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La dictadura del presente

Todos tendemos a pensar que el pasado nada tiene que ver con nosotros con nuestros verdaderos intereses

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Llevaba yo ya algún tiempo hablando por ahí de mi sospecha de estar viviendo una dictadura del presente cuando me enteré de que, hace más de diez años, Thomas Hylland Eriksen argumentó que vivimos en una época dominada por la tiranía del momento, y de que, algo después, Zygmunt Bauman retomó la expresión de Hylland Eriksen para argumentar que nuestro tiempo ha sustituido la tiranía premoderna de la eternidad –caracterizada por el lema del memento mori– por la tiranía del momento –caracterizada por el lema del carpe diem–; donde me enteré de ambas cosas fue en un libro titulado Adiós a la universidad, en el que, hace ya tres años, Jordi Llovet postuló que la vigente tiranía del momento se explica en parte por la pérdida universal de peso de las humanidades. Esta triple coincidencia me alegró: si se me hubiera ocurrido sólo a mí, la idea (o la expresión) no tendría la menor importancia; pero si esa idea o una idea semejante se le ocurrió también a un antropólogo noruego y más tarde fue recogida, matizada y ampliada por un sociólogo polaco y por un sabio catalán, es que algo pasa.

¿Qué es la dictadura del presente? O mejor dicho: ¿a qué llamo yo la dictadura del presente (porque Hylland Eriksen, Bauman y Llovet tienen cada uno una visión distinta del asunto, aunque a la postre bastante común)? Mi impresión es que, de manera natural, todos tendemos a pensar que el pasado nada tiene que ver con nosotros, con nuestra vida verdadera y nuestros verdaderos intereses: es sólo algo que está allí, lejos y exento, encerrado en los libros de historia, archivado en los anaqueles de las bibliotecas, separado del presente, y que, en consecuencia, el interés por él surge de la mera curiosidad erudita, no de ninguna necesidad auténtica, vital. Es lógico que esta inclinación sea más acusada en la juventud y se atenúe con los años: al fin y al cabo, los jóvenes apenas tienen pasado, mientras que, a medida que transcurren los años, los adultos cada vez tenemos más, hasta que ya casi sólo tenemos pasado; por eso los jóvenes tienden a vivir en un perpetuo carpe diem y los viejos en un perpetuo memento mori. Y es seguro que la inclinación a ignorar el pasado se ha vuelto más fuerte en una sociedad como la nuestra, dominada por los medios de comunicación. Éstos, ahora mismo, no sólo reflejan la realidad; la determinan (y en cierto sentido la crean): lo que ocurre en los medios, ocurre; lo que no ocurre en los medios, no ocurre. Este dominio abrumador, creciente e imparable tiene consecuencias positivas, la principal de las cuales radica en el control cada vez más estrecho que los medios pueden ejercer sobre el poder; pero también tiene consecuencias negativas, la principal de las cuales radica en que, dado que los imperativos excluyentes de los medios son la velocidad y la inmediatez, no hay tiempo en ellos para el pasado, convertido así en un lujo que apenas pueden permitirse. El resultado de esta restricción es que los medios crean el espejismo de la autonomía del presente; es decir: la ilusión de que el presente puede por sí solo permitirnos explicar el presente, desde los problemas de Ucrania hasta la crecida del movimiento independentista catalán, pasando por todo lo demás.

Por sí solo, el presente no explica nada; el presente sólo se explica gracias al pasado

Es completamente falso: a ese espejismo o ilusión es a lo que yo llamo dictadura del presente. Por sí solo, el presente no explica nada, ni siquiera se explica a sí mismo; el presente sólo se explica, hasta donde se explica, gracias al pasado. No porque el pasado sea el origen del presente y contenga sus raíces (o no sólo por eso), sino sobre todo por algo mucho más esencial: porque el pasado también forma parte del presente, porque es un pedazo o una dimensión del presente, sin el cual el presente no está completo y por tanto resulta incomprensible, del mismo modo que está incompleta y resulta incomprensible la situación actual de Ucrania o de Cataluña sin entender la Cataluña o la Ucrania del siglo XX. “El pasado no está muerto”, escribió Faulkner en Réquiem por una monja; y añadió: “Ni siquiera es pasado”. Imposible decirlo mejor: el pasado nunca termina de pasar, siempre está aquí, operando sobre el presente, formando parte de él, habitándonos. Vivir un presente sin pasado es vivir un presente mutilado. Es decir: vivir una vida mutilada.

elpaissemanal@elpais.es