y de endemismos durante siglos) para entregar sus tierras a los colonos a los que, desde mediados del siglo XX, el régimen de Franco tuvo que hallar acomodo tras expulsarlos de las múltiples aldeas que los pantanos que construía iban sepultando. Allí fueron a parar los personajes de mi novela y allí es posible conocer, junto con la arquitectura característica de un pueblo de colonización (calles trazadas a tiralíneas, casas idénticas, plazas cuadradas, iglesias blancas sobre el caserío), a los que los inspiraron, gentes que pasean sus cuitas o charlan en el bar a la hora del café y que recuerdan, como Caridad y Marcelino, un matrimonio de Utrero, que lo primero que tuvieron que aprender cuando llegaron allí, aparte de una nueva agricultura, fue a mirar. Acostumbrados a las montañas, que les servían de orientación, la llanura se les hacía difícil de interpretar. “Mi padre se desesperaba, el hombre, porque a veces dábamos vueltas y más vueltas sin conseguir encontrar la finca que buscábamos porque nos desorientábamos en medio de la llanura”, me recordaba Carlos, de La Puerta, junto a Riaño, que llegó a Cascón muy pequeño.

Ítaca ahora es un valle muerto, en el que de los antiguos pueblos que se lo repartían sólo sobreviven dos, Valdehuesa y Rucayo

Otros me recordaban también cuando fui que los primeros colonos que se instalaron en Cascón, como se bautizó el poblado en homenaje al ingeniero que lo promovió (hasta en eso las autoridades eran irrespetuosas con los desterrados), y que lo hicieron en barracones provisionales a falta de las nuevas casas, aún sin edificar, tenían que evacuarlos cada poco porque con las lluvias la antigua laguna afloraba de nuevo. Gentes de Guadalajara, de Salamanca, de Zamora, de León, desterradas como tantas en España en este último medio siglo y que, como los judíos hicieran durante generaciones, aún guardan muchas de ellas las llaves de sus casas aun sabiendo que jamás podrán volver. O que sólo lo harán ya muertos, como el protagonista de mi novela,

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