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domingo, 9 de mayo de 2010

Oprah, palabra de diosa

Es la mujer más influyente de su generación. Lo que dice es ley para sus millones de espectadores. De origen más que humilde, encarna como pocas un sueño americano que ahora pone en entredicho una polémica biografía no autorizada.

Las definiciones que de ella se manejan la sitúan en la estratosfera del poder y la fama. También de la riqueza. Si se toma la revista Forbes como fuente, se trata de la primera negra multimillonaria de la historia -fortuna estimada en cerca de 3.000 millones de dólares-.  Atendiendo a los descarnados datos de los medidores de las audiencias televisivas, es la mujer con más influencia de su generación. Millones de personas -básicamente mujeres- viven bajo la Biblia de Oprah. Lo que Oprah Winfrey dice es sagrado y tiene valor de  ley. Es Dios hecho mujer. Y de color negro.

Puede que el artículo de opinión que Winfrey escribía el pasado 24 de abril en el diario The New York Times sea más efectivo y alcance a más gente que cualquier campaña gubernamental, aunque esta fuera dirigida por el mismísimo presidente de Estados Unidos. Si Oprah dice que "si texteas no conduzcas", así sea. "La vida es más preciosa que responder a cualquier llamada de móvil o contestar un correo electrónico. Porque incluso aunque pensemos que podemos usar el teléfono en el coche, las miles de vidas que cada año se pierden nos prueban lo contrario", establece Winfrey. En 2008 -últimas cifras de las que se dispone-, 6.000 personas morían víctimas de conductores distraídos mientras mandaban un mensaje de texto o hablaban por su móvil. Una de esas personas era Erica Forney, de nueve años, quien moría aplastada por un coche a menos de 15 pedaladas de bicicleta de su casa en Fort Collins, Colorado. Oprah ha contado la tragedia y no ha quedado un solo ojo seco. Veremos qué dicen las estadísticas tras la llamada de atención de la creadora de opinión.

Quién se lo iba a decir. Nació, mucho antes del sueño Obama, en una piel de cuyo color renegaba y en la pobreza extrema del gueto negro de Kosciusko, Misisipi, siendo este el Estado más racista de la Unión a mediados del pasado siglo.

Ni siquiera podía poseer un perro. Así que Winfrey adoptó, como animales de compañía, dos cucarachas. "Las puse en un bote de cristal y las llamé Melinda y Sandy", cuenta. Y confiesa que tenía terror a caer dentro del agujero que hacía la función de retrete. "Por supuesto que no teníamos agua corriente, y ya saben lo que eso significa: un agujero y varios catálogos de papel". Oprah asegura que rezaba cada noche para tener tirabuzones dorados como los de Shirley Temple: "Quería que mi pelo fuera como el suyo y no grasiento y sujeto a la fuerza por 17 horquillas". Admitió en una ocasión que detestaba haber nacido negra. Se lo dijo a la legendaria periodista Barbara Walters. "Quería ser blanca", dijo. "Crecer en Misisipi me hizo creer que a los niños blancos se les quería más y se les mimaba más. Así es que yo quería eso para mí".

Quién podría imaginar, en un país segregado el día en que vio la luz la famosa presentadora de televisión, el 29 de enero de 1954, que un presidente negro dormiría en la Casa Blanca y que la niña que no tuvo zapatos hasta los seis años ni poseyó un vestido comprado en una tienda tendría parte de responsabilidad en ello. "Mi trabajo consistía en hacer que la gente conociera y supiera quién era Obama", declaró Winfrey tras la victoria del demócrata en 2008. "Quería que fuera elegido y creo que lo he conseguido". Ese es el poder de Oprah, la reina en un país que llora la ausencia dictada por la historia de una aristocracia en la que mirarse.

Con esa frase de asignación de la victoria electoral de Barack Obama -los medios de comunicación atribuyen al apoyo de Winfrey más de un millón de votos en las primarias del senador de Illinois- concluye en la página 440 la biografía de Oprah Winfrey escrita por Kitty Kelley -epílogo excluido-. Esa frase define el poder que muchos le imputan y que ella se arroga.

Porque Oprah Winfrey es una mujer muy poderosa. Poderosísima. Tanto, que la escritora de la biografía no autorizada -término este extremadamente importante- considera que ninguna televisión -a excepción de un breve segmento en NBC- la ha entrevistado con ocasión de la salida al mercado de su libro por miedo a las represalias de la reina de las tardes televisivas, franja en la que está instalada en ABC desde hace ya 25 años. Ni tan siquiera el legendario Larry King la ha llevado a su venerado programa.

¿Existe una omertà, un código de silencio que hace impenetrable la vida de la popular estrella mediática? ¿Qué hay de cierto y qué hay de mentira en los 56 años que tiene Winfrey? Porque ella cuenta una historia, y la familia, otra. La familia niega esa extrema pobreza que ella relata. La familia rechaza las acusaciones de Oprah hacia un primo y un tío de haberla sometido a abusos sexuales desde que tenía nueve años. La familia se siente segregada del entorno de la rica y famosa Winfrey.

Esos son los claroscuros que recoge el libro de Kelley, que no ha tenido acceso directo a Winfrey y ha basado su trabajo en todas las entrevistas, ya sean en prensa, radio o televisión, concedidas por la reina en el último cuarto de siglo. Kelley también se ha apoyado, durante cuatro años de trabajo, en más de 800 encuentros mantenidos con personas del entorno de la presentadora, la amen o la odien. 

Porque la vida de la celebridad bien podría ser uno más de los capítulos de su programa televisivo. "Abusos sexuales en la niñez". "Promiscuidad y sus consecuencias". "Tener un hijo prematuro a los 14 años y que muera antes de cumplir un mes y medio". "Cómo perder peso y desgraciadamente volverlo a ganar". "Casarse o no casarse con el tipo al que amas (Winfrey lleva muchos años de relación con el que era guarda de seguridad de los estudios de televisión Stedman Graham y en una ocasión llegaron a anunciar una boda que nunca se produjo, lo que no ha hecho más que fomentar los rumores de su homosexualidad y las acusaciones de que su relación es una farsa)". "Que sea mi amiga no significa que sea mi novia". "¿Quién es mi verdadero padre?".

Oprah elige el silencio a la hora de aclarar pasajes de su vida, como por qué nunca se ha casado o si es lesbiana. De hecho, la única vez desde que la obra está en el mercado -desapareció de los estantes de cuatro librerías distintas de la capital de Estados Unidos en cuestión de horas en su primer día a la venta a mediados de abril- en que la famosa locutora se ha dignado a referirse al libro ha sido para salir en defensa de su íntima amiga Gayle King. "Han sido días difíciles para Gayle desde que esa denominada biografía saliese a la luz", dijo Winfrey en la entrega de unos premios en Nueva York.  King está divorciada, tiene dos hijos y en la actualidad ocupa un puesto en la dirección de la revista que lleva una gran O por título, la O de Oprah, por supuesto. Ambas son amigas desde hace años y, desde hace años, las revistas sensacionalistas -y las que no lo son tanto- especulan en grandes titulares sobre su supuesta relación sexual.

Durante esa entrega de premios en Nueva York, Oprah también bromeó ácidamente sobre un secreto que parece revelar el libro de Kelley: que Vernon Winfrey no es su padre biológico -cosa que esta asume desde hace años- y que la autora dispone del verdadero nombre. Sin embargo, Kelley relata que mantiene la confidencialidad porque considera que es la madre de la presentadora la que debe decírselo a su hija, nadie más. "Cada día me salen nuevos padres. Papis que me llaman para decirme hola y pedirme que les pague un  nuevo tejado", dijo. "Bueno, como todo, esto también pasará".

Ese ha sido todo el valor que Oprah Winfrey le ha dado al libro de Kitty Kelley, conocida por polémicas biografías -no autorizadas, de nuevo- de personajes como Frank Sinatra, Jacqueline Kennedy, Nancy Reagan, la familia Bush o la familia real británica.

Nunca ha sido fácil la vida de Winfrey con su entorno familiar. Nada se sabía del hijo al que siendo una adolescente Oprah dio a luz hasta que Patricia, hermana de la presentadora, vendió el secreto guardado durante años por 19.000 dólares a un tabloide en 1990. Patricia era drogadicta y necesitaba urgentemente dinero. Falleció hace algunos años. También está muerto su único hermano varón, víctima del sida.

Viven su madre, Vernita Lee; su padre, Vernon; y una prima a la que la locutora llama tía, Katharine Carr Esters, y que es quien más cuestiona las penalidades pasadas por la multimillonaria. "Nunca fuimos tan pobres, no sé por qué cuenta todas estas historias", explica Esters, quien todavía vive en Kosciusko, y que se da como única explicación el objetivo de ganarse al público y ser más querida.

"Yo creo que se avergüenza de su propia madre porque no siempre sabe hablar bien y no tiene estudios", solía decir su hermana. Patricia contó en vida que Oprah podía regalarle a su madre el Mercedes más caro del mercado, pero que no le daba su número de teléfono privado. "Si mamá quiere hablar con ella tiene que llamar al estudio como cualquier otro fan y dejar un mensaje para Oprah". En alguna ocasión, Winfrey ha confesado sentirse utilizada por sus parientes, que la utilizaban como un mero "cajero automático" para obtener dinero.

Filántropa y empresaria. Poseedora de varias mansiones en diversos puntos del globo que pagan cifras millonarias sólo en impuestos. La niña fea que quería ser blanca y rubia como Shirley Temple ha construido un imperio a prueba de crisis económica que le provoca ataques de divismo. Oprah habla de ella en tercera persona. Así, Oprah "no sube escaleras". Oprah "no anda". Oprah vive rodeada de una cohorte de asistentes y ha pasado de tener cucarachas como animales de compañía a permitirse el lujo de que le envíen caballos por FedEx desde Indiana a su mansión de Hawai.  

La joven negra que en el libro se dice "prostituta" porque accedía a tener relaciones con chicos a cambio de que le regalasen revistas de papel cuché logró salir del profundo sur de Estados Unidos para comenzar su carrera periodística en Baltimore (Maryland). De aquellos años al frente de las noticias de la noche quedan para la biografía relatos de su incursión en las drogas y una relación tormentosa con el disc jockey radiofónico Tim Watts. Oprah tocó fondo en su vida personal en aquellos años. Aunque cuando hablaba de Watts en su programa y se ponía ella misma como ejemplo de lo dura que es a veces la existencia -confesó haber sido violada de niña- nunca le mencionaba por su nombre.

Sentada en su poltrona televisiva, Winfrey hablaba de Watts como "el estúpido" por el que puso su vida en riesgo. "Estaba enamorada, era una obsesión", se recoge en la obra. "Era una de esas mujeres enfermas que creen que su vida no vale nada sin un hombre". Con esa afirmación, Oprah Winfrey se ganaba el corazón de prácticamente toda la audiencia de mujeres afroamericanas que llevaban registrado en su ADN la total subordinación a un hombre. Es el mundo de la esclavitud que relata la premio Nobel y escritora de referencia de Winfrey, Toni Morrison, en su novela A Mercy. Es El color púrpura -donde actuó Oprah- y Beloved, la película que produjo e interpretó Winfrey y que soñaba con que sería su Lista de Schindler. Winfrey consideraba que llevando al cine el libro de Morrison haría por los descendientes de los esclavos negros lo que Steven Spielberg había hecho por los supervivientes del Holocausto.

En 1985, hace 25 años, Chicago llamaba a las puertas de Oprah y esta daba el salto a la televisión nacional. Winfrey se cuela desde entonces todas las tardes en los hogares de millones de estadounidenses. El otoño pasado anunció su retirada. No desea envejecer en directo. "Si alguna vez me quedo tanto tiempo, por favor, dame una patada en el culo y échame", asegura un empleado de HARPO -su empresa de comunicación, el nombre es Oprah escrito al revés-  que en una ocasión le dijo la reina mientras visionaban juntos un programa del legendario Phil Donahue -26 años en antena con su programa, considerado el primer talk show tabloide-. Oprah tiene previsto marcharse por sí misma en 2011, cuando finalice su contrato. Lo que no está previsto es que se haga transparente. Ni nadie parece pedírselo. Oprah es Oprah, y Estados Unidos -parece ser que incluida Kitty Kelley, quien confiesa una profunda admiración, de diva a diva- la idolatra.

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